Cuando la ciudad está a punto de apagarse y miles regresan a casa, los martes en la noche, en el barrio Policarpa Salavarrieta, localidad Antonio Nariño, se encienden las luces de la Arena, en la Casa Cultural Luis Morales, para darles paso a las máscaras, el performance y el ímpetu de tres mujeres que vieron en la lucha libre una forma de canalizar sus realidades. Allí el escenario es un ring de 5x5, el cual, aunque parece modesto, se siente sagrado.
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¿Y cómo no? Por allí pasaron grandes figuras de un deporte glorioso, donde hubo sudor, gritos y coreografías, entre cánticos de victoria del público. Y decimos hubo, porque este deporte, que acaparaba portadas y llenaba plazas, con luchadores que parecían sacados de películas de héroes, fue perdiendo seguidores ante el fútbol y el boxeo. Aun así, y con el fervor de quien se resiste a hablar de una época dorada, hay hijos de leyendas que mantienen vivo el oficio.
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Es el caso de Fabián Anzola, conocido como Terry Golden, que lleva 10 años en las arenas y quien dos veces a la semana entrena a las nuevas generaciones para que reescriban el futuro. En el grupo hay mujeres, a quienes les permitió entrenar gratis, reconociendo que a “puños” y “patadas” se ganaron un espacio en este deporte tan masculinizado y “una forma de escapar a su rutina diaria”, dice.
Liz, Sandra y Lunaria
Terry, con su máscara puesta, nos recibe en la Arena. Allí, sin que nadie conozca su rostro, nos presenta a sus pupilos: ocho hombres y cuatro mujeres, entre ellas Sandra la Teacher y Lunaria, quienes también llevan máscaras. Solo Lizeth tiene el rostro descubierto, pues su segunda piel son un par de baletas de ballet para entrenar. Esta no era una noche cualquiera: había entrenamiento, precedido de un calentamiento exigente.
Una voz masculina lidera los ejercicios y acapara la concentración. Sin embargo, aparece otra emoción: la frustración, producto del dolor. Liz tuvo una mala caída, y aunque el golpe parece serio, se reincorpora y sigue. Su persistencia parece impulsada por el espíritu de las mujeres que hace 60 años fundaron el barrio Policarpa, donde se asentaron con sus hijos, luego de ser desplazadas por la violencia o rechazadas de inquilinatos donde no aceptaban niños.
La historia cuenta cómo armaron ranchos contra el muro del Hospital de la Hortúa y, por cuidar su hogar, resistieron a los múltiples intentos de desalojo de las autoridades. Su valentía, así como la que invade a las mujeres que se suben a un ring, les sirvió para darle vida a este emblemático barrio.
Y es tal vez esa misma rabia digna y espíritu de defensa lo que hoy empuja a estas mujeres a encontrar en la lucha libre un empoderamiento, que permea sus vidas ordinarias. Detrás de la máscara roja con estrellas está la Teacher, de 43 años. Ella es esposa, mamá, abuela y fue profesora de preescolar. De ahí el nombre de su personaje. “Piso el ring y soy luchadora. Me olvido de los problemas y tristezas”.
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A su lado está también Lunaria, una publicista de 32 años, quien recuerda que junto a su familia veían la lucha libre mexicana. Cuando viajó a ese país a ver una pelea en vivo se encontró que las mujeres también luchaban, lo que la empujó a inscribirse y encontrar en estos últimos meses una fuerza desconocida. “Me considero débil, cualquier cosa me derrumba, pero la lucha me ha servido para quitarme muchos miedos”.
Por último, una de las más jóvenes es Liz, de 25 años. Para ella no existe diferencia de género en este deporte. Entrena y sufre igual que sus compañeros. Eso, señala, le ha permitido encontrar la fuerza para superar momentos dolorosos. “Encontré mi voz y ellos son mi familia. Tengo un deseo inmenso de demostrar de lo que soy capaz”.
La verdadera victoria
Tras una hora de calentamiento se suben al ring. Primero unos movimientos antes del performance. Liz toma aire. Su respiración es agitada. Uno, dos, tres golpes secos contra la tarima. “La caída debe sonar”, les recuerda Terry. El temor, de golpearse en la cabeza o la cadera, es evidente. “No, no puedo”, afirma ella. “Aquí esa palabra está prohibida”, le responde él. Su cuerpo vuelve a incorporarse en modo lucha. Aquí todo se intenta, se corrige y se logra.
La energía ya está al máximo. Empieza el show. La mirada de Liz es más fija, casi retadora. Solo en el ring entran ella y su compañero. Sus pies, cubiertos por baletas —como un surrealismo entre lo delicado y agresivo—, empiezan a moverse con la agilidad de un felino. Una, dos patadas contra su contrincante. Liz se vuelve furiosa. Grita. Se va a una de las esquinas, toma impulso y, con un movimiento rápido y coordinado, logra derribarlo. Pero no será suficiente. Él se levanta, la toma del cuello y la bota. Aquí nada está dicho. Un silencio de algunos segundos permea en el ambiente.
Evidentemente cansada y adolorida, sonríe. Parece que ahí no acaba la lucha. Se limpia el sudor de la frente y logra levantarse. Esta vez el movimiento será diferente, “fatal”. Desde la esquina del ring, vuelve a tomar impulso y cae sobre él en la espalda. Otro golpe seco. Otra victoria. El dolor se convierte en euforia. Ya no hay más dudas. A pesar de la teatralidad, dice Liz, aquí el daño es real, “pero no lo suficiente como para no cuidar del compañero”.
Ya son las 9:00 de la noche; el entrenamiento del martes acabó. Las tres luchadoras bajan del cuadrilátero con los músculos fatigados y algunos moretones, que mañana lucirán como medallas de guerra. Se sientan y toman un sorbo de agua, pero no se quitan la máscara. Ríen y repasan cada uno de los movimientos y de los avances.
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Ese día la lucha libre se sentía más viva que nunca. Liz, Lunaria y la Teacher comparten el sueño de seguir preparándose para, al menos una vez, presentarse ante un público poco acostumbrado a ver mujeres en el cuadrilátero, donde ellas no solo encontraron un espacio para canalizar sus propias realidades, sino también la forma perfecta —y casi inconsciente— de rendirles honor a las mujeres que, a punta de coraje, levantaron el barrio Policarpa.
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