Los habitantes de calle luchan, en esencia, contra la droga, y la soledad. En Bogotá hay por lo menos 10.000 de ellos y casi 40 % se concentra en el centro. Sin embargo, desde la intervención a las ‘ollas’ del microtráfico (Bronx, Cinco Huecos y San Bernardo), se atomizaron por la ciudad. Muchos han buscado atención del Distrito y a la fecha 2.500 la han encontrado en los centros de acogida. Algunos, solo han estado de paso. Otros, realmente buscan una nueva oportunidad. Para acoger a esa población, la Secretaría de Integración Social cuenta con cuatro modalidades de cuidado, que incluyen alimentación, aseo, apoyo médico y psicosocial, y que varían según la necesidad y la voluntad del paciente.
Los hogares de paso, por ejemplo, representan la atención más básica. Allí pueden acoger al habitante de calle por una noche. Brindan aseo, comida y refugio. Hay otros dos niveles intermedios de atención, en los que muchos exploran la posibilidad de dejar su adicción. Finalmente, la categoría máxima. Allí están quienes sufren grandes deterioros físicos y mentales. Se trata del Centro de Alta Dependencia Funcional o Cognitiva, ubicado en La Mesa (Cundinamarca). Hay quienes llevan hasta 7 años internos. Así se vive en el lugar de acogida de los habitantes de calle cuya rehabilitación es más compleja.
La enfermedad y la soledad
A la finca Las Gemelas, separada por una trocha del casco urbano de La Mesa, llevan a los habitantes de calle que ya perdieron su autonomía funcional por enfermedades físicas, como parálisis o Epoc, o mentales, como esquizofrenia. Son quienes tienen marcas más hondas por el consumo prolongado de las drogas más destructoras. Quien llega hasta allí lo hace por voluntad propia y una vez entra tiene que permanecer mínimo tres meses, después está en libertad de irse cuando quiera.
Entre sus conversaciones, por los pasillos y potreros, aún se les oye mencionar el “susto”, como le dicen al bazuco, que los mete en un estado delirante, en el que ven muertos o sienten que los persiguen para matarlos. La paranoia desenfrenada. Otros conservan la mirada perdida o el movimiento rápido y ansioso de los ojos. Sin embargo, la mayoría andan tranquilos. Los empleados dicen que el clima cálido del municipio les sienta bien... los calma. A ellos les gusta saludar a los foráneos, estrechar manos y decir sus nombres. Casi todos hablan pausado: con el paso de los meses en el centro, las palabras de la calle, las desafiantes, los insultos, entran en desuso.
También se ven pacientes totalmente paralizados, postrados en sillas, que no pueden hablar. Hay unos que andan silvestres. Se les ve venir de las caballerizas, donde alimentan a las bestias, o de entre las vacas de ordeño. Otros trabajan manualidades o en las huertas. Todo lo que producen lo venden en el pueblo.
Después de haber estado hundidos en la calle, esa finca se les vuelve la vida . “Aquí todos se enamoran”, dice Ángela Coral, terapeuta del centro de acogida. Y es que cuando abandonan la droga, a punta de tratamiento, dejan de ser un problema, y los medicamentos menguan la enfermedad, la preocupación de ellos se centra en un factor común en las historias de los habitantes de calle: la soledad.
El bazuco y la marihuana que consumió por tres décadas le pasaron cuenta de cobro el día de su matrimonio en Las Gemelas . Sigifredo Cárdenas se había casado con Flor Guzmán, otra interna. Un día “muy bonito”, en mayo de 2015. Así lo contó con dificultad, forzando su aliento mientras está conectado a un tanque de oxígeno, del que no se despega desde ese día. Ella, por su parte, sonrió cuando pensó en el vestido blanco de novia que le prestaron. La imagen más clara que le queda de ese momento, del que sólo ha pasado un año pero que apenas recuerda. Las secuelas de la droga mermaron su memoria y la condenaron a los ataques de epilepsia que cada día son más recurrentes.
Los casó un obispo, en un quiosco conectado a un muelle que da a un lago. Entre los invitados estuvo el personal del centro y 50 de los 100 exhabitantes de calle que allí se recuperan. Hubo comida, música y baile hasta que Sigifredo Cárdenas no aguantó más. Su respiración se quebró y fue a parar al hospital por culpa del Epoc, que sufre desde que vivía en un cambuche que armó en un potrero de Usme. Estuvo hospitalizado un mes y desde ese día está pegado a una bala de oxígeno.
