Pablo Hermoso de Mendoza no sólo es el mejor torero a caballo del momento. Muchos críticos se han atrevido a afirmar que la historia del rejoneo debe partirse en dos: antes y después del rejoneador navarro que hoy actuará en la Santamaría.
Su aparición en la fiesta supuso toda una revolución y hoy es considerado una leyenda. Pero quizá nada de estos adjetivos serían posibles sin Cagancho. Si hoy Pablo es el mejor de la historia, en buena parte es gracias a Cagancho. Pero si Cagancho es el caballo más famoso del rejoneo, es gracias a Hermoso de Mendoza.
Antes de su presentación en la Santamaría —la única plaza histórica del mundo a la que el navarro no había comparecido— Pablo Hermoso narró esa particular historia.
“Era octubre de 1990. Por primera vez me habían contratado para torear en Portugal, con tan mala suerte que la corrida la aplazaron una semana por lluvia. Mientras daban la corrida fuimos a ver caballos que pudieran completar mi cuadra.
Llegamos a la finca de Antonio Brito Paes. Nos mostró muchos caballos, pero como en esa época yo estaba canino, es decir, no tenía un solo duro, todos los que me mostraba se salían del presupuesto. Quizás Antonio se compadeció de la situación, quería que me fuera con algún caballo y se acordó de uno que tenía refundido.
—Mira este caballo, Pablo, me dijo Antonio. —Me lo han regalado para enseñarle a montar a una niña. Tiene buenos orígenes.
Pues se trataba nada más ni nada menos que un hijo de Nilo. Nilo era hermano de dos caballos emblemáticos de la época, Opus y Neptuno. ¡Vaya si son buenos orígenes!
El caballo era joven, pero no estaba bien desarrollado. Todo lo contrario, era feo de aspecto. Pero esos orígenes, esa familia... Por aquella época mis caballos no eran grandes estrellas, así que cualquier caballo podría mejorar mi cuadra.
—Te lo dejo en tres mil dólares, me lo puso Antonio. Aún se salía de mi presupuesto. Le ofrecí dos mil.
—Hagamos una cosa. Voy a llevarlo a la feria del Caballo de Golega y si nadie me ofrece más tú te lo llevas en dos mil dólares.
Pues llegamos a la feria, y entre tantos caballos bonitos nadie lo miraba. Lo montaba un niño, lo paseaba y lo exhibía al público y nada, el caballo parecía un encarte. No iban dos días de feria cuando Antonio me buscó desesperado.
—Oye Pablo, lo que hablamos y llévate el caballo.
Tenía nuevo caballo. Lo bauticé Cagancho, como ese genial torero gitano de los años 40. En el invierno del 90 lo trabajé con mucha dedicación y en la siguiente temporada lo saqué para el último tercio.
Era un caballo muy torpe, pero tenía mucho corazón. Su mecánica física era muy pesada, se agarraba mucho al suelo, no se deslizaba fácil. Pero no tenía más caballo. Total, en una corrida con compañeros de la élite lo saqué para poner banderillas cortas. Pero me choqué contra el toro en tres ocasiones, pero el caballo ni se quitaba. Volví a mi casa con una impresión de que no tenía caballo y que la carrera de Cagancho ya se había acabado.
Pero tenía que buscar algo dentro de él. Llegué a un pueblo de Santander y salí tan inseguro que pensé que no se iba a arrimar lo suficiente para poner las banderillas cortas. Entonces saqué una banderilla larga primero, para ver cómo reaccionaba el caballo.
Lo aventé de frente, como dejándolo en libertad, y para siempre se me quedará la imagen grabada. El caballo hizo una especie de arco, una expresión preciosa, y ha sido la banderilla más espectacular que haya puesto en mi vida.
Desde la temporada del 94 lo empecé a sacar en banderillas y su evolución fue tremenda, y a la postre fue famosísimo en el mundo entero. Hoy sigue en mi casa. ¡Tiene 25 años! Disfruta de buena salud y del cariño de toda mi familia, y de tantos y tantos aficionados que pasan por mi casa...”.
Lo que pocos saben es que Cagancho estuvo a un cheque en blanco de no ser leyenda. Ocurre que en octubre de 1994, en la feria de Zaragoza, Pablo Hermoso de Mendoza actuó en sustitución de Fermín Bohórquez. Fue su primera gran tarde en una feria de primera categoría, y la tarde que lo catapulta. Las cámaras de Televisión Española fueron testigos de esa tarde inolvidable. Y en Colombia, desde una finca antioqueña, donde sus propietarios son amantes del toro y el caballo, la señal internacional permitió que ellos también se maravillaran con Cagancho y, además, se enamoraron de ese caballo negro con patas blancas, hasta el punto de que enviaron a una persona para que negociara con Pablo Hermoso de Mendoza.
“Ponga usted la cifra en el cheque y la multiplicamos por dos”, le dijo el emisario. Pablo Hermoso no puso ninguna cifra. Ahora, cuando Cagancho es el caballo más importante de la historia del rejoneo, Pablo le sigue preguntando a su apoderado si aún piensa que eso fue una tontería...