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La obra subterránea clave para la descontaminación del río Bogotá

En el predio Canoas se ultiman los trabajos de la estación elevadora, que sacará las aguas residuales que generan el 70 % de Bogotá y el 100 % de Soacha. En el futuro las tratarán en una de las plantas de tratamiento más grandes del país.

Mónica Rivera Rueda

05 de julio de 2026 - 10:03 a. m.
En el segundo pozo hay seis bombas que se encargarán de sacar el agua a la superficie.
Foto: Begi Valentina Rojas Duarte
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A más de 40 metros de profundidad, una de las obras más grandes de saneamiento básico que se ha construido en la ciudad está a meses de entregarse: se trata de la estación elevadora de Canoas, la cual, tras años de promesas, inconvenientes y retrasos, se convierte en un paso más hacia la descontaminación del río Bogotá. La infraestructura consta de dos pozos donde filtrarán las aguas residuales, que llegarán por el interceptor Tunjuelo y las bombearán hasta la superficie a un predio en Soacha, donde se construirá una planta de tratamiento (PTAR), que descontaminará el 70 % de las aguas contaminadas de Bogotá y el 100 % de las de Soacha. Para entender su importancia hay que ir por partes.

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¿Alguna vez ha estado cerca del río Bogotá? Puede que lo haya visto en el Salto del Tequendama o en Girardot. Sus aguas son negras y en algunos puntos se acumula espuma, que se genera por la combinación de detergentes, grasas y materia orgánica. Pero tal vez lo más característico es su olor, similar al huevo podrido, producto de los altos niveles del sulfuro de hidrógeno que surge por la falta de oxígeno en las aguas residuales.

Eso pasa porque a él llegan todas las aguas que desechan los 47 municipios que bordean al afluente, incluida Bogotá, desde Villapinzón, donde nace, hasta Girardot, donde desemboca en el río Magdalena. Es decir, allí termina cada gota de agua y residuos que descargan al menos 10 millones de personas por inodoros y desagües, de viviendas, empresas, restaurantes, entre otros.

No es un problema menor. Casi que desde que nace el río, su agua se comienza a poner turbia, y a tan solo cuatro kilómetros se nota la contaminación. En su cuenca media y baja, es decir, cuando ya entra a Bogotá, es un río al que es imposible para cualquier ser humano entrar, por la carga contaminante. Es por eso que, en respuesta a una acción popular, el Consejo de Estado profirió en 2014 una sentencia histórica, en la que emitió 143 órdenes a las entidades territoriales, autoridades ambientales, Gobierno Nacional, entre otros, para lograr la descontaminación del río. Entre estas se incluyó la construcción de plantas de tratamiento de aguas residuales (PTAR), para que los municipios descontaminen sus desechos antes de verterlos al afluente.

Ya hay una, la de Salitre, que se encuentra en Suba, sobre la margen del río que conduce a Cota, la cual trata el 30 % de las aguas residuales que genera la ciudad. Es decir, lo que se genera entre la calle 26 hasta la calle 220 (que corresponde a las localidades de Suba, Usaquén, Barrios Unidos y Engativá). Pero falta la planta que se encargará del resto y de todo lo que genera el municipio de Soacha.

Una promesa lejana

De tratar las aguas residuales de Bogotá se viene hablando mucho tiempo. A principios de los 90 comenzó el debate por la descontaminación del río Bogotá, como una prioridad de la nación. Se hicieron estudios en los que se contempló la construcción de tres PTAR en las desembocaduras de los ríos Salitre, Fucha y Tunjuelo, que tendrían la capacidad de remover el 90 % de la materia orgánica.

La construcción de la primera fase de la PTAR del Salitre arrancó, pero no se consolidaron las otras dos, por lo que en 2003 se replanteó el proyecto y decidieron construir solo una planta más, la de Canoas, a la que llegarían las aguas de los dos ríos restantes. Se habló de tenerla lista en 2015, pero no pasó.

