Frente a uno de los micrófonos de la cabina de paredes azules de Radio Inquebrantable, la emisora de la Cárcel Distrital, Julián David Rivera, de 27 años, humedece sus labios lentamente con la lengua, como si afinara un instrumento. Cierra los ojos un instante, susurra unas palabras y vuelve a abrirlos antes de emitir sus primeros versos: “Miro, camino, respiro, suspiro, mantengo mi cuerpo vital, haciendo hip-hop desde la Distrital. Ya, ya. Los hijos de la fría”.
Gánale la carrera a la desinformación NO TE QUEDES CON LAS GANAS DE LEER ESTE ARTÍCULO
¿Ya tienes una cuenta? Inicia sesión para continuar
Le puede interesar: De la calle al ring: ‘Máquina’ Hernández, el boxeador que venció a las calles bogotanas
A un costado, los dedos inquietos de otro recluso, Jesther Rafael Reina Robayo, de 32, oprimen teclas y deslizan un “crossfader” haciendo que la pista, un “beat” para rapear, suba de intensidad. Rivera se convierte por unos minutos en Lian Tributo y Reina Robayo en Dj Jesther:
“Quiero salir de aquí, de este encierro, esta pesadilla donde nadie quiere a nadie y unos a otros se humillan, donde hay riñas y cuchillos, otros que pican a pillos y terminan arrumados y en la orilla. El tiempo se me pasa lento, la desesperación me atrapa. La calle me está llamando, me están esperando en casa”.
***
En el corazón de Bogotá opera la Cárcel Distrital, un establecimiento designado principalmente para personas “sindicadas”. Es decir, vinculadas a un proceso penal, como autores o cómplices de hechos delictivos, pero sin condena en firme.
El día comienza a las 5:00 a.m. En sus celdas duermen hasta seis reclusos y todos deben despertar a la misma hora. Con el eco de la campana, uno a uno se levantan para cumplir una rutina, calcada del día anterior. Este establecimiento tiene cupo para 1.028 internos, distribuidos en seis pabellones, uno de ellos para mujeres. Algo por resaltar: es la única cárcel de la capital sin hacinamiento.
Entre su población muchos dicen ser inocentes y esperan que la justicia les resuelva su situación para volver a casa. Otros, en cambio, saben que serán condenados y luego traslados a otras cárceles más complejas como La Picota, La Modelo o el Buen Pastor, en el caso de las mujeres.
En los patios, la situación de cada recluso se identifica por el color de su uniforme. La mayoría, como sindicados, llevan chaleco naranja. Los sentenciados portan un uniforme beige con mangas negras, el cual indica que pronto cambiarán de lugar de reclusión.
Pensando en los colores, desde que Julián David conoció el Hip Hop a los 13 años, en el barrio Tunjuelito, y surgió el deseo de ser rapero algún día, nunca proyectó que a los 27 años grabaría su más reciente canción vestido de naranja.
***
“No sabemos cuándo caemos, caídas que rompen huesos, pero de ellas aprendemos y tenemos tiempo para sanar. No es la herida de la piel, sino del modo de pensar”. Termina de improvisar Lian y vuelve a ser Julián David, el recluso que en la cabina cuenta su historia.
Lian Tributo, nombre artístico de Rivera, lleva 14 meses en la cárcel distrital. Creció entre los juegos de infancia y las reuniones familiares en el barrio San Francisco, en Ciudad Bolívar, donde compartía una casa de cuatro pisos con sus abuelos, tíos y cinco hermanos.
Más adelante, ya en Tunjuelito y con 13 años, encontró en el Hip Hop una salida, una identidad. Aunque no terminó el colegio, nunca pensó que terminaría en prisión, en especial, porque la música lo había ayudado a alejarse “de la locura” en la que estaba y de las opciones delictivas que se abrían para un joven como él. Curiosamente, dice, fue en la cárcel donde retomó sus estudios y hoy está terminando noveno y décimo grado.
Ninguno de los “privados”, como se conoce a los internados en la institución, puede referirse a los hechos detrás de sus capturas. Sus procesos están abiertos y la presunción de inocencia permanece, aunque estén privados de la libertad. Rivera dice que está en la cárcel por cosas de la vida, pero “en cualquier momento sé que nos vamos para la calle y todo esto nos va a servir para a valorar lo que de uno no valoraba afuera”.
Junto a él está Jesther Reina Robayo, quien también encontró en la música la forma de narrar su vida. En su caso, nació y creció en Bosa La Amistad, en el sur de Bogotá, dentro de una familia humilde, con la que compartió gran parte de su infancia. Antes de llegar a prisión cursó cuatro semestres de Contaduría Pública, pero abandonó su carrera para dedicarse por completo a su verdadera pasión.
