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La amenaza es directa: “Empieza a rodar la mano negra. Muerte a los chirretes y ladrones que encontremos en las esquinas, tarde de la noche. Éste es un llamado de advertencia para los siguientes señores de los barrios Naciones y Cordilleras, los cuales nombramos a continuación”. Y luego enumeran con nombre, apellido y alias, a las personas que están en la lista oscura. En este caso son 32.
Casi todos jóvenes que no superan los 20 años, que han quebrantado alguno de los mandamientos: no robarás, no cometerás actos impuros, no codiciarás los bienes ajenos… Los volantes circulan por las calles empinadas de Ciudad Bolívar y están firmados por el Grupo Limpieza Urbana de Colombia (GELU), el Bloque Central Santander (BCS) y las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC).
Otros comunicados exigen cerrar las maquinitas de las tiendas a las 8:00 p.m., “o de lo contrario se las cerramos nosotros”. Imponen toque de queda: “Los niños buenos se acuestan temprano, los niños malos los acostamos nosotros”. Y todas, absolutamente todas las advertencias, que circulan en escritos a máquina de escribir o a computador, rezan que su objetivo “es una sociedad limpia y sin delincuentes”. “Esperamos su colaboración”, concluye la infame sentencia de muerte.
La gente los reconoce. Todos saben que los encargados de la “limpieza social” atraviesan la localidad en tres camionetas con vidrios polarizados: una blanca, una negra y otra roja. Los jóvenes los llaman “Los rayas” o “Los tiras”. Saben que liquidan a los violadores, a los raponeros, a los marihuaneros. “Si estos jóvenes que tienen problemas están identificados, ¿por qué no los inscriben en un proceso de resocialización? La respuesta es simple. Es más barato matarlos”, dice un anónimo líder de la zona.
Los verdugos, según él, pueden ser algunos empresarios y comerciantes de la zona. Incluso, los mismos vecinos. Así sucedió con los cinco muertos que aparecieron el pasado 12 de julio en un barranco del barrio Bogotá (Ciudad Bolívar), con las manos atadas y varios tiros de gracia.
En su momento las autoridades aseguraron que los cinco eran expendedores de drogas, y que el múltiple asesinato podía corresponder a un ajuste de cuentas. Hoy, 56 días después, el coronel Julio César Alvarado, comandante de la Estación de Policía de Ciudad Bolívar, dice que se tienen indicios de que fueron los mismos habitantes del barrio quienes pagaron para ajusticiar a los “jíbaros”, que los tenían sometidos a robos y riñas constantes.
“Es probable que la comunidad haya participado. Ya están individualizados los autores materiales y existe la posibilidad de que hayan sido contratados”, explicó el coronel. Por la llamada “limpieza social”, dice el líder de la localidad, están muriendo los jóvenes de Ciudad Bolívar.
Otras muertes
La muerte está camuflada entre las cantinas y las casas y las calles de esta localidad —en donde viven desplazados, reinsertados, reincorporados, indígenas y pobres, muchos pobres. Es el arma que utilizan aquellos que ya estaban acostumbrados a la guerra en el campo y otras ciudades.
En las noches, cuando el licor ha hecho estragos, esa muerte se cuela por los rincones, y ataca de la forma más absurda. ¡Pum!, un disparo porque X pasó muy cerca al intolerante que esa noche llevaba un arma. ¡Pum!, un disparo porque Y se equivocó y tomó la cerveza del borracho que cargaba con una navaja. ¡Pum! porque éste miró feo. ¡Pum! porque esta noche la muerte anda suelta y quiere arrasar con todo lo que encuentre a su paso.
El coronel Alvarado dice que en Ciudad Bolívar la inseguridad corresponde a un problema social. “Aquí han llegado todos los grupos sociales. Gente que hace hasta lo imposible por no morir de hambre. Eso ha desencadenado la intolerancia y la violencia. Hay pobreza, miseria, desempleo. Ese es el real problema”.
Hoy, en Ciudad Bolívar, la totalidad de los muertos ya no es obra exclusiva de la guerrilla o las autodefensas, como ocurrió en otros tiempos. En 2005 murieron 286 personas, casi todas jóvenes ajusticiados por estos grupos. Este año van 137 en la lista de homicidios. Muchos, producto de riñas, de peleas entre esposos que terminaron con una puñalada letal, de ajustes de cuentas, de “limpieza social”.
¿Quiénes son los verdugos? Los mismos vecinos, los mismos esposos, los mismos amigos. En el caso de la “limpieza social”, los comunicados se firman como autodefensas, pero los líderes de la localidad, quienes realmente han vivido las épocas de violencia inclemente, que ya son historias pasadas, dicen que allí no hay grupos paramilitares organizados, que los delincuentes que hay allí son residuos de lo que algún día fueron los bloques Central y Centauros, y que, paradójicamente, el enemigo, que se alía con la muerte, vive en la misma localidad.