23 May 2021 - 2:03 a. m.

Jóvenes y descentralización: los motores de las movilizaciones

En la historia reciente no hay un movimiento popular tan sólido y duradero como el que tiene a miles de personas en las calles, que incluso, en medio de una pandemia, salieron a exigir cambios de fondo en el país. El éxito radica en que no existe más la típica marcha de un par de días y hasta la Plaza de Bolívar, sino todo un tejido entre barrios con liderazgo juvenil.

Desde que se reanudó el paro nacional, el pasado 28 de abril, se retiraron las reformas tributaria y de salud, la realización de la Copa América en Colombia y se han dado varios cambios en el gabinete del Gobierno Nacional. Estas peticiones, entre otras, se han escuchado desde hace casi un mes en las calles del país, donde se han agolpado ríos de personas haciendo exigencias de todo tipo.

Es una movilización que involucra a múltiples sectores y con dinámicas diferentes en comparación, por ejemplo con la jornada de protestas de 2013. Además, está ocurriendo en el momento más complicado de una pandemia y ha tenido como protagonistas a los jóvenes, que han logrado prolongar el entusiasmo de los manifestantes. ¿Cómo lo han hecho?

Lo primero que se debe mencionar es que estos días de revuelta, aunque fueron detonados por la fallida reforma tributaria, son la prolongación del inédito estallido social que vivió, sobre todo Bogotá, el pasado 21 de noviembre de 2019. La temporada decembrina de ese año apagó un poco la furia contra el Gobierno y, aunque las marchas se reanudaron en 2020, la pandemia las aplacó del todo. Hubo otro antecedente, el “9-10S”, que fue más una movilización contra la Policía, pero que marcó una nueva táctica que hoy se retoma y tiene vivo el paro: la protesta atomizada en los barrios.

No ha sido igual, porque en ese entonces la furia se tradujo en vandalismo y quema de varias estaciones policiales. En esta ocasión se trata de algo más organizado y ambicioso, que de todas formas no ha logrado desmarcarse de actos vandálicos y choques con la Fuerza Pública. Es un movimiento liderado por jóvenes, que desde las localidades pretenden hacer un tejido que empiece a envolver a personas de todo tipo, que también compartan su rechazo, más que contra el Gobierno de Iván Duque, contra el Estado mismo.

Así han logrado convertir zonas que antes no eran más que plazoletas o estatuas de barrio, en bastiones de resistencia y puntos de encuentro para las largas jornadas de manifestación. Las inmediaciones de los portales Américas, Norte y Calle 80, los monumentos a los Héroes y a las Banderas, el Park Way y el Parque de los Hippies, entre otros, reemplazaron a la Plaza de Bolívar como la principal zona de concentración de las marchas. En el Portal de las Américas, incluso, se creó un espacio humanitario en el que hay hasta una olla comunal y un equipo de cocina que garantiza alimentación diaria a más de 700 personas.

Esa unión ha permitido también la organización de quienes integran la llamada Primera Línea, que defiende a los marchantes y contiene los impactos de elementos como gases lacrimógenos y granadas aturdidoras. Pero también hay una segunda, tercera y hasta cuarta líneas, cada una con sus funciones, equipos de primeros auxilios, equipos logísticos, entre otros. La articulación ha sido evidente en la apropiación de espacios mediante el rebautizo de lugares, como en Américas (ahora “Portal Resistencia”), o los enormes grafitis en varias calles.

Y no solo hay descentralización de las marchas. Otra particularidad de este proceso: el liderazgo ya no está centralizado en una persona o un movimiento político, y mucho menos en el Comité Nacional del Paro, que busca negociar con el Gobierno. Por eso, incluso si esas partes llegan a un acuerdo, dicen que las protestas se mantendrán, porque las exigencias de estos jóvenes trascienden un gobierno y escalan al nivel de transformaciones profundas en la sociedad colombiana. Por eso no fue extraño que al preguntarles a varios jóvenes en las calles sus motivos para seguir marchando, la palabra más repetida entre ellos era: “dignidad”.

Julián Báez es un líder juvenil de Bogotá. Se mueve por varias localidades y explica que, como en los últimos tiempos las movilizaciones no estaban generando ningún impacto y el descontento se quedaba en una o dos marchas hacia la Plaza de Bolívar, “los jóvenes empezamos a proponer que era momento de ir a otros lugares a hablar y a organizar a la comunidad”.

Según dice, ese ejercicio ha permitido acercarse a personas que no estaban muy enteradas de temas sociales y ha hecho que se hilen procesos en diferentes barrios y localidades. “Hablarle a la gente consolida una comunidad más crítica y que ya no ve los temas de país como algo alejado. Se explica que lo que pretenden estas marchas es algo más profundo que lo que exige el Comité del Par. Por eso mucha gente tiene más expectativas y tiene como referentes a quienes están en esos procesos populares”.

Esto significa que, si bien antes había una marcha de profesores, otra de estudiantes, otra de trabajadores, ahora “todas se entrelazan y no se habla de sectores sino de habitantes”, explica Báez, algo que ha traído una consecuencia adicional: ahora la gente presencia en sus barrios tanto las marchas y arengas, como los desmanes y gases lacrimógenos que antes veía en televisión.