Desde hace 12 años trabaja como DJ y asegura haber pasado de tocar para cuatro personas a manejar escenarios de hasta 1.000 asistentes, siempre con música electrónica, la cual descubrió desde joven y aprendió a interpretar de manera empírica. En el caso de Jesther, por ejemplo, dice que terminó involucrado en un proceso judicial que aceptó enfrentar desde la cárcel, luego de recibir amenazas y temer por su vida.
Hoy lleva 18 meses privado de la libertad, 14 de ellos en la Cárcel Distrital. Reconoce que el encierro ha sido “duro y hostil”. “Uno llega sin ánimos, pensando que todo se acabó”, dice, pero encontró en los talleres de la cárcel una forma de escapar mentalmente del encierro.
***
La imagen de hacinamiento y abandono que suele rodear a las cárceles del país no está presente en la Distrital. A diferencia de los otros penales, esta la administra directamente la Secretaría de Seguridad y no el Inpec. Esto, tal vez, le ha permitido operar sin sobreocupación, al punto de convertirse en referente para delegaciones de países como Ecuador, Panamá, Argentina y España, que la han visitado para aprender de sus estándares de seguridad y funcionamiento.
Cada fin de semana recibe a más de 500 visitantes que pasan por modernos controles de seguridad, que incluyen una máquina de rayos X y un escáner corporal “bodyscan”. A 30 funcionarios del cuerpo de custodia los capacitaron para operar estos dispositivos, que buscan reforzar las requisas y evitar el ingreso de elementos prohibidos.
Pero detrás de los controles y las cámaras de vigilancia, entre las paredes de ladrillo y las rejas color mayonesa de las celdas, también se intenta construir una narrativa de resocialización distinta a la que puede darse en otros establecimientos. Aquí los reclusos cuentan con atención psicológica, médica, odontológica. Desde el momento del ingreso, cada interno recibe uniformes, kit de aseo, cobijas, una colchoneta y un pin para comunicarse con su familia, además de valoraciones médicas y psiquiátricas. Estos elementos se convierten en sus más preciados bienes.
Algunos dicen que la Distrital es una cárcel “suave”. En términos de que no hay hacinamiento, no hay carencias para los privados (pues tienen cinco meriendas en todo el día), y existen programas de resocialización que son ejemplo en Latinoamérica. De todas formas, no deja de ser un sitio gris, un lugar de redención, pero también de sanción para personas investigadas por algún delito.
***
“Este es el cuarto de espera donde nadie quiere a nadie, los leones me rodean. Dios bendiga a mi familia y los reales en la acera. Ya me puse los guantes, voy directo a la pelea”.
Rivera recuerda esos primeros momentos en la cárcel. Recibir la ficha de la llamada y demás elementos que hoy todavía visten sus días. Jesther dice que, tras un primer contacto, muchos de sus familiares le dieron la espalda. En medio del encierro, ambos coinciden en que la cárcel también ha funcionado como un “filtro” en la vida de cada uno.
“La cárcel realmente nos aleja de esas amistades falsas”, dice, mientras habla del miedo a cargar para siempre con el estigma de haber estado preso y las dificultades que eso podría traerle para conseguir trabajo cuando salga. Lian Tributo, por su parte, asegura haber encontrado refugio en el apoyo de su círculo más cercano. Aunque reconoce la dureza emocional del encierro que “cansa todos los días”, dice que su familia se ha mantenido firme acompañándolo durante el proceso. Para ambos, la música es una manera de resistir la soledad.
***
La rutina, quizá lo más difícil, la desafían varias horas a la semana, cuando los privados pueden asistir a alguno de los 21 talleres, entre los cuales hay carpintería, lavandería, cocina, escritura, música y la emisora Radio Inquebrantable, como le pusieron los mismos reclusos cuando la crearon hace cinco años. Suena únicamente en los pabellones de la cárcel. También funciona una biblioteca integrada a la Red Distrital de Bibliotecas Públicas, con más de 4.500 libros disponibles.
Entre los talleres se encuentra el que por dos años ha dictado la fundación Mambart. Sebastián Ramírez, arquitecto de profesión, es el director. Su taller dura cuatro meses e incluye formación musical, armonía, montaje y nociones de industria musical. Todo el programa es patrocinado y tiene respaldo de la Cámara de Comercio, en una apuesta por la resocialización de los privados de la libertad.
“Al final realizamos un ‘showcase’ con los participantes y seleccionan a dos ganadores, que reciben como premio la producción de una canción y un video musical”. En el caso de la Distrital, Julián y Jesther fueron los ganadores del concurso y el video se grabó allí mismo.
La fundación, agrega el director, trabaja con población vulnerable tanto dentro como fuera de prisión y busca ofrecer herramientas para que encuentren nuevas oportunidades a través del arte. No se trata solo de formar cantantes, sino mostrarles a los internos