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No es Cuscatancingo. Aunque resulte fácil escalar sus paredes de madera, como hacían los niños del pueblo salvadoreño al huir de los reclutamientos militares en los 80, a los de Corinto, en el suroriente bogotano, se les ve más bien jugando —a la guerra— o correteando loma abajo. Cual si huyeran rumbo a la ciudad de cemento, como los de Cuscatancingo.
Es un barrio con mirador propio hacia Bogotá. A la Bogotá de calles y edificios en la cual muchos desconocen la existencia de suburbios como el de Corinto, que bien habrían podido servir de escenario para las Voces inocentes de Luis Mandoki. O de inspiración para los Techos de cartón de Alí Primera. Sus casas se levantan de manera inverosímil por entre los cerros orientales. Madera burda, plástico y cartón. Y paroy, un elemento de construcción que nadie sabe exactamente qué es, pero que todos aprecian por su utilidad para blindar contra la humedad. “Paroy sí, pa’ mañana no”, dicen en el sector, al recordar la fragilidad del material. Dos o tres familias por vivienda. Tres o cuatro niños por familia. Más de 800 familias, según la comunidad. La mitad, al decir del Distrito.
En el registro de los 2’100.000 predios que tiene la ciudad, Corinto (que en realidad es Corinto, El triángulo y Manantial) aparece como uno de los 1.596 desarrollos de origen informal. Desarrollos que en la práctica son barrios, en los que se levantan 443.000 viviendas, refugio de 2,5 millones de habitantes. La secretaria de Hábitat, Juliana Álvarez, dice que 133.900 de esas viviendas requieren mejoramiento de habitabilidad o reforzamiento estructural.
Todas empezaron de la misma forma. Como Corinto, fueron ocupadas por familias venidas de lejos, en muchas ocasiones en oleadas que coincidieron con los picos altos de la violencia en Colombia. Y siguen llegando. Hoy, la ciudad tiene un déficit de 307.945 viviendas y eso incluye el reemplazo de las de Corinto, que están en alto riesgo porque las lluvias provocaron remoción de masas y dieron al traste con los palafitos que las sostenían, en los cerros orientales, loma arriba del sector de San Blas, localidad de San Cristóbal.
Hasta diciembre de 2007 Bogotá tenía 4.547 viviendas en esta situación, pero la inclemencia del fenómeno de ‘La Niña’ hizo que otras 1.902 de Ciudad Bolívar, San Cristóbal y Usme se sumaran al listado.
Algo parecido le ocurrió a Rosa Tulia Quemba, una santandereana desplazada por la violencia que llegó a Bogotá hace 30 años y se instaló en el barrio El Paraíso, 25 cuadras al sur de Corinto. Pese a que lleva años peleando en estrados para que la reubiquen y a que su casa está a punto de caerse, no clasifica para tal beneficio por haber construido en zona de ronda de una quebrada. Su vivienda está en riesgo de caerse —de terminar de caerse—, pero la zona en la que fue hecha no es de alto riesgo para la construcción. Sencillamente es zona en la que no se debió construir.
Eso dice el Fondo de Prevención y Atención de Emergencias (Fopae). La Empresa de Acueducto asegura que le comprará los terrenos, pero no por ahora. El Distrito no le puede ayudar a adquirir un hogar de interés prioritario porque su predio es ilegal. Y el alcalde local, William Herrera, quien ahora tiene la obligación de sacarla del lugar con apoyo policial para prevenir una tragedia, piensa pedir ayuda a un privado para que le ponga fin al entuerto.
Los niños de Corinto siguen corriendo. En las casas con olor a humedad muchos de los propietarios dudan aún si aceptar o no las propuestas de reubicación. El Distrito dice que 2.401 familias han sido reasentadas por esta administración en Ciudad Bolívar y Bosa. De éstas, 93 provenían de Corinto y 44 de El Triángulo. Gente que prefirió venderle al Distrito y que éste le diera el excedente para completar 25 salarios mínimos (cerca de $13 millones) con los cuales adquirieron sus viviendas de interés prioritario.
Los que no se atreven a dar el paso, esperando una mejor oferta o temerosos ante la obligación de recomenzar en barrios alejados del sector en el que crecieron, siguen su peregrinación diaria desde y hacia el cerro.
Sus hijos ahora juegan, aprovechando que las tejas de cinc avisaron sobre la tregua de algunas horas concedida por el invierno. Cuando arrecien los aguaceros, ellos retornarán a sus hogares de olor a humedad, como repitiendo el estribillo de la canción de Alí Primero: “Qué triste se oye la lluvia en los techos de cartón / qué triste vive mi gente en las casas de cartón”.
Para ver infografá sobre viviendas en alto riesgo en la capital, clic aquí.