En la oficina de coordinación del centro de acogida para habitantes de la calle en Puente Aranda está sentada Gloria Rojas, una mujer que dice haber vivido en diferentes avenidas del país, que dice no recordar su pasado ni su edad. “Estoy acá sentada porque estoy empoderada. Con Teresa (actual secretaria de Integración Social) queremos rescatar a las familias que están en la calle, queremos que el mundo tome consciencia de que hay que romper con el asistencialismo; porque los estados de bienestar ya no están funcionando”. “Señora, salga de la oficina por favor”, le dicen desde afuera.
Por primera vez Bogotá tiene una representante de los habitantes de calle. Las elecciones se llevaron a cabo el lunes de esta semana y Gloria Rojas ganó con 80 votos en el centro de acogida N°1 de Puente Aranda. La responsabilidad de la nueva representante de habitantes de calle consiste en llevar a cabo con la administración el Pacto de Convivencia entre esta población y los ciudadanos. Además, Rojas debe trabajar en los servicios y los sistemas de atención que existen para esa población. Sin embargo, aún no se ha definido representante para el Centro de Acogida Oasis, que acompañaría a Rojas en este proceso, pues allí ganó el voto en blanco.
Existen tres centros para los habitantes de la calle en la ciudad (fueron creados en 1998). Alrededor de 1.150 personas llegan a estos lugares diariamente; se bañan, comen, cambian de ropa, se organizan. Según el Distrito, hay 9.614 habitantes de calle en la ciudad. “Yo metía puro crack. En 2010 y 2011, cuando estaba Samuel Moreno, me di cuenta de que la comida la estaban sirviendo podrida, que en los baños había hongos y que había que pelear por un buen servicio. Los funcionarios de esa época nos miraban como cucarachas. Además, la gente que trabajaba acá era nombrada por clientelismo. Empecé a ver que tenía un sentido de responsabilidad y empecé un ejercicio contra la corrupción, cuenta Rojas”.
Durante la votación, cuenta Rojas, algunos querían “tumbarla”: “Pero yo entiendo la jerga, las miradas, los imaginarios y los valores de estas personas. Hay gente que se les llama comida, que es mezquina y no comparte. Eso es mal visto y perdieron puntos”. En su discurso se cruzan algunos temas: habla sobre el capitalismo salvaje, sobre los problemas de la ley 100 y los problemas energéticos en el mundo: “El fenómeno del chabolismo es inherente a todos los países de tercer mundo. Nosotros hemos sido despojados y excluidos. Ahora lo que quiero hacer es ejercer más autonomía para los habitantes, tener derechos ciudadanos”. Dice Gloria Torres que ya tiene planeada una visita académica los centros de acogida: “quiero que vengan grupos de investigación social de la Nacional de antropología y sociología urbana para establecer programas asertivos porque el asistencialismo no ha funcionado. Quiero reconfigurar el modelo de autocuidado con investigación científica”.
Pero Gloria no está sola. Álvaro Prada, un hombre de 64 años que estudió cuatro semestres de antropología en la Universidad Nacional en 1972, también será un enlace con la Secretaría: “En Amsterdam tienen un manejo de la droga muy distinto. Tenemos que tener esos centros como referente. El problema del habitante de calle en Bogotá es la discriminación. Y lo que estamos pidiéndoles a ellos es que tengan dignidad, porque una cosa es ser drogadicto y otra un degenerado. Cuando ya no les importa su vida no les importan los demás, no les importa pelear un hueso con un perro. Si recuperan la dignidad no todo está perdido; porque aquí hay mucho valor humano y laboral. Tenemos que asociarlos para poder decirle a la secretaría en un tiempo: “aquí tenemos 20 soldadores, 20 mamposteros, 20 albañiles, 300 vendedores”.
Los planes de Prada no son tan ambiciosos como los de Rojas. Por ahora, sus aspiraciones se basan en la inclusión de los habitantes de calle a un plan laboral. “Lo primero es que sean seres humanos dignos. Aquí llegan al rededor de 280 personas diarias que van y vienen. Muchos reinciden porque hay que replantear el modelo de atención; ellos se siguen viendo como vagabundos. Desde el sexto piso la vida se ve diferente: yo ya entiendo que no soy la pipa, que la pipa es abrir la puerta al infierno”, dice.
Sin embargo, Prada asegura que será un proceso lento: “Muchos han sido abandonados por sus padres. La vida no ha sido fácil. ¿Cómo cree que crece alguien abandonado y que después es educado por seres extraños en la calle?”
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