Este nuevo liderazgo barrial también lo resalta Jenny Romero, portavoz de la campaña Defender la Libertad, organización de derechos humanos que está presente en todas las movilizaciones. “La organización juvenil en los barrios populares ha sido fundamental para canalizar el descontento generalizado. Sobrepasa cualquier tipo de movilización social por una exigencia particular y, más que un paro, es una insurrección popular contra dinámicas gubernamentales e institucionales”.

Para la joven, este movimiento puede que no pare hasta que se vean cambios profundos en lo social, político y económico. Incluso en esos aspectos hay ciertas diferencias con quienes conforman el Comité del Paro, que consideran que la descentralización de las movilizaciones, además de dinamizar las marchas, es una estrategia de bioseguridad. “Un paro no puede vivir saliendo y llegando todos los días al mismo punto. Pero también tiene que ver con protocolos de autocuidado, porque concentrarnos por muchos días en uno solo punto generaría una situación de contagio más compleja y en eso pensamos desde que iniciamos la movilización”, dice Nelson Alarcón, del comité ejecutivo de Fecode.

En lo que concuerdan es en que la clave en la resistencia de las marchas es la indignación sumada de quienes antes la sentían por su cuenta: estudiantes, trabajadores, docentes, indígenas, campesinos, transportadores, entre muchos otros grupos, a los que ya no lideran desde una tarima, sino desde asambleas populares.

Por todo esto, es claro que hay una nueva lógica de las protestas, que la diversidad de elementos y sectores, y las incógnitas sobre los líderes, hacen muy complejo el análisis de lo que puede derivar de este proceso. Así lo considera Nadia Pérez, del Instituto de Estudios Políticos de la U. Autónoma de Bucaramanga, quien expone que “no sabemos muy bien qué es ni cómo agarrarlo porque hay liderazgos muy fuertes, pero invisibles. Se trata de una acción colectiva que va más allá de una organización social”.

Otro elemento que, según Pérez, no se puede dejar pasar son las cifras de pobreza que revelan lo afectados que están los jóvenes. “Muchos tienen una visión de no futuro, de no importarles estar allí porque no tienen nada que perder. Es un estado de desesperanza generalizado, con un cuestionamiento al sistema más que a un punto coyuntural, el que hace que se mantenga la protesta”.

Para la politóloga, así como para Andrés Dávila, docente en Ciencias Políticas de la U. Javeriana, el tema se agrava por la “debilidad” que ha mostrado el Gobierno. Según explican, ante un liderazgo más fuerte habría mayor receptividad o al menos unos intentos de negociación más allá del comité con el que están negociando. “Había un malestar evidente desde 2019 y muchos sectores dispuestos a protestar, pero el presidente aporta mucho en no abrir un diálogo real y amplio, reaccionar tarde y no estar sintonizado. Y, aunque se han abierto ciertos canales, prima más la fuerza que ha derivado en excesos”, agrega Dávila.

Como están hoy las cosas, se podría dejar de hablar de paro nacional, que se ha vinculado con el comité que convoca movilizaciones espontáneas. Lo que ha mantenido vivo el fervor en las calles es un movimiento juvenil cada vez más organizado, que busca cambios estructurales y que curiosamente encontró en la dispersión de las marchas la forma de articularse para enviar un mensaje que, por ahora, ha tenido pocas respuestas.

El acompañamiento de las marchas también se ha transformado

La actualización de los modos de protesta ha llevado también al Distrito a modificar sus acciones durante las movilizaciones, pues antes bastaba con un grupo de gestores de convivencia para acompañar los recorridos. Ahora, según el secretario de Gobierno, Luis Ernesto Gómez, hay un despliegue mayor de funcionarios para atender todos los puntos y coordinar a los gestores y personal de derechos humanos.

Como se trata ya no solo de marchas, sino también de actividades artísticas, plantones, apropiación de espacios, se hace mas difícil la operación logística, incluso de la Policía, que debe hacer más traslados de tropas, motos y tanquetas.

Y como ahora las manifestaciones se desarrollan en los barrios, el secretario de Gobierno explicó que “desde el primer momento separamos el servicio de vigilancia de la atención de protestas, porque tienen armas de fuego y es necesario contar con personas que no se dejen provocar y que porten armas de letalidad reducida”.

Las movidas en los nuevos puntos de encuentro

La base de los nuevos puntos de encuentro es la solidaridad. Se han constituido gracias a donaciones de los manifestantes y la ayuda de la misma comunidad para obtener elementos de bioseguridad, pinturas, elementos para acondicionar los espacios y a la hora de los choques contra el Esmad.

Espacios como Héroes y alrededores de los portales de Transmilenio se vienen convirtiendo casi en campamentos, en los que si bien los marchantes encuentran un refugio, tienen como mayor perjudicado al transporte público.

Esto, teniendo en cuenta que algunos días, desde muy temprano, hay bloqueos que evitan la salida de buses desde los portales. Pero la mayor afectación, de la que ya son conscientes quienes salen a Héroes, se genera cuando se hacen a lado y lado del monumento, bloqueando así la conexión entre cuatro troncales del sistema (autopista Norte, calle 80, av. Caracas y av. Suba), lo que ha hecho que todo este mes el sistema opere a media capacidad.

Comparte:

Inscríbete a Nuestros Newsletter

Despierta con las noticias más importantes del día.
Al registrarte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Para tener acceso a todos nuestros Newsletter Suscríbete