Gravitando bajo una garúa de polvo tóxico, en el cielo con el peor aire de la ciudad, José camina sobre la autopista apoyado en un gran cepillo vertical que ocupa una cuarta parte del andén. Arrastra papeles, colillas de cigarrillo y otras basuras de la indiferencia para dejar el lugar lo más limpio posible. No durará, dicen los pocos que se fijan en su labor, mientras él prefiere pensar en el final de su ruta para ignorar la incómoda verdad en el rumor de quienes lo ven, y en el nuevo lamparón de basura que recogerá al día siguiente.
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Desde que comenzó su labor como operario de limpieza, hace ocho años, se pregunta cómo lograr una ciudad que dure más tiempo limpia. Él mismo se define como alguien que trabaja “hermoseando la ciudad”, empeñado en “trabajar por una ciudad más limpia, más culta, más educada”.
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Esa misma pregunta, de hecho, se la repiten varias veces al día los grandes operadores de basura y la UAESP. Mientras tanto, en la escala más pequeña de esa cadena, José ataca por los flancos de la cultura ciudadana. En el potente espectro de las redes sociales, con un modesto celular y su cotidianidad como fondo escénico, el José “Escobita” enseña, de la manera más simple pero locuaz, que todo pequeño desecho arrojado a las calles representa una parte importante del problema.
Porque lo que parece invisible, dice él, al final termina siendo un rastro perceptible y de bastante peso. “Las colillas de cigarrillo, aunque es algo pequeño que no se ve, traen una contaminación grandísima”, explica. En Bogotá, recuerda José, “se botan diariamente más de seis millones de colillas al piso”. Una cifra absurda, colilla por colilla, como si la ciudad entera fumara y olvidara al mismo tiempo los vestigios de ese vicio. Cada una, dice, “puede contaminar hasta cincuenta litros de agua”.
Son apenas las 9:00 a. m., y tres horas después del comienzo de su turno, José ha recogido unas 23 bolsas de entre seis y ocho kilos cada una, repletas de residuos. Una cifra ligeramente distinta a la de otros días en los que, como él comenta, “la cosa se pone más pesada, porque hay más basura, escombros, a veces restos biológicos, y me toca utilizar más bolsas”. Y continúa: “En Bogotá se recogen entre seis mil y siete mil toneladas de basura diariamente, y casi todo termina en el mismo destino, rumbo al relleno sanitario Doña Juana, hoy al borde del colapso”.
Su labor no se limita a recoger colillas, papeles, panfletos publicitarios —ahora en auge por la temporada electoral— y los demás residuos habituales de la calle. “Yo creo que la política debe generar conciencia y no basura”, dice, después de haber visto cómo incluso en épocas electorales la ciudad se cubre de papel muerto. “ En campañas pasadas se recogieron más de mil toneladas de desechos solo de propaganda”, asegura, mientras recoge varias bolitas de periódicos de candidatos de todos los colores y banderas políticas.
Ya no son solo los papeles y las colillas. En los entresijos más ocultos de los andenes hay canaletas a las que llega toda basura fuera de las canecas, y por lo tanto deben limpiarse para auxiliar el drenaje de agua durante las tempestades de la última semana de enero. José lo ha visto de cerca: “sumideros llenos de papeles, llenos de vasitos de tinto… de muchas cosas que, si no los limpiamos, van a terminar afectando el flujo del agua”.
Pero incluso cuando José, junto a sus compañeros, despeja las canaletas turno tras turno, el continuo oleaje de residuos mal dispuestos termina causando encharcamientos y, en el peor de los casos, inundaciones. “Muchas veces las inundaciones son por las alcantarillas tapadas”, advierte. Y lo peor es que allí aparece de todo: “han encontrado hasta animales, caballos dentro de las alcantarillas”.
“La clave de todo esto es la cultura de las personas”, repite, mientras menea la cabeza con asombro al ver que las fotos del reporte de hace unas horas, tomadas en el turno anterior al suyo, se vuelven una ilusión pasajera. “No dura esto limpio: uno toma la foto del reporte, pero a las horas llega el compañero, o uno mismo, y está igual o peor”.
La apatía de las personas, en su opinión, llega a tal punto que la basura se vuelve una materia omniciente, imposible de erradicar. “Encuentro muchas veces indiferencia, gente tirando basura delante de mí”, dice. “Y si uno les dice algo, me insultan o me dicen que no me meta, que para eso me pagan”.
Con todo y la náusea derivada de tal desidia, José intenta concebir la realidad con más optimismo. Cuando graba una historia para mostrar cómo queda un lugar antes y después de su intervención, cree que las personas se acostumbrarán a ver las cosas más agradables, más limpias y, eventualmente, harán todo lo posible por mantenerlas así. En algunos lugares ha funcionado: “mucha gente me dice: ‘yo no lo sabía, pero ahora ya no boto la colilla al piso’”, cuenta con una tenue sonrisa cuyos extremos destacan tras el tapabocas en su rostro.
Caminar por todo Bogotá, limpiando cada esquina, andén, canaleta y bajo puente, ha menoscabado la salud de José. Son ocho horas caminando, agachándose una y otra vez. “Uno tiene que agachar por lo menos doscientas, trescientas veces”, relata. Además de infortunios como haber sido atropellado por un SITP, al operario de aseo más famoso de la ciudad le cuesta cada vez más realizar recorridos largos. Por fortuna, la dedicación de tantos años le valió la consideración de sus jefes, y lo trasladaron a la ruta de la Autopista Sur, la que actualmente cubre y limpia mientras avanza este relato. Es una de las más “tranquilas”, dice, pese a tener la condición especial de colindar con estaciones de TransMilenio y sus respectivos miles de pasajeros arrojando todo tipo de basuras.
Ya casi son las 2:00 p. m., y José está a punto de terminar la jornada. El rastro de su cepillo se distingue por la pulcritud y casi contrasta con el celeste de su impecable uniforme. Sus compañeros de turno se ponen el uniforme y lo reemplazan. Él, mientras los observa desde la lejanía, continúa intentando dilucidar cómo darle la vuelta a la mentalidad bogotana para hacer realidad aquella utopía lejana de una ciudad más limpia, pero sobre todo más empática y colaborativa.
Al final, como insiste José desde su escoba y su celular, queda la misma reflexión: “¿Tú qué le estás aportando al mundo?”. Porque, al menos para él, todavía vale la pena creer que pequeñas acciones generan grandes cambios.
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