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Las más bravas de la Policía

Hace un mes comenzaron a trabajar en la capital las 50 patrulleras que conforman el grupo, que se especializará en disturbios que involucren mujeres, niños y ancianos.

Laura Ardila Arrieta

26 de marzo de 2011 - 05:00 p. m.
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El uniforme de 22 kilos, el escudo que suma siete más, el bastón llamado tonfa listo, el casco, la actitud (“no trabajamos para que nos quieran, sino para cumplir un deber”, advierte la capitana del grupo) y, pegado a la cintura, el bolso estilo canguro con el espejo, el brillo de labios y la crema de manos.

De cabello indefectiblemente recogido, pendientes discretos y poco maquillaje, son las mujeres más bravas de la Policía Nacional. Cincuenta patrulleras que conforman la primera sección femenina del Escuadrón Móvil Antidisturbios (Esmad) de la capital, pioneras en el país y en Suramérica, la compañía especializada en el manejo y control de multitudes cuya labor se resume en recibir piedras y palos (a veces papas explosivas, ácido o gasolina) todos los días del año.

Como grupo vieron la luz hace un mes, luego de ser aprobadas en un entrenamiento de seis semanas en la Escuela de Policía Provincia de Sumapaz, en donde cursaron junto con 200 hombres del Esmad 16 asignaturas en Derechos Humanos, Derecho Internacional Humanitario, defensa personal, uso de gases lacrimógenos, formaciones, uso de la fuerza, capturas, evacuación de heridos, entre otras. Al final de las clases, los cuatro primeros puestos se los llevaron ellas.

Entonces, como ahora la consigna es una sola: que los entrenamientos sean más implacables y crueles que el peor de los disturbios, que las revueltas sean el descanso para estas “robocops” (mote que han recibido los miembros del Esmad por su armadura negra), que están entre los 19 y 24 años y se especializarán, principalmente, en eventos que involucren mujeres, niños y ancianos.

Hoy no ha sido la excepción. Las 50 patrulleras, las cuatro suboficiales y la oficial —la comandante del grupo, capitana Diana Patricia Neira Pinzón— que conforman la sección no han tenido descanso. Han practicado las 12 formaciones, han recibido golpes y patadas de los compañeros que hacen las veces de manifestantes en la instrucción, se han enfrentado al gas. También han sonreído, de vez en cuando, debajo de los inescrutables cascos que llevan sus nombres, no sus apellidos: Gloribeth, Andrea, Leidy, Angie, Íngrid...

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En estas cuatro semanas de labores apenas si han podido probar el sabor de una piedra prestando servicios los domingos en el estadio, en algunas universidades y bloqueos de Transmilenio y en el concierto (hace ocho días) de la banda de rock Iron Maiden.

Ese día les llovieron rocas y botellas como por 15 minutos de protesta de un grupo de fanáticos que no logró ingresar al parque Simón Bolívar. Cuenta la capitana Neira que, “como siempre hace el Esmad”, cumplieron con la escala de utilización de la fuerza: formaron, aporrearon insistentemente, con fuerza y al tiempo, sus tonfas contra los escudos, lanzaron granadas de aturdimiento, lanzaron granadas de humo, lanzaron granadas de gas. Cuando los organizadores del evento autorizaron la entrada de los asistentes, ellas y ellos bajaron la guardia. La sección entera se quitó el casco, se dejó ver el maquillaje y los manifestantes, jóvenes en su mayoría, sólo atinaron a gritar:

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— ¡Ah, eran mujeres!

— ¡Qué berracas!

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— ¡Ustedes son más metaleras que nosotros!

Dicen no desconocer nombres como los de Nicolás Neira, Jhonny Silva y Óscar Salas, jóvenes fallecidos en distintos disturbios, cuyas muertes han sido atribuidas a acciones del Esmad. “Es normal que nos rechacen porque este es un grupo de choque. Lo que pasa es que lo que se enfrenta es el derecho de la gente a protestar contra nuestras obligaciones”, responde la comandante del grupo.

Ya tendrán tiempo de ser repudiadas por unos y admiradas por otros. Por ahora, siguen entrenando y aprendiendo a convivir en las instalaciones que tiene la Policía Metropolitana en la carrera 3ª con calle 21 de la ciudad, donde residen todas las solteras. Por cada 25 días de labores, tienen cinco de descanso. Entonces, se quitan la armadura, se suben a los tacones y continúan sonriendo.

Por Laura Ardila Arrieta

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