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Muchos se quedaron por fuera. Ese día todos querían ver la película francesa El destino, que abriría las puertas del nuevo escenario de la ciudad: el teatro Faenza. El selecto público vistió sus mejores atuendos y lujosos sombreros. La pantalla para la proyección estaba en la mitad del lugar, así que quienes ocuparon la silletería de la luneta vieron la película al derecho y aquellos que se sentaron en las sillas de las galerías la vieron al revés. El exceso de luz hizo casi invisibles los letreros de la película, pero aún así el orgullo latía en la mirada de los bogotanos cuando la función terminó el 3 de abril de 1924.
“Este teatro se ha salvado. Ha tenido su estrella. Cuando llegamos era apenas un depósito de basura”. El eco de la frase, de la arquitecta Claudia Hernández, resuena en los mismos rincones en los que se oían los discursos de los políticos bogotanos de la década del 20 y los gemidos de las protagonistas de las películas pornográficas hace casi 30 años. Hoy apenas se escucha el ruido de las labores del equipo de restauración liderado por Hernández. Su misión es traer de la muerte al emblemático teatro Faenza.
Ya son siete años intentando devolverle la magia que perdió hace más de 60. El Faenza es apenas un viejo de 88 años que ha sobrevivido gracias a que en 1975 fue declarado Bien de Interés Cultural de la Nación. Sin embargo, no pudo salir ileso del descuido del que fue víctima durante décadas.
En el mismo lugar en el que el equipo de obreros trabaja a diario, había en total 38 palcos que fueron acondicionados con fina silletería importada y una luneta con 1.312 butacas que siempre estuvieron ocupadas durante los primeros años. Con la decoración y los ornamentos tallados en yeso por la familia italiana Ramelli, el teatro de la calle 22 se levantó con un gran ventanal en forma de herradura, al estilo del art nouveau europeo.
El Faenza nació en el año 1922 en la carrera 5ª con calle 22, en pleno corazón de la capital colombiana. Se levantó en la que fuera la fábrica de loza fina de don José María Saiz, del mismo nombre. La llamó así en homenaje a un pueblito italiano, donde funciona un prestigioso museo internacional de cerámica. La fábrica había sido fundada en 1900 y era un edificio bastante grande, que Saiz y su amigo, el médico José María Montoya, decidieron aprovechar en una época en la que surgía la necesidad de generar espacios de diversión en la ciudad.
Eran tiempos en los que las clases sociales emergentes tenían anhelos de vida moderna. La existencia de un espacio para concurrir a conciertos, obras de teatro y proyecciones cinematográficas era una gran oportunidad para hacer realidad la idea.
Los propietarios de la antigua fábrica de loza quisieron que su teatro fuera el lugar por el que transitaran las altas clases sociales citadinas. Así, además de los espectáculos artísticos, se realizaron numerosas reuniones sociales, como las coronaciones de los reinados estudiantiles y encuentros de los políticos destacados de la época. Fue allí donde las mujeres se encontraron el 27 de noviembre de 1957 para aclamar al dirigente del Partido Liberal Alberto Lleras Camargo, cuatro días antes de ejercer por primera vez su derecho al voto.
Parada junto a la luneta del teatro, Hernández, quien ha adelantado la restauración de otras joyas arquitectónicas de la ciudad, como el Palacio Liévano y el Hotel de la Ópera, recuerda sus clases en la maestría de Restauración de la Universidad Javeriana. Fue allí donde escuchó repetidamente a sus maestros exaltar al Faenza como uno de los pocos escenarios con elementos de la arquitectura art nouveau que aún quedan en la capital.
La encantaron los detalles en florón de hoja de la yesería de los Ramelli (las pequeñas talladas en los muros) y la gran estructura hecha en cemento forzado. En parte, por estos detalles se presentó a la convocatoria que realizó la Universidad Central en 2004 para elegir el equipo que le devolvería el brillo a la edificación.
Finalmente, en 2005, en vez de encontrarse con el esplendor del Faenza, se estrelló con un depósito de basura.
Sin embargo, tras los escombros se escondía un mensaje revelador: no fue poca la sorpresa que se llevaron las 16 restauradoras cuando encontraron en el cielorraso del teatro las cartas de amor dedicadas al proyeccionista de las películas francesas a finales de la década de los 30. En papel mohoso y amarillento, la mujer llamada Ana Lucía le decía a Ernesto: “Mi felicidad está en verte a ti... te ruego que vengas, amor mío”.
Pero más fascinante fue para el equipo de restauración el hallazgo de más de 200 metros de pintura mural debajo de las paredes y columnas descascaradas de la bodega. Salieron a la luz los rastros de la pintura grutesca de los Ramelli: escudos vegetales y bustos, que le devuelven al teatro la particularidad ornamental grabada por los italianos.
La caída
Los palcos y la silletería importada del Faenza sufrieron el abandono de los espectadores en distintas décadas desde su construcción. Pero 1948 es un año que marca el comienzo de la desolación del teatro con el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán el viernes 9 de abril, noche en que debía proyectarse en sus funciones vespertina y noche la película Roma, ciudad abierta, de Roberto Rosellini, como lo narró el escritor Arturo Alape en un fragmento que hoy alberga la página de internet del teatro.
Los destrozos y desórdenes del Bogotazo alejaron a los transeúntes que concurrían al centro capitalino. Muchos bogotanos decidieron trasladarse hacia el norte de la ciudad. El Faenza perdió gran parte de su selecto público y a sus propietarios no les quedó más remedio que reducir el precio de la taquilla y empezar a modificar la tradicional cartelera. Para completar, por los años 50 más de 60 salas de cine se erigieron a sus alrededores.
El porno llegó al Faenza a finales del 70 y principios de los 80. El artista Miguel Ángel Rojas registró los encuentros de los amantes homosexuales que se daban cita en la oscuridad del teatro. Esta fue la época sórdida del Faenza y de muchos otros teatros que terminaron por convertirse en rincones para el sexo clandestino.
Hasta el momento en que se decidió la restauración el escenario estuvo en manos de entidades bancarias, luego de que la empresa Cine Éxito lo perdiera. Se inició la consultoría para los estudios preliminares y el Ministerio de Cultura aprobó el proyecto.
“Esta va a ser una sala para distintos tipos de espectáculos. Tiene las posibilidades de ser clásica, pero también de ser moderna. Va a tener movimiento. Sus sillas serán desplazables para adaptarse a las necesidades de cada espectáculo”, dice Hernández. Al hablar de la importancia de la restauración del teatro, con una inversión de más de $12.000 millones, la arquitecta no duda en afirmar que en la ciudad hay escasez de salas aptas para el espectáculo y la cultura.
Hoy, cuando otros teatros están atiborrados con los asistentes a la XIII edición del Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá, el Faenza continúa en obra y, por qué no decirlo, en el olvido de las jóvenes generaciones. En 2008, cientos de espectadores acudieron a la presentación de la obra brasileña La Gaviota en este recinto, en medio de polisombras que daban fe de la obra sin terminar. Se esperaba que este año el festival abriera su programación en este escenario, pero no fue así. El Faenza, se hace esperar y con seguridad valdrá la pena.