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Avenida El Dorado: La vía de la vergüenza

La Avenida El Dorado fue un proyecto criticado desde sus comienzos. Hoy, su futuro es incierto y depende de un proceso administrativo.

Santiago La Rotta

30 de enero de 2010 - 04:00 p. m.
Calle 26 o Avenida El Dorado
Foto: Óscar Pérez
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En 1955 comenzó la construcción del aeropuerto El Dorado, durante la Presidencia del general Gustavo Rojas Pinilla, que debía reemplazar al aeródromo de Techo, que ante la creciente demanda de pasajeros y carga pasó de ser puerta de entrada a embudo aéreo.

El Dorado sería una obra imponente y la principal carta de presentación de una ciudad que buscaba modernizarse a cualquier costo. Junto con el aeropuerto, de hecho, unos años antes (1952), se construyó la avenida del mismo nombre, o calle 26: una moderna vía que serviría para conectar el terminal aéreo con el centro de la ciudad, ombligo del poder y los negocios en aquella época.

Sus promotores, entre ellos el tres veces alcalde Fernando Mazuera Villegas, fueron calificados de locos y despilfarradores cuando enunciaron el proyecto: una avenida de cinco carriles, distribuidos en dos calzadas, por cada sentido. El proyecto era titánico, pues dentro de su construcción se planteó el paso deprimido de la nueva avenida por debajo de la Caracas, la carrera décima (que hoy lleva el nombre de Mazuera, así nadie lo recuerde, excepto los ingenieros catastrales tan amigos del detalle olvidado) y la séptima. Las tres obras se conocerían tiempos después como “los puentes de la 26”, como quien habla de los puentes que llevan a Babilonia.

Desde el aire, todo el proyecto tiene un tufillo a suficiencia gringa, a planeación que no pareciera urbana, o al menos no bogotana. En su momento, los puentes eran impensables y su construcción se convirtió en el caballito de batalla de los contradictores de la época y los ciudadanos que por deporte distrital tienen la crítica al Estado, como también en atractivo de domingo, como quien mira las máquinas de la ciudad de hierro mientras suben y bajan, suben y bajan…

En los planos, la 26 derrochaba modernidad, estilo, eficacia. En la realidad, como suele suceder, la cosa era más prosaica. Antes de que el alumbrado fuera inaugurado, en buena parte del trazado de la avenida los accidentes eran comunes debido a una variedad de causas, que iban desde el ser-conductor bogotano hasta una invasión de vacas que provenían de los potreros aledaños, y que sin ningún pudor o respeto por las convenciones del tránsito se atravesaban para morir estalladas en la mitad de la vía. Con el pasar del tiempo, las obras, los retrasos y los anuncios de las bondades del proyecto, los ciudadanos comenzaron a referirse a la nueva vía como “la vergüenza” de la ciudad.

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Nada detuvo su avance y el proyecto recuperó algo de prestigio cuando los puentes comenzaron a ser inaugurados. La séptima, décima y Caracas se levantaban por encima de un tierrero que algún día sería la 26 y Bogotá comenzó a tomar cara de ciudad por allá en los años sesenta.

La avenida atrajo propuestas, agrupó sueños. El famoso arquitecto francés Le Corbusier, junto con otros urbanistas de peso, propuso la construcción de una especie de ciudad dentro de la ciudad que debería combinar instalaciones administrativas, vivienda, usos comerciales y una serie de parques, aprovechando el trazado de la avenida, que conectaba sin mayores demoras el oriente con el occidente. El sueño del arquitecto era una urbe planeada y funcional, que aprovechara la movilidad del corredor y los espacios verdes que ofrecía a lado y lado. Los puentes sobre la 26 siguieron apareciendo. En 1980, el puente que cruzaba la Avenida de las Américas-calle 34 se erigió majestuoso al lado de las instalaciones del Inpec y en frente del Concejo de la capital. El entusiasmo de la ciudadanía fue tal, que las autoridades tuvieron que realizar una inauguración peatonal para un puente vehicular.

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Hoy, la calle 26 vive en la incertidumbre por cuenta del problema que existe con el atraso de las obras de Transmilenio. El contratista, Unión Temporal Transvial, y que tiene a su cargo el 70% de los trabajos, presenta serias demoras que han llevado a que la Alcaldía inicie el proceso de caducidad del contrato, algo que podría demorar la terminación de la vía varios meses por encima de los pronósticos más pesimistas. El escándalo ha puesto en tela de juicio tanto al grupo empresarial Nule, como al Instituto de Desarrollo Urbano.

Todos los sueños acaban. El proyecto de Le Corbusier quedó reducido al Centro Administrativo Nacional (que, como su nombre lo indica, apenas abarca uno de los varios usos de la propuesta del gran arquitecto). El puente del Concejo, atractivo de domingo en su momento, ya no existe y en su lugar hay un cráter en el que hoy crece la yerba mientras la ciudad ve cómo la ilusión de la modernidad se diluye entre comunicados de prensa del constructor, acusado de incumplir, y la administración distrital, también acusada de incumplir. La 26 vuelve a ser la vergüenza de antaño.

Por Santiago La Rotta

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