Desde que entran al articulado su presencia y sus voces atraen la atención por la marcada diferencia con las de la mayoría de los vendedores ambulantes que se suben frecuentemente al sistema de transporte público. No es solo su voz, sino también, su presencia pulcra y su forma de hablar.
Generalmente las personas que ingresan a vender algún producto o a pedir alguna colaboración llevan ropa ajada y desgastada, pero ellos no. Van pulcros y bien vestidos.
No iniciaron hablando de un problema o de una difícil situación que les apremia, sólo se presentaron como miembros de una Tuna universitaria y empezaron a cantar y bailar Rumba Flamenca y pasos Dobles, “Porque son más movidas”, anota uno de los miembros.
Aunque probablemente la mayoría de las personas que iban a esa hora en el Transmilenio estaban concentradas en sus propias conversaciones, se quedaron perplejos ante la singularidad de la presentación: dos hombres y una mujer cantan e interpretan mientras que dos hombres recorren todo el articulado con panderetas haciendo movimientos al ritmo de la música.
La presentación de los miembros de la Tuna (que peculiarmente sólo hay una mujer en el grupo) tenía lugar al interior de un bus doble articulado, y mientras que ellos hacían su espectáculo, otro joven se subía por la parte de atrás para vender sus dulces, lo que género en un momento de la presentación desconcierto y risas por parte de los pasajeros y de los miembros de la Tuna.
La falta de práctica les cuesta, la ausencia de la ‘malicia indígena’ que no es otra cosa que la experiencia de lidiar de manera constante con el difícil público del transporte urbano.
El bus frena sin dar aviso, precipitada y traumáticamente, uno de ellos se cae, otro se moja porque en el techo del bus hay una canal para ventilación que está atascada y no para de llover. En medio del espectáculo tratan de cerrarla, pero no pueden, uno a uno lo intenta, el público se ríe, al final prefieren mojarse y terminar el acto.
Viene la próxima parada anunciada por una voz horrible, que no se sabe si es la voz un robot o de alguien encerrado en un pequeño compartimento y que habla desde allí.
Los pasajeros salen y el grupo no ha llegado a su destino, la estación de Las Aguas. Les pasan por el frente, les arrastran hacia afuera con las maletas, sin respetar nada, sin impórtales que los jóvenes están haciendo un esfuerzo enorme para no salir corriendo de la pena, vulnerando sus cuerpos, pero los cantantes resisten.
Una tarea ardua que se inicia todos los sábados a la 12:45 de la tarde, y termina a las 5:25 de la tarde o como nos dice uno de sus miembros, cuando toque y hasta que nos toque (risas)
¿Por qué se suben a los buses de Transmilenio a cantar? ¿No es un escenario demasiado hostil para una Tuna?
La Tuna es una tradición, los primeros miembros cargaban consigo una cuchara y un tenedor simbolizando el intercambio de las canciones por comida, dicha tradición que viene de España en Colombia y Latinoamérica ha tenido una gran acogida. Nunca nos han sacado del Transmilenio ni tampoco hemos tenido problemas con los vendedores que se suben al mismo.
¿Subirse al articulado y hacer todo ese esfuerzo, si se retribuye? ¿Las personas si les colaboran?
Claro, pues no mucho pero conseguimos para el almuerzo, por eso es que lo hacemos. Somos estudiantes y pertenecemos a la Tuna universitaria y aquí hay personas que tienen diferentes tiempos de antigüedad en la Tuna que van desde los cinco, dos años, a los seis meses.
¿Y por qué hacerlos en los buses?
Generalmente por muchos motivos, un par de veces para financiarnos la compra de algunos implementos como unos sombreros que nos hacían falta. Otras veces lo hacemos para ayudarnos a costearnos los viajes. En realidad esta práctica viene del siglo XVI y lo hacemos para tratar de mantener viva la tradición, de los antiguos “tunos” que tocaban por comida, pero ahora en Transmilenio.
En mis tiempos…
Un pasajero de unos 70 años de edad que iba a mi lado me dice en voz baja: “cuando yo era joven también cante en una Tuna pero recuerdo que era integrada por más personas, teníamos uniformes de colores, tenían muchas más personas”, anota Jairo, quien se dirigía a comprar algunos libros en el centro de la ciudad. Y tiene razón, aunque en el articulado osadamente van estos cinco muchachos, las Tunas por lo general están conformadas por más de 20 personas. Pero en esta oportunidad solo van cinco.
Todos provienen de diversas carreras como ingeniería industrial, electrónica, administración de empresas y negocios internacionales, paradójicamente ninguno es músico.
Entonces aquí en realidad no es que realidad estén en una necesidad imperiosa, sino que siguen con la tradición combinado con el popular rebusque, que les permite hacer lo que les gusta y ganarse unos pesos de más para su proyecto.