Bogotá

12 Aug 2014 - 4:00 a. m.

La Requilina, una historia de resistencia

Amos Bien, reconocido por sus proyectos de ecoturismo en Costa Rica e invitado a los Diálogos de Río+20, resaltó la iniciativa de turismo rural comunitario de una vereda en la localidad de Usme.

Laura Dulce Romero, Verónica Téllez Oliveros

En medio de los Diálogos de Alto Nivel de Río+20, que se llevan a cabo por estos días en Bogotá, una organización de 12 familias campesinas quiso mostrar, a través de una ruta agroturística, que en un rincón de las montañas de Usme, en el extremo sur de la capital, todavía existe un estilo de vida ligado a las tradiciones del campo. Una pequeña muestra en una ciudad que, aunque no parece, tiene un 70% de zona rural.

Stella Celis, habitante de la finca Morelia, recuerda la historia de resistencia que hay detrás de este proyecto de turismo rural comunitario. “La idea nació cuando nos vimos amenazados porque esto iba a ser construido con viviendas de interés social y nos iban a desplazar. Un campesino que ha vivido toda su vida de la tierra, que está enseñado a ver sus animales, si se mete en un apartamento que es una cajita de fósforos, se muere”. Añade que muchos campesinos se fueron cuando el Distrito anunció el proyecto de construcción Nuevo Usme, que la administración actualmente contempla construir sólo en una parte del territorio, pues el resto será área de protección.

Una vieja estación del tren de La Sabana es el punto de encuentro de los turistas que quieren hacer el recorrido de la ruta agroturística de la vereda La Requilina, cuyo nombre significa reliquia, como explica uno de los guías de la finca. Si pagaron el plan completo, un ajiaco santafereño, un sancocho de gallina orgánica o una mazamorra hechos en fogón de leña son la primera parte del tour. Luego empieza el paseo a 12 fincas del lugar bajo la guía de los jóvenes de la región. Cada familia abre las puertas de su casa para enseñar a los asombrados citadinos cómo se elaboran los tejidos y las artesanías con lana de las ovejas y cómo se cultivan la quinua, la cebolla, el cilantro y el haba.

Todos estos procesos son 100% naturales —aunque algunos, inevitablemente, han recibido los impactos de la fumigación de las fincas vecinas— y pueden tardar meses para dar resultados. Pero la paciencia y el respeto por la tradición son virtudes que estos campesinos saben valorar.

Además muestran los beneficios de esta tierra, como un ojo de agua dulce que nació en medio de un extenso verano y hoy les brinda agua a varias familias de la zona, que alguna vez fue habitada por los muiscas. “Queremos visibilizar la ruralidad y dar a conocer sus fortalezas, ya que estamos amenazados por la expansión urbana. Mostramos todas las potencialidades: el ambiente, la cultura, el patrimonio, la gastronomía”, dice Nury Salazar, dueña de la finca El Triángulo.

Entre los visitantes invitados a la ruta agroturística el pasado domingo estuvo Amos Bien, uno de los principales impulsores del ecoturismo y el turismo sostenible en Costa Rica y el mundo. Entre las imágenes que lo impactaron se encontraba la de un pequeño cultivo de quinua. Le dijo a Rigarcinda Tautiva, encargada de la parcela, que tenía suerte de haber conseguido las semillas, pues “en lugares como Ecuador están tratado de restringir la venta de semilla fértil, porque grandes multinacionales intentan masificar la venta a países como Estados Unidos”. Una industrialización que implicaría bajas en las ganancias por el producto, que cuesta unos 30 dólares el kilo en América del Norte y Central.

Con su experiencia en trabajo en turismo rural comunitario, al final de la ruta Bien les recomendó a los encargados continuar con aspectos como la cálida bienvenida a los visitantes y el buen servicio con los alimentos: “No cometieron errores comunes al servir la comida, sirvieron los platos a tiempo y con la ayuda de personal suficiente”. En general, su impresión fue que en La Requilina se está haciendo un trabajo profesional, con expectativas realistas de turismo, pues no creen que van a ser millonarios con el proyecto, sino que lo hacen como complemento a sus actividades.

La ruta agroturística también ha contado con el apoyo del Instituto Distrital de Turismo y la Universidad Minuto de Dios, que dieron capacitaciones para la atención a los turistas y las adecuaciones de las fincas (barandas, letreros y cartillas). “Con el dinero recaudado en la entrada de la ruta, las familias tienen la oportunidad de remodelar sus fincas. Otra parte del dinero va para su manutención y para pagarles a los guías por los recorridos”, asegura una de las funcionarias del instituto.

Para Celis y el resto de mujeres de la Corporación Campesina Mujer y Tierra, la ruta agroturística significa una suerte de pacto de borde urbano-rural, donde la ciudad no se lanza avasalladora sobre el campesino y su tierra. Una tierra que, además, sirve como franja de amortiguamiento y protección de la localidad de Sumapaz y el páramo del mismo nombre, considerado el más grande del mundo. 

@LauraDulcero

@VeronicaTellez

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