Édgar Laverde añadió que el crimen fue degradante, “pues es cierto que éste es un país violento, pero es denigrante meter a unas personas ocho metros bajo tierra con piedras por encima”.
Javier Laverde, su señora madre, doña Virginia Lora, y su novia, Angélica Gómez, habían desaparecido el pasado 24 de agosto, según las primeras versiones, en inmediaciones de su finca, en la vereda El Rosal. Pese a los diversos operativos que se organizaron para hallarlos, las búsquedas y pesquisas fueron infructuosas. Según algunas versiones, los desaparecidos fueron secuestrados en su camioneta, llevados un tiempo a Villavicencio y devueltos hace menos de 15 días. El día exacto de su muerte aún no ha sido establecido por Medicina Legal, que el miércoles emitió su primer comunicado oficial sobre el caso, confirmando que el primero de los cuerpos analizados corresponde al de Javier Laverde, quien presentaba diversos traumas.
“No entiendo cómo nadie, ni siquiera el administrador, escuchó ni vio nada en el momento en el que los entraron a la finca. Aún no sabemos quién fue o por qué lo hicieron, sólo imploro que se haga justicia”, dijo Édgar Laverde ayer, visiblemente conmocionado, para complementar luego sus afirmaciones con una sucinta explicación sobre el predio de El Rosal. “La finca fue adquirida por Javier hace dos años y en todo este tiempo no se había presentado ningún problema”.
Sin embargo, poco después del hallazgo del martes, las autoridades relacionaron a Javier Laverde con varios expedientes judiciales, según los cuales había sido demandado por algunos ilícitos en el negocio de los caballos. “Eso fue una trampa y el tema quedó aclarado, Javier salió limpio. Mi hermano se dedicaba a negociar con fincas y jamás se metía en líos, era una persona muy agradable”.
Las investigaciones sobre el triple homicidio apenas han comenzado. Distintas versiones coinciden en que lo macabro de los hechos sólo puede atribuirse a una venganza. No obstante, las incógnitas son muchas.