En la 72 con 9ª, por ejemplo, la envidia de los comisionistas los lleva a conjurar hasta a los brujos más negros, para que con hechizos y rezos hundan al enemigo. Cinco kilómetros hacia el occidente un hombre de 110 kilos, a sabiendas de que corre riesgos de muerte, engulle libras y libras de carne y morcilla cubiertas de grasa. La gula no lo deja en paz. En la 45, una estudiante hizo realidad el sueño de otros cientos: un lugar para dormir por horas. Para darle rienda suelta a la pereza. Ciento veinte cuadras más al norte, decenas de avaros llegan todas las mañanas a unas oficinas de agiotistas para multiplicar sus ahorros, y venden sus carros y piden sus pensiones con tal de invertir y ganar más y más. En los bajos fondos de un edificio abandonado de Chapinero, un grupo de lujuriosos desconocidos se reúne para compartir placeres, olores, sensaciones y lascivia. Pocos sobreviven a ese cuarto oscuro.
Sobre la 87, abajo de la 15, en pleno Parque de El Virrey, unos cuantos estudiantes se dan cita para darse trompadas, simplemente para mitigar su ira, caiga quien caiga. Por último, en la Plaza de Bolívar, origen de todos los poderes, los distintos mandatarios, legisladores y jueces se mezclan en una especie de competencia para definir quién es más importante, quién doblega a los demás, quién ostenta el poder, y, sobre todo, quién manda sobre el pueblo que a la fuerza debe inclinarse ante tanta soberbia.
Lujuria
Una ruleta rusa sexual
Todos los que hablaron con él en sus últimos días dijeron que su suicidio estaba escrito desde hacía muchos meses, tal vez años. Que era el destino, invencible, inexorable, trágico casi siempre.
Que Luis Augusto se la pasaba en una eterna búsqueda de la muerte, quizá, como lo explicó en su funeral un primo lejano, porque no soportaba sus luchas internas contra la lujuria. “Luchas, peleas, combates que lo dejaban siempre perdedor, exhausto y demolido”. Sin embargo, cada día era una nueva oportunidad para llegar más lejos.
El momento que partió en dos su vida fue una noche de domingo, fría, depresiva, gris, ausente. Una amiga que vendía hamburguesas lo citó para que se encontraran en la Plaza de Lourdes a las nueve y tantas, cuando hubiera terminado su turno. Se fueron a tomar unas cuantas cervezas y en medio de la embriaguez se metieron a una de las tantas whiskerías de la zona. Alquilaron un cuartucho hecho con paredes de cartón. Se desnudaron, se besaron y poco antes del amanecer se despidieron para siempre.
Ella le dijo que ya le tenía el dato sobre el cuarto ese por el que él la había indagado. Entonces sacó del bolsillo de su jean un papelito doblado en mil con una dirección y se lo entregó. Él le agradeció. Le preguntó si ella había ido, pero ni siquiera aguardó su respuesta. Se fue corriendo, escaleras abajo, y se perdió entre las callejuelas de Chapinero. Buscó, obsesionado, la calle y el número de su “lugar sagrado” y se detuvo ante una despintada y oxidada puerta de metal por algunos minutos. Nadie ingresó. Nadie salió.
Volvió por la noche, cargado con una grabadora que acababa de adquirir para jugar al periodista, cigarrillos, un lápiz y billetes. Se tomó media botella de aguardiente en una tienda, desde donde vigiló la situación. Analizó con ansiedad a todos los que pasaron por la calle. Cualquiera podía convertirse en su efímero e invisible amante en cuestión de minutos. Hubo dos mujeres que le gustaron. Trató de retener sus ropas, sus cuerpos, para buscarlas si ingresaban por la puerta de metal. Luego se distrajo con otra, pero comprendió que sus esfuerzos de memoria eran inútiles.
Si las cosas eran como se las había contado su amiga de las hamburguesas, allá dentro no reconocería a nadie. Grabó algunas de sus percepciones: “Un hombre mayor con peluqueado de policía, una mujer gordita, pasada de 45, una muchacha punketa, un estudiante de derecho, como mi papá… No hay plata que pague tanta emoción… Ha comenzado a llover, todos estaremos mojados… Esta es una ruleta rusa sexual…”. Pagó la cuenta, se cubrió la cabeza con su chaqueta y, decidido, caminó hacia su objetivo.
Entró por una especie de subpuerta a un garaje oscuro. Intuyó algunos cuerpos recostados contra las paredes y continuó su camino. Había una luz blanca y tenue en el fondo que irradiaba más o menos claridad a medida que otros personajes pasaban por el frente. Él sólo veía sombras. Atravesó un marco, encendió su grabador, pisó tablas de madera, olió restos de marihuana, se apretujó contra un grupo de inmóviles sujetos y sintió una mano por debajo de su camiseta que lo recorrió hasta el cuello. “Una mano de mujer”, dijo. “Creo”, añadió.
Alguien se le acercó por un lado. Lo besó en la mejilla, en la oreja. Él buscó aquellos labios y correspondió. “Otra mujer”, dijo entonces, y la otra mujer lo invitó a quitarle los pantalones mientras lo acariciaba más y más profundamente. “Pierdo la conciencia”, fue lo último que dijo antes de entregarse a una, dos, tres, cinco, diez amantes, hombres y mujeres, en parejas, tríos o cuartetos que lo saciaron hasta el punto de que olvidó apagar su grabadora, y al día siguiente al despertar sólo escuchó gemidos, quejidos, frases lascivas, obscenidades… Lujuria.