29 May 2008 - 10:32 p. m.

La casa de las torturas

Es una mañana fría. Salgo a la calle y leo en El Espectador que Tirofijo ha muerto.

Paul von Leopold - Colaboración del Lector

Veo su foto a color. Compro el (ahora de nuevo) diario y leo que Manuel Marulanda Vélez murió el 26 de marzo. Hay una semblanza de su vida. En el comunicado de las Farc se lee que su cadáver tuvo todos los honores, pero que se ignora su paradero.

Regreso a mi casa y recuerdo que yo sé dónde murió Manuel Marulanda Vélez. No lo vi, pero sé dónde está. Lo leí en un libro hace muchos años (apenas unos meses después de llegar a Bogotá por primera vez).

Desde que vivo en este apartamento, ubicado en la calle 12 con carrera 3, más conocida como la “Calle del sol”, he tenido pesadillas con Manuel Marulanda Vélez. ¿Cómo no voy a saber dónde murió? El edificio donde vivo, fue a finales de los cuarenta y durante los cincuenta sede del SIC (Servicio de Inteligencia Colombiano), una entidad criolla especializada en la desaparición forzada y la tortura.

Yo, como extranjero que recién llegaba a Colombia, —en esa época era aún más “despistado” que ahora— solía pasar frente a su imponente fachada (antiguo convento de los Montfordianos) y me daba la bendición. Aún muchos lo hacen. Cuántos bogotanos y extranjeros recorrieron y siguen recorriendo La Candelaria creyendo que la “Calle del sol” es o fue una iglesia. Es cierto, lo fue. Pero entre los años en que lo fue (1920-46) y el momento en que se convirtió a finales de los ochenta en un edificio de apartamentos, fue un SIC.

Volvamos a la crónica (al intento). Manuel Marulanda Vélez fue originalmente un sindicalista, torturado y asesinado por el SIC (como lo recuerda en su nota El Espectador) a finales del gobierno dictatorial de Laureano Gómez (1953). Aquí, donde he vivido yo en los últimos 15 años, estuvo encerrado el hombre cuyo nombre luego sería “retomado” por Pedro Antonio Marín (alias Tirofijo).

Las ironías de la vida me obligan a escribir este texto “al viento”. Yo, como triste y lánguido extranjero “bogotanizado”, a fuerza de insomnios, como “El estatuto de seguridad”, y pesadillas, como la toma del Palacio de Justicia, me veo ahora, de nuevo, escribiendo sobre el SIC, para contarles a las nuevas generaciones por qué no hay que olvidar los “monumentos históricos”, más o menos inmateriales, de la memoria colectiva.

Señor lector, cuando pase por primera vez o de nuevo por La Candelaria y vea el SIC (la “Calle del sol”), quizá sea usted religioso o no, no está demás “echarse” la bendición y rezar por el alma de muchos más como el primer Manuel Marulanda Vélez, que fueron inmolados en este lugar.

A diferencia de Argentina, donde ahora sí se recuerdan los lugares donde se practicó la tortura oficial, en Bogotá, lugares como el SIC son desconocidos para la mayoría de personas.

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