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La vida en 10 metros cuadrados se ha quedado chiquita para Yenny Torrealba y su hija de cuatro años. Eso dice la mujer, de 43, oriunda del estado de Lara (Venezuela), quien llegó en 2022 cargando en sus brazos a una criatura de dos meses y unos pocos enseres a un pagadiario en Las Cruces, localidad Santa Fe. En aquel momento le rentó a Mario Arango, un hombre de cara regordeta y amable, que no se separa de su perra Mia, una habitación con una cama. Ese cuartito sin ventanas ha sido desde entonces su hogar y escenario de los primeros recuerdos de la niña.
Los días para Yenny comienzan con un borrón y cuenta nueva. Como si el reloj de arena se volteara cada noche sin falta, el tiempo no va adelante sino en una cuenta regresiva, dividida en tres momentos: asegurarse de que la niña llegue al jardín; conseguir los 20.000 pesos del diario (la más difícil), y al lograrlo, puede pensar en comer y otras cosas.
En Bogotá, una capital que acoge a diario a miles de personas de distintas partes del interior y fuera del país, los pagadiarios se han convertido en una solución de vivienda temporal que, desde 7.000 a 20.000 pesos el día, puede dar opciones a cualquier tipo de persona que no tenga ingresos fijos. Como Yenny, casi la mitad de los usuarios es migrante.
“Vivir en un pagadiario no es fácil… pero tampoco difícil”
No hay un número exacto, pero en Bogotá se estima que hay más de 6.500 pagadiarios en los que viven más de 14.200 personas. Más de la mitad se encuentra en la localidad Santa Fe, en el centro de la ciudad. Algunos se reconocen a simple vista por sus ventanas atiborradas de ropa o ventanales con cobijas como cortina.
Otros, como el que administra Mario, se ocultan en fachadas antiguas propias del centro histórico, con puertas alargadas de más de dos metros. Solo en recientes operativos realizados en Santa Fe, La Candelaria y Los Mártires, el Distrito llegó a 286 pagadiarios, realizó 2.481 encuestas y caracterizó a 4.499 personas.
Mario lleva siete años administrando el pagadiario, aunque a él no les gusta el término y prefiere llamarlo “hospedaje transitorio”. Su caso es ejemplo de lo que sucede en muchos de estos lugares: dueños que delegan las administración a terceros.
Al abrir la puerta café del inmueble, se ve un pasillo oscuro que revela el tamaño real de la casona: en dos pisos tiene 37 habitaciones. Cada una con una puerta de madera verde y debidamente numerada en la parte de arriba, con números hechos a mano con marcador negro.
El administrador ha visto pasar a cientos de personas con diferentes situaciones de vida: “la mayoría buscan su sustento diario en restaurantes o en lavaderos de carros. Y así es que trabajan. Aquí uno trata de brindarles las condiciones mínimas de vivienda”.
Hay un baño por piso, que todos los residentes deben compartir; cuentan con zonas para lavarse las manos, y lavaderos para la ropa, la cual extienden por las estructuras del techo y los pasillos. Algunos cuentan con estufas eléctricas dentro de sus habitaciones y una llave para entrar y salir.
Mario se ha ganado la fama de ser un administrador buena gente, en parte por su “mano dura” al no permitir fumar, altercados familiares o de otro tipo. “Muchas son personas normales con sus hijos y a algunos les alquilo por meses, con pagos periódicos o pagos parciales. Hay cuartos pequeños y grandes. Están entre 15 y 20 mil pesos”, explica mientras acaricia a su perra Mía. Yenny, por ejemplo, paga la habitación más cara. Haciendo cuentas, está pagando 600.000 pesos mensualmente, monto suficiente para un arriendo en algún apartamento.
Cuenta que vive sola con su bebé. “Al papá de mi hija me lo mataron cuando tenía cinco meses de embarazo. Con las emociones y necesidades, un tío de mi marido me recomendó este sitio. Ya la bebé tenía dos meses y no podía pagar un arriendo mensual. Había vendido los corotos, lo poquito que me quedó y me vine un día”.
Para pagar el cuarto, hoy atiborrado con la cama, dos mesas, un televisor y una pequeña estufilla con una olla de arroz a la mitad, recurre a varias labores: “no he podido aceptar un trabajo, porque no tengo quien recoja a la niña. Entonces debo estar cerca. Hago trabajos en restaurantes, a veces le ayudo a los vecinos de las tiendas y me dan algo. Después de la habitación, si tengo 10.000 pesos para comer, es una bendición”.
En las inspecciones recientes de las autoridades, se ha identificado que los hogares más pobres destinan solo el 24,8 % de sus gastos a alimentación y un 53,2% a pagar transporte y alojamiento, lo que demuestra que las personas prefieren asegurar el techo que la comida. A esto se suma que el 85 % de los hogares soportan algún tipo de violencia intrafamiliar.
“¿Qué es lo más duro?”, dice Yenny, “que hay personas que no saben convivir. Piensan que por ser un diario, pueden descuidar el baño. Y si uno les dice que lo mantengamos limpio, porque es una casa, puede haber conflicto. Vivir en los pagadiarios no es fácil… pero tampoco difícil”.
La situación de vivir al día no deja pensar más allá de las 24 horas. A lo que implica vivir en espacios reducidos y la dificultad de conseguir lo del hospedaje y las privaciones a las que se someten quienes viven de esta forma se suman deterioros en la salud o riesgos que antes no estaban en el mapa de los pagadiarios en Bogotá. Más de la mitad de sus residentes no tiene afiliación de salud. Ocho de cada 10 hogares reportan violencia intrafamiliar y siete de cada 10 no cuentan con ingresos fijos o subsidios. Casi el 90 % no reciben ayudas, lo que hace que muchos sufran inseguridad alimentaria.
La salud, otra orden del día
El panorama de los pagadiarios ha sido parte de la agenda distrital desde hace años, cuando estos servicios se tornaron aún más populares tras la pandemia del COVID-19. Aunque también se asocian a temas de seguridad en algunas zonas de Bogotá, lo cierto es que la población que reside en estos hospedajes transitorios no estaba en la lupa de los servicios sociales de salud.
Paola Silva y Marcela Patiño son las primeras gestoras del modelo Más Bienestar, implementado desde 2025 por la Secretaría de Salud, y son quienes recorren los pagadiarios del Centro para identificar las necesidades de salud. Antes, no pasaban de las puertas de estos recintos. Desde octubre pasado, su tarea diaria es recorrer pasillos, atender novedades de salud y mantener comunicación con administradores como Mario.
Las gestoras del modelo explicaron que el programa identifica los pagadiarios en las distintas localidades y acompaña a sus habitantes en el acceso a la salud. Cuando las personas ya están afiliadas a una EPS, el equipo les ayuda a gestionar las citas pendientes. Quienes no tienen afiliación pueden recibir acompañamiento para realizar el proceso, siempre que cuenten con la documentación requerida.
“Encontramos gestantes, niños, crónicos, entre otros”, señala Marcela. En el caso de la población venezolana que no cuenta con documentación, el equipo los orienta para que adelanten ante Migración los trámites para regularizar su situación y luego acceder a la afiliación en salud.
“Lo más duro en esta población de pagadiarios es encontrar niños sin poder desayunar, almorzar, comer... Que tengan más de 24 horas sin alimentación. Abuelitos en abandono que, digamos, no tienen a quién llamar. Uno tiene que hacer todo tipo de procesos. Hay gestantes que, también, si tienen para pagar una habitación no tienen para comer”, agrega Paola. Marcela refuerza la idea: “uno ingresa y ve esos niños sin tener un alimento, descalzos, sin ropa y es difícil. Muchas veces nosotros lo que hacemos es ayudar en lo que podemos, de pronto ofreciendo un desayuno o algo. Pero es complicado”.
Mujeres embarazadas, en el radar
A tres puertas de la habitación de Yenny está la de Yocoima Belén, una joven de 27 años, oriunda del Estado de Lara. Tiene nueve meses de embarazo, calificado como de alto riesgo. Ella también ejemplifica otra realidad y es que muchas mujeres viven sus embarazos de forma aislada en habitaciones pequeñas, como lo hace ella, “por consecuencias de la vida”, dice.
Y agrega: “yo vivía en Soacha, pero todo me quedaba más retirado y me vine un poquito más al centro, por el trabajo de mi esposo. Llegamos por un amigo de mi esposo que vive aquí y que le dijo que esto era muy bueno. Nosotros pagamos mensualmente, pero aquí se paga a diario. Depende del trabajo que usted tenga y los recursos a la mano”.
Reconoce que no es fácil compartir con tantas personas: “tiene sus problemas, pero nadie se mete ni nada. Yo vivo encerrada en mi cuarto, porque no salgo y converso muy poco con mis vecinas. Depende de las personas que con las que tratas o con las que convives. Pero aquí es bien, más que todo el señor Mario pone orden”. Sobre su embarazo, Yocoima ha sido una de las mujeres atendidas por Paola y Marcela, quienes le llevan el paso a su proceso desde el comienzo. “Al ser embarazo de alto riesgo, tenemos que estar monitoreando el desarrollo, la salud, peso de la madre”.
Incluso, a pocas semanas de que la joven dé a luz, solicitó la presencia de alguna de las funcionarias que ha seguido su proceso: “muchas personas que vivimos en pagadiarios no tenemos atención. Por ello valoramos lo que hacen, son buenas personas”. La joven reconoce que ha estado buscando opciones para que su bebé no crezca en un pagadiario. “Antes de tener al bebé queríamos estar ubicados. Sin embargo, hasta anteayer busqué, pero no encontramos ningún apartamento que quedé más cerca al trabajo de mi marido”.
Algo parecido busca Yenny: “A mí el espacio ya se me quedó corto. La bebé no tiene dónde jugar y yo no la dejo salir al pasillo, para evitar problemas con otras mamás. Por ahora, solo queda asegurarle a la gorda todo lo demás”. A la fecha, las brigadas de Salud han atendido a 9.916 personas de 8.249 familias residentes en pagadiarios u hospedajes transitorios, fortaleciendo la identificación de necesidades y riesgos de una población que ha encontrado en estos sitios una opción de tener un techo cuando el dinero solo alcanza para lo de un día.
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