En enero, cuando Bogotá parece entrar en un estado de reposo tras el ruido de diciembre, hay un barrio que no se repliega y, por el contrario, sube la voz. En las laderas orientales, el barrio Egipto, enclavado en las centenarias calles de La Candelaria, cumple a cabalidad una tradición que se adivina en los rostros de sus vecinos: comenzar el año de otra manera. No con balances ni promesas de turno que rara vez se cumplen, sino con una fiesta que se repite desde que Bogotá era apenas una ciudad en ciernes y que, lejos de agotarse, confirma una tradición viva y un compromiso barrial cada vez más raro de encontrar.
Gánale la carrera a la desinformación NO TE QUEDES CON LAS GANAS DE LEER ESTE ARTÍCULO
¿Ya tienes una cuenta? Inicia sesión para continuar
La Fiesta de Reyes Magos y Epifanía no se anuncia como espectáculo ni se impone como agenda cultural; desde su origen le pertenece a la comunidad, al margen de decisiones administrativas o modas de ciudad. Durante tres días, (este año del 10 al 12 de enero), el barrio se transforma sin dejar de ser barrio, y ese es uno de sus mayores valores. Las calles empinadas se vuelven escenario, las fachadas hacen de telón de fondo y los vecinos asumen el papel de protagonistas de una celebración que no nació para ser observada desde afuera, sino compartida desde adentro, con sabor a chicha, devoción y un tejido comunitario que se mantiene vivo.
“Su fuerza no está en la novedad, sino en la persistencia”, dice Alejandro Rincón, vecino del barrio, mientras observa el último ensayo antes de la presentación del día domingo 11 de enero. “La trayectoria para llegar a hoy ha sido centenaria”, resume Diego Parra, director del Instituto Distrital de Patrimonio Cultural (IDPC). La fiesta, dice, forma parte de la historia del barrio y se reafirma cada año como una celebración que, aunque profundamente barrial, termina convocando a toda la ciudad. No por expansión forzada, sino porque Egipto sigue siendo uno de esos lugares donde Bogotá se reconoce en sus capas más antiguas.
La fiesta y la tradición
La celebración gira alrededor de la Epifanía, pero su sentido excede lo estrictamente litúrgico. Es una cita anual que entrelaza fe, teatro popular, música y encuentro comunitario. La chicha, las bandas de pueblo, las comparsas, las danzas, las procesiones y el compromiso de los vecinos, que han hecho de la fecha un espacio importante, no operan como decorado folclórico, sino como lenguajes heredados. En el fondo, con ellos sobrevive una Bogotá campesina y obrera que de alguna manera resiste al ritmo acelerado de la ciudad contemporánea.
“La fiesta de Epifanía es la manifestación del Señor a todos los pueblos y es reconocida por los Reyes Magos. En ella se invita a reconocer a Jesús a través de los Reyes, que representan distintas culturas, pensamientos y maneras de estar y compartir”, explica Pedro Miguel Mora, párroco de Nuestra Señora de Egipto, desde el vestíbulo del templo.
190?
En un mural alusivo a la celebración ubicado a un costado de la iglesia se lee “190?”. Este año, según reconstrucciones basadas en archivos históricos, la Fiesta de Reyes Magos y Epifanía completa 111 años. La cifra capicúa, aunque simbólica, sirve como punto de referencia para una tradición mucho más antigua. La parroquia tiene su origen en una ermita colonial fundada hacia 1570, y las primeras congregaciones que dieron forma a la celebración actual se remontan al siglo XVIII y comienzos del XIX, lo que hace difícil fijar una fecha exacta. Su vocación popular podría explicarse desde su nombre completo: Parroquia Nuestra señora del Destierro y la Huida a Egipto, que nació como un templo para quienes no tenían lugar en las otras grandes iglesias de la época, —campesinos, indígenas y pobres excluidos por su condición— y bajo esa idea de refugio persiste y se representa en la fiesta que se conmemora este puente festivo, donde el barrio se reconoce sin estigmas.
El centro simbólico de la celebración es el Auto Sacramental: una representación dramática que convierte al barrio en un teatro a cielo abierto. No hay fronteras nítidas entre actores y espectadores. Las escenas se despliegan entre escaleras, esquinas y calles que el resto del año son tránsito y rutina. Durante esos días, la representación de la anunciación, la persecución de Herodes, la huida de María y José y la visita de los Reyes Magos sostiene la expectativa colectiva. La obra no se conserva como una pieza fija: se ajusta, se reinterpreta y se ensaya con la familia, “la de sangre y la del barrio”, como resume doña Omaria Piraquive, adulta mayor que este año aceptó el reto de hacer parte del montaje como bailarina.
“Uno de los primeros recuerdos que tengo de la fiesta de Reyes fue cuando me tocó disfrazarme de hombre para poder bailar el sanjuanero con otra muchacha. A mi papá le parecía terrible que participáramos y mi mamá no nos dejaba salir. Me gané una muenda, pero nos presentamos y fuimos felices”, recuerda mientras señala el mismo espacio donde, más de cuarenta años después, volverá a bailar, ya no con regaños, sino con la admiración de su familia y de sus vecinos.
Esa capacidad de adaptación es clave para entender por qué la fiesta sigue viva. “Mi hija hoy interpreta a la prima de María y a otros personajes. Empezó en este proceso desde los siete años y ha crecido con el grupo. Ese incentivo artístico es muy valioso en un sector marcado por un estigma de inseguridad y violencia”, señala Laura Ramírez, quien al final del ensayo general del Auto Sacramental aplaude en silencio mientras se le humedecen los ojos: el orgullo íntimo de una familia que también representa al barrio.
Esa labor comunitaria es hoy el corazón del proceso que busca declarar la Fiesta de Reyes Magos y Epifanía como Patrimonio Cultural Inmaterial de Bogotá. A finales de 2025, el Consejo Distrital de Patrimonio Cultural emitió concepto favorable para la formulación del Plan Especial de Salvaguarda, el instrumento que permite avanzar hacia la declaratoria. No se trata de un trámite menor: implica cartografías sociales, entrevistas, discusiones colectivas y acuerdos sobre qué debe preservarse y de qué manera.
El plan se construye de la mano de la comunidad, del colectivo Misión Epifanía, de la parroquia y de los habitantes del sector. La meta, según Parra, es que durante 2026 el documento quede formulado y que ese mismo año la fiesta sea inscrita en la Lista Representativa de Patrimonio Cultural Inmaterial de la ciudad.
Porque hay que decirlo: cuando una tradición se vuelve visible, de alguna manera también se vuelve vulnerable. La declaratoria puede abrir puertas, pero también tensionar los sentidos y las lecturas de la celebración de lado y lado. De ahí que el énfasis esté en que sea la propia comunidad la que defina los límites y las transformaciones posibles. “Trabajar con la comunidad es apoyarla y orientarla, no sustituirla”, señala Angélica Angarita, alcaldesa local de La Candelaria. La salvaguarda, en este caso, no implica congelar la forma, sino garantizar que la fiesta pueda seguir cambiando sin perder su arraigo. Sin embargo, los años han traído cambios importantes.
Ese carácter dinámico ya es visible. En Egipto conviven la tradición religiosa con expresiones contemporáneas que nacen del propio barrio. El hip-hop, por ejemplo, ha encontrado un lugar dentro de la programación, no como concesión externa, sino como expresión de nuevas generaciones que también reclaman la fiesta como suya. La celebración no se defiende cerrándose, sino ampliando su lenguaje: es católica y, al mismo tiempo, secular.
Durante los tres días de fiesta se espera la asistencia de más de 40.000 personas. Habrá dos tarimas —una en la plazoleta de la parroquia Nuestra Señora de Egipto y otra en la antigua plaza Rumichaca—, más de 30 artistas locales, distritales y nacionales, y una programación que se extenderá desde la mañana hasta la noche. Pero reducir la experiencia a cifras sería quedarse en la superficie.
Lo que ocurre en Egipto no es solo una agenda cultural de enero. Es un ejercicio de memoria en movimiento. Un barrio que se narra a sí mismo mientras camina, canta y representa su historia. En una modernidad donde las celebraciones parecen diseñadas para el consumo rápido, la Fiesta de Reyes Magos y Epifanía propone otro ritmo: el de la repetición consciente en tiempos de consumos desechables, el del reconocimiento mutuo, el de una tradición que no pide permiso para existir.
Asistir no es solo ir a ver. La experiencia pasa por caminar mirando, escuchar lo que el barrio cuenta y comprender que el patrimonio no siempre habita en los grandes monumentos, sino en estos rituales que construyen manos que, año tras año, siguen revelando, como en la Epifanía, una forma posible de ciudad.
Para conocer más noticias de la capital y Cundinamarca, visite la sección Bogotá de El Espectador.