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La última morada de los habitantes de la calle de Bogotá

Enfermos terminales de terribles padecimientos son instalados en un hogar de paso en La Mesa para que puedan morir dignamente.

Laura Ardila Arrieta

18 de mayo de 2012 - 06:10 a. m.
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Giovanny Rico, el peor asesino del barrio Las Cruces de Bogotá, llegó a morir a este lugar. Hace tres años. Ladrón, expendedor de drogas y él mismo un drogadicto, le habían dado una paliza en la cabeza con un bate lleno de puntas, para hacerle más daño. Y sí que se lo hicieron. No sólo perdió la memoria parcialmente y sufrió un daño cognitivo severo irrecuperable, sino que, como resultado de su vida en las drogas, empezó a desarrollar un trastorno de la personalidad que lo convirtió prácticamente en un animal. Se comía la basura, se comía su propia mierda, se volvió hipersexual y no aceptaba hablar con nadie. Así llegó Giovanny Rico, el peor asesino de Las Cruces, a morir en este lugar.

Este lugar tiene 6.800 metros cuadrados, 12 habitaciones, un arroyo lleno de piedras gigantes y mariposas, una piscina, un puente de madera y un clima que suele ir de los 20 a los 25 grados centígrados, que hablan más de unas prometedoras vacaciones que de la vida en la calle, entre la droga, la delincuencia, el abandono y, a veces, la locura.

A este lugar se viene a morir en camas limpias. Con enfermeras que brindan calma sobando la cabeza, comida aceptable, baño y medicinas. Entre paredes blancas y árboles, lejos, muy lejos de la terrorífica vida en el cemento, en las jeringas usadas, en los desechos de gente que nunca presta atención, en Bogotá.

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Acá estamos a las afueras del municipio de La Mesa, a una hora y media de la capital y a 800 metros sobre el nivel del mar, en una seductora casa finca llamada ‘Las Brisas’, que desde hace cuatro años se convirtió en un hogar de paso de la Secretaría de Integración Social de Bogotá al que llegan a vivir habitantes de la calle en estado crónico.

Bueno, en realidad, como ya se ha dicho, llegan a morir, a morir dignamente, como dicen los funcionarios de la Secretaría, lo menos parecidos que se pueda a las personas que fueron en su trasegar callejero y, de ser posible, en compañía de sus familias.

Enfermos, en etapas terminales, de sida, tuberculosis, cáncer, pulmones, discapacidades cognitivas, locura.

Triste destino este el de la casa de ensueño que abre sus puertas para que entre la muerte.

La cara de Giovanny Rico parece la de la muerte misma. Casi nunca mira a los ojos, pero cuando lo hace, insinúa una sonrisa que deja ver sus dientes dañados y un dejo de maldad inexplicable, como los malos de las películas, que sólo inspira a salir corriendo del lugar. Después de tres años de tratamientos paliativos para su enfermedad, acepta hablar con otras personas. Pero sólo puedo hacerlo a media lengua:

— Yo duré cinco años en la calle, pero eh eh... ahora soy bobito... me joden, me pegan... eh eh... antes sí daba chuzo.

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— ¿A quién le dabas chuzo?

— A los ricos de Bogotá, en Las Cruces y por el Hotel Tequendama.

Giovanny no levanta la mirada para contar que tiene 27 años, es bogotano, nació en el barrio El Consuelo, con la abuelita María del Carmen, que murió de cáncer en el estómago, y los padres Antonio y Antonia, también fallecidos, además de los primos María Estella y Rodrigo. Allá probó por primera vez la marihuana y el bazuco, se convirtió en atracador, en ladrón de carros y, luego, en otro habitante de la calle.

La pérdida parcial de memoria que sufrió el día en que recibió una paliza, al parecer, de varias de sus víctimas de Las Cruces, le impide recordar todo aquello con precisión de detalles. Al menos, eso aparenta.

