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Hacer danzar a una mujer desnuda

Llegó de María la Baja con una infinita pena de amor que lo desgarraba, y se hospedó en la pensión que un tío le había recomendado.

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Fernando Araújo Vélez
05 de marzo de 2011 - 08:59 p. m.
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“Allá toos son negroj, como nojotroj”, le dijo y le advirtió que no se alejara mucho. Luego, en un sobre lleno de billetes, le dio un papelito con una dirección y un nombre. “Si Tomás no ejtá, no impojta, de toas formaj preguntaj por el libro de hechizoj”. Así se fue de su tierra Pablo Caldera. Un morral, el sobre, y el dolor, su dolor, su infinito dolor de amor que no había podido superar en cinco eternos años, desde cuando Josefa se marchó y le dejó una nota que decía “te amo, negro, pero ya no soporto ser tuya”. Se fue, huyó, se esfumó. Él nunca supo hacia dónde. Nadie le pudo dar razón. Ni en el pueblo ni en El Carmen de Bolívar ni en Mahates ni en Sincerín ni en Cartagena. Hasta a Barranquilla fue en busca de su amada, pero la ciudad era tan grande y había tanta gente que casi ni levantó la mirada.

De regreso, en el bus, un señor le escuchó su pena y le recomendó que fuera a Bogotá, que allá siempre terminaba “Tooo el mundo”. Él le contó a don Blas, y don Blas le recomendó la pieza y el brujo. “¿Y Josefa? ¿Por dónde la busco?” El libro te lo dirá, Pablo, el libro es sabio”. Ya en Bogotá, apenas se bajó del bus, con los huesos molidos, se fue a aliviar su amargura, que era lo más importante. Y aunque no halló a Tomás, encontró la librería de los brujos y compró El libro de San Cipriano, tesoro del hechicero, de Jonas Sulfurino. Y leyó, ávido, desesperado. Para hacerse amar por las mujeres. Para los sueños felices. Para obligar a las señoras a que digan todo lo que harían. Para saber si una mujer es infiel.

 Cuando llegó a su habitación, volvió a su libro. Para hacer danzar a una mujer desnuda. Buscó los ingredientes en un mercado, a una mujer, cualquier mujer, que le cobró $20 mil “por lo que quieras negro”, y le dijo que se parara en frente. Mezcló mejorana silvestre, berbena, hojas de mirto y de hinojo, las secó, hizo un polvo y lo pasó por un tambor de seda, como decía la receta. Entonces lo lanzó al aire, hacia la negra, pero el efecto no sucedió al instante, como rezaba la fórmula. Ni al instante ni después, porque la negra huyó y no le dijo que se llamaba Josefa.

Por Fernando Araújo Vélez

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