La crisis respiratoria de Cárdenas truncó los planes que tenía el nuevo matrimonio. Se habían conocido en un centro de acogida del Distrito, en el barrio Quiroga. Él había llegado tras tocar fondo. En la plaza de mercado de Santa Librada, cargando carretas y haciendo mandados, se ganaba la comida, lo de las papeletas de bazuco y la yerba. Una tarde, subiendo la loma hasta su cambuche, se desmayó. “Perdí las fuerzas, veía todo oscuro”. Despertó en el hospital de Tunjuelito. Luego de una larga convalecencia decidió rehabilitarse. No tenía otra opción.
Flor Guzmán, por su parte, llegó al Quiroga luego de un trasegar tortuoso que apenas recuerda. “Mi vida fue muy triste”, dice. Sabe que se casó a los 16 años con un hombre que le pegaba; que parió siete hijos y se le murieron cuatro, y que tiene varios nietos, pero no los conoce. Aunque tiene 55 años, parece una niña, con una camiseta rosada de mariposas y los movimientos pueriles de sus manos. “Me gusta el cariño que me da Sigifredo, aunque es muy celoso”, dice.
Cuando se casaron estaban listos para irse del centro de La Mesa, donde completaban cuatro años. Habían superado la adicción y sentían que podían volver a ser independientes. Ambos eran un caso de “plan cumplido”, de los que hay dos por año en el centro. El mes pasado celebraron su primer aniversario tomando café en La Mesa. Es el plan en el que se conocieron. Sigifredo Cárdenas la conquistó a punta de tinto.
Es probable que no puedan volver a Bogotá, donde vivieron los años más duros. Por ahora siguen en la finca Las Gemelas, en su espacio matrimonial, equipado con un televisor pequeño, un portarretrato con la foto de la boda y una cortina que separa su cama semidoble de las otras dos sencillas que ocupan otros residentes.
Pero no todas las historias de pareja en el centro tienen tintes felices. Allí hay un pequeño apartamento: habitación, cocina y baño, diseñado para poner a prueba a los que ya están en condiciones de salir. Allí deben demostrar su independencia: trabajar en el pueblo para pagarse su sostenimiento. Los primeros en pasar por allí fueron una pareja de homosexuales, que se habían rehabilitado y esperaban salir juntos, pero terminaron peleando y golpeándose. Uno de ellos fue expulsado del programa. El otro sigue allí, solo.
La espera
A Ricardo Mora le dicen Nilson. Consumió bazuco, marihuana, pegante y perico. Estuvo 15 años de campanero en El Cartucho. Allá, cuenta, vio cómo mataban y quemaban personas. También fue jíbaro y anduvo en el Bronx. “Yo ya hablaba solo. Se me estaba corriendo el caspero”, dice. Hoy, avanza en su recuperación. Lleva cuatro años en Las Gemelas y pronto podría ser un “plan cumplido”, pero tiene dudas. No quiere marcharse solo.
Él está aguardando por Esperanza Torres, pero ella no va tan bien. Tiene problemas psiquiátricos. Habla poco y clava sus ojos grandes, como de avispa, en la gente. “A veces empieza a mirar mal e intenta tirárseles a las personas”, dice Nilson. Incluso conoce sus cicatrices. Y son muchas: una le atraviesa todo el cuello. Las otras, que están cubiertas, Nilson las señala sobre la ropa. Se las sabe de memoria.
Él le coge la mano izquierda, la que tiene cerrada e inmóvil desde que una puñalada le destrozó los tendones. “Él me cuida y nunca me deja aguantar hambre. Me da lo de él”, dice ella, mientras le saca el inhalador del bolsillo a Nilson y se lo pone en la boca. Lo presiona tres veces. Sabe que debe usarlo cuando está agitado. Es probable que Nilson esté cerca a superar definitivamente su adicción. Es trabajador y podría ganarse la vida afuera, pero se niega a irse sin ella.
La finca Las Gemelas está llena de estas historias. Muestran un camino común entre los habitantes de calle que luchan contra su dependencia a las drogas. Camino que podrían recorrer algunas de las personas que habitaban el intervenido Bronx.