Ya no come sus heces, tampoco basura, sus problemas cutáneos y su agresividad bajaron. También su hipersexualidad con tendencia al homosexualismo, como reza en su historia clínica. Sin embargo, los trastornos mentales que padece son irreversibles, tanto como la mirada asustadora que levanta ahora. Esa no se le han podido borrar ni con tres años de tratamientos paliativos.

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El doctor Alfonso Velandia dice que, en el caso de Giovanny Rico, ya pasó todo lo que tenía que pasar. Su estado actual, de ser que deambula por el hogar diciendo frases sin terminar, sin saber muy bien quién es, es el punto máximo al que va a llegar su precaria recuperación. Con su pasado, ya es mucho que luzca tranquilo. En su futuro apenas se vislumbra la posibilidad de un final digno. Esa es la promesa de este lugar de paso.

En lo corrido de este año, dos exhabitantes de calle crónicos han muerto en ‘Las Brisas’. En 2011 enterraron otros siete. Y en 2007, el año en que nació el hogar de paso, fueron 16 los fallecidos.

El doctor Velandia es un bogotano que reside en La Mesa desde hace más de dos décadas y fundó no sólo este centro, sino otros dos, que funcionan uno en Bogotá y el otro también en este municipio.

La tarea le fue encomendada hace cinco años a través de una licitación de la Secretaría de Integración Social, que ganó en cabeza de la Institución Promotora de Salud Mesalud, una empresa que creó para ejercer su profesión y convertirse de paso en el mayor generador de empleo privado del pueblo. El médico ya poseía la tierra, así que sólo tuvo que adecuar las instalaciones de sus fincas para ejercer la labor.

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Pero, ¿sí es negocio destinar cientos de hectáreas y la vida entera a atender enfermos terminales que, como si fuera poco, vienen de malvivir la calle? En términos de dinero, posiblemente. El complejo del doctor Velandia recibe anualmente por parte del Distrito unos $2 mil millones para la operación de los centros de paso —incluyendo gastos funerarios—, a los que se suman otros tres que atienden discapacitados en estado de abandono (en total, atiende unas 300 personas).

Hablando de qué significa en lo personal su labor, el hombre cuenta que los primeros meses en ‘Las Brisas’ llegaba a su casa con la espalda como si hubiera cargado todo el día un bulto de papas sobre ella. No lo dudo. Media hora de conversación con Giovanny Rico lo demuestra.

Al médico le pesaba la certeza de la muerte inevitable. Después de todo, estudió precisamente para intentar hacerle el quite a ese momento siempre que sea posible. Esa lucha interna lo llevó a replantear parte de su tarea. Desde entonces, no sólo quiere ayudar a “morir con dignidad”, sino a no morir si se puede.

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En esa lista de espera dolorosa está Giovanny, y también Lenis Cabeza y Luz Elena Olaya y Fabiola Medina y Miriam Martínez y Esperanza Torres y Alejandro Grillo y José Puerto y Alfredo Villamarín.

Y Amado de Jesús Alcaraz. El más nuevo de todos, llegó hace 12 días. 54 años. Desnutrición crónica. Úlceras en la piel. Dormía debajo de una escalera y llegó a pesar 33 kilos. Debajo del esqueleto que es, se asoman dos lindos ojos grises que lloran al contar que tuvo una esposa infiel, que por eso se marchó a la calle, pero que ahora para lo que parece el final le gustaría mucho volver a verle el cabello negro que le llegaba a las nalgas.

Este lugar es pura tristeza. Y a veces, cuando el doctor Velandia logra alargar algún final, esperanza.

Esperanza también se llama la chica que le gusta a Giovanny Rico.

— Le he dado besos, me quiero casar con ella.

De nuevo, la sonrisa macabra.

En esas llega ella, con su diagnóstico de ninfomanía, su trastorno mental y su pasado de miedo.

Giovanny Rico y Esperanza Torres se abrazan con pena, como si fueran niños.

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Ambos trabajan en la granja ‘Las Gemelas’, a la que el doctor Velandia lleva a los pacientes que pueden realizar actividades como la siembra, la cría de pollos o el cuidado de caballos.

La sonrisa de Esperanza no da tanto miedo.

Por Laura Ardila Arrieta

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