El 18 de marzo de 1797, con una selecta comitiva que había realizado un extenuante viaje de un mes por el río Magdalena, llegó a las localidades de Fontibón y Puente Aranda, puertas de entrada al virreinato de la Nueva Granada, el penúltimo de los virreyes de la corona española: Pedro Mendinueta y Múzquiz. Casado con doña Manuela Cárdenas Beltrán de Santacruz, hija de un próspero hacendado de La Habana, el nuevo virrey prontamente socializó con la élite peninsular y criolla de la antigua Santafé de Bogotá.
Este momento crucial de la historia bogotana, antesala de los tiempos del virrey Amar y Borbón, y de los acontecimientos que antecedieron al grito de Independencia del 20 de julio de 1810, acaba de quedar documentado en un inusual texto, apropiado para estos días de celebraciones bicentenarias. Gente Decente. La élite rectora de la capital. 1979-1803. Un ameno relato de la historiadora española Juana María Marín Leoz, quien decidió revisar cómo estaba constituida “la rosca criolla” en el preciso instante en que la revolución dio al trasto con la Colonia.
Y no contenta con desentrañar cómo se fueron formando las élites bogotanas, marcadas por las exigencias del honor, la virtud y el buen nombre, esta licenciada de la Universidad de Navarra decidió aportar 32 tablas que describen, nombre por nombre, quiénes eran los magistrados, oidores, alcaldes, fiscales, regidores, síndicos, escribanos, canónigos o maestres de esta última etapa del dominio español en una ciudad como Santafé de Bogotá, en la que la desproporción entre peninsulares y criollos tuvo porcentajes cercanos al 60% en favor de los primeros.
No obstante, el trabajo, suficientemente documentado en el Archivo General de Indias de Sevilla (España) y el Archivo General de la Nación en Colombia, demuestra de qué manera las élites criollas se fueron haciendo al poder. Primero, como burócratas, de alguna manera herederos de sus padres españoles, y poco a poco apropiándose del comercio, las haciendas y el poder político. Obviamente, este ascenso social no podía desarrollarse sin los matrimonios convenidos entre la élite misma, que poco a poco fueron creando un cabildo de cuñados y ciertas dinastías oficiales y fundamentales, cuyos apellidos se proyectan hasta los tiempos actuales.
“En buena medida, mucha de esa ‘gente decente’ la fueron constituyendo los criollos que recibieron educación en los colegios del Rosario y de San Bartolomé, que les permitió el ejercicio de la abogacía, de paso a convertirse en acaudalados burócratas, profesores universitarios, eclesiásticos o miembros del cabildo”. En medio de las sociedades secretas, que empezaban a proliferar con aires independistas, siempre fue muy importante “no tener manchas de sangre”, es decir, no haberse involucrado en situaciones violentas. Era una élite de militares ilustrados o vasallos bien educados.
La gente decente se preocupaba, en buena medida, de preservar el linaje que los conectaba con los primeros pobladores europeos de las colonias españolas. Por esto, prácticas como los matrimonios entre tíos y sobrinas, sin dejar de lado la usual unión entre primos, eran los mecanismos de preferencia para perpetuar el nombre, la riqueza y el poder. La autora revela, en cambio, que, de los 23 ministros que ejercieron poder en la Audiencia de Santafé entre 1778 y 1810, apenas cinco contrajeron matrimonio en América. Seis lo hicieron en sus respectivos lugares de origen y los demás llegaron casados de España.
Los apellidos no distan mucho de los actuales. Los Ugarte, de origen vasco, controlaban el comercio. Los Caicedo, Flórez y Rivas también formaban parte de la élite rectora de la capital. En el palacio virreinal ya aparecían los Leyva, los Rodríguez, los García, los Tejada y uno que otro Sarmiento, Santacruz, Prieto, Santamaría y Otero. Los hermanos Pey Andrade y Groot Alea también figuraron entre los beneméritos de la última etapa del período colonial. Cuando ya se acercaba la época de la Independencia, los Lozano, Jiménez, Domínguez y algún Ricaurte, Sánchez y Villamizar terminaron completando el cuadro.
En síntesis, asomarse a la investigación sobre la “gente decente” que hizo el tránsito entre la Colonia y la Independencia en la capital de la República, es entender cómo se cocinaron los nepotismos, de qué manera se fueron edificando los monopolios y por qué buena parte de los revolucionarios de 1810, en vez de una postura independista absoluta, prefirieron la consigna moderada de “viva el Rey, abajo el mal gobierno”. Una circunstancia que llevó a Juana María Marín a concluir que no está clara si la de 1810 fue realmente una revolución o un reencauche entre las élites del poder.
La época de la transición
En 1789 llegó a Santafé de Bogotá, procedente de Cuba, el virrey José de Ezpeleta. Durante su gestión, que se prolongó hasta 1796, sobrevino la publicación de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, a cargo de Antonio Nariño, que de cierta manera precipitó las ideas de la Independencia.
Lo sucedió Pedro Mendinueta y Múzquiz, quien también venía de Cuba y le tocó un momento menos difícil internamente, pero ya de ocaso para la Colonia. Después vino Amar y Borbón, y concluyó el dominio español en la Nueva Granada, hoy Colombia.