En 2010 apenas se firmó un contrato, por COP 244.000 millones, con el consorcio Canoas (integrado por la empresa CASS y Odebrecht) para construir la primera pieza de todo el engranaje: el interceptor Tunjuelo-Canoas, que no es más que una megatubería a la que llegarían las aguas residuales, para transportarlas hasta el predio donde se haría la estación elevadora, que es la que saca el agua a la superficie, y luego la planta de tratamiento. El interceptor se debía entregar en 2012, pero hubo prórrogas y finalmente no continuaron los trabajos por diferencias frente al sitio donde se debía construir la estación elevadora. Bajo tierra quedaron dos tuneladoras, mientras se dirimía el conflicto.

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En 2018, tras varios pleitos que le dieron la razón al Distrito, se firmó un contrato por COP 24.000 millones para sacar las tuneladoras y terminar las obras. Luego, a finales de ese año, el Acueducto de Bogotá firmó un nuevo contrato para hacer la estación elevadora con el consorcio EE Canoas, conformado por las firmas Mota Engil Latam Colombia S. A. S. y la Empresa Construtora Brasil S. A.

Dos pozos

Hoy el avance es notorio. Una gigantesca carpa cubre dos pozos, de 21 y 32 metros de diámetro, donde se harán dos de los procesos más importantes para el tratamiento de aguas residuales de Bogotá. Ambos llegan a más de 40 metros de profundidad, que se sostienen por pilares de concreto de más de 10 metros de alto (ver las gráficas) y dentro hay decenas de instrumentos y maquinarias hechas a la medida, por la cantidad de agua que pasará por allí.

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El ingeniero mexicano Roberto Villanueva, responsable de la puesta en marcha de la operación de la estación elevadora y quien ha estado detrás del manejo de la PTAR de Atotonilco, en México (la más grande del mundo), explica que en el caso de Canoas se requirió tecnología fabricada especialmente para este tipo de obras. “El proyecto se divide en tres secciones, los dos pozos para el acondicionamiento del agua y el bombeo, y el otro es para la recepción y repartición de caudales”.

Para el primer pozo se requirieron sistemas de amortiguación para reducir la velocidad con la que llega el agua. Además, hay sistemas de remoción de masas. Se trata de rejas de casi cuatro metros de alto, que tienen separaciones de seis centímetros, para detener todos los sólidos que llegan con las aguas residuales. “En general, todo lo que la población tira en las calles o en los colectores (como los sanitarios). Eso puede ser un problema para el bombeo y hay que extraerlo”.

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Para sacarlos, hay unas pasarelas que llevan esos residuos a la parte más alta del pozo, así como una cuchara bivalva, que también permite sacar los sólidos, para luego entrar a unos contenedores desde los que se trasladarán los residuos a centros de disposición final. Luego del filtrado, el agua pasa al siguiente pozo, que es donde se sube a la superficie. En ese, que es el más grande, hay seis bombas que se fabricaron en Alemania, “controladas de manera automática con un sistema creado específicamente para las condiciones del agua y de elevación que se necesita controlar”, añade Villanueva.

Cada bomba tiene un canal que lleva el agua hacia la superficie, donde está una estructura de repartición, que llevará el agua residual a la PTAR que no se ha construido. Mientras eso ocurre, simplemente la desviará por ductos hacia el río Bogotá. Es decir, aunque la estación entre en operación este año, el agua seguirá llegando al río sin tratamiento —pero sin sólidos de gran tamaño— hasta que la PTAR Canoas sea una realidad. La obra la complementan sistemas auxiliares de ventilación y de mitigación de los olores, que se producen por el sulfuro de hidrógeno, así como para controles de incendio.

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Junto a los pozos también hay una planta eléctrica y una sala de control con servidores y transformadores para cada una de las bombas. Una vez se terminen las adecuaciones, “se comenzará la fase de puesta en marcha o comisionamiento, en la que hacemos las pruebas de todos los elementos sin el agua. Después de que estemos seguros de que todos los equipos funcionan, tanto en la parte mecánica y eléctrica como de protección, viene la fase de operación, que básicamente es el monitoreo de temperatura, presión y de que todo funcione como debe, basado en las indicaciones de los fabricantes y en la experiencia propia de los proyectos que se han realizado en otras partes del mundo”, añade Villanueva.

Sobre el proceso técnico, Yomar Rodríguez, supervisora del contrato por parte del Acueducto de Bogotá, señala que en las obras hay recursos de la empresa, del Fondo Nacional de Regalías, la CAR y el Ministerio de Vivienda. Específicamente, en estas obras se invirtieron COP 372.000 millones (se hicieron adiciones de más de COP 30.000 millones), “y próximamente entrarán los aportes de Enel, quienes serán, por el fallo del Consejo de Estado, los que tengan la función de operar y mantener esta estación”.

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La funcionaria resalta que durante la ejecución del contrato se empleó un año para hacer los estudios y los diseños de la estación, y luego se iniciaron las construcciones. “Se empezó por la zona crítica, que son los pozos de cribado y bombeo, porque son estructuras muy grandes. Solamente el sistema de pantallas en los pozos está a 42 metros de profundidad. Son estructuras que las tuvieron que traer del exterior, de Alemania, Italia, China y Estados Unidos. Proyectos como este hay dos en Latinoamérica y, en ese sentido, en lo que hemos trabajado en este tiempo, es lograr la calidad en este proyecto”.

Lo que viene

El contrato de construcción de la estación elevadora se termina en octubre. Para esa fecha se espera que se haga la entrega en operación. Por ello, desde el Concejo, en los últimos meses, se han venido adelantando debates de control sobre lo que se ha venido trabajando en el predio de Canoas. Al respecto, el concejal Samir Abisambra resaltó los avances físicos de las obras, aunque señaló que se requiere claridad en la fecha definitiva de entrada en operación, así como el cronograma final del cierre de actividades.

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“Porque una ciudad seria no solo construye obras, sino que las termina, las pone a funcionar y garantiza resultados para la ciudadanía. La Estación Canoas debe culminarse cuanto antes. No por una administración, no por un gerente, no por un sector político. Debe culminarse por Bogotá, por Soacha y por el río Bogotá”, añadió el cabildante.

Sobre la PTAR Canoas, que es el último componente para que funcione todo el proyecto, el Acueducto resalta que, con la licencia ambiental aprobada por la ANLA (Autoridad Nacional de Licencias Ambientales) y los COP 14 billones en recursos comprometidos (a finales del año pasado el Gobierno Nacional dio el respaldo para pedir un crédito a la banca internacional), ya se estructura la licitación. De momento, en la precalificación de empresas interesadas, quedaron cuatro firmas habilitadas: de México, España, Francia y China.

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Se espera que el proceso para elegir al constructor se abra en los próximos meses. Una vez elegido, se tendrán 18 meses para la fase de preconstrucción, en la que se harán los estudios de detalle; 60 meses de construcción de la planta de tratamiento, y 12 meses más para su puesta en marcha. Según cuentas del Distrito, Bogotá y Soacha entrarían a tratar su agua a partir de 2033, casi cuatro décadas después de que se planteara por primera vez la necesidad de este trabajo y casi 20 después de la sentencia del Consejo de Estado.

Desde las veedurías del río piden que los esfuerzos no se queden ahí, pues señalan que el trabajo de descontaminación también incluye la recuperación de sus afluentes como el Tunjuelo y el Fucha, así como acciones que le permitan al río buscar su cauce. “Hay que respetar y restaurar las zonas de ronda, aunque eso signifique renunciar a la oferta del suelo urbano, porque si no, vamos a seguir diciendo que el río se debe supeditar a nuestras necesidades”, resaltó Alejandro Franco Rojas, ingeniero en recursos hidráulicos que acompaña a comunidades del río Tunjuelo en un debate en el Concejo de la ciudad. Sus mensajes y las obras deben ser el pilar para saldar una vieja deuda con la ciudad.

Por Mónica Rivera Rueda

Periodista de planeación, hábitat, salud y educación. Estudiante de la maestría de análisis de problemas políticos, económicos e internacionales contemporáneos.@Yomonrivermrivera@elespectador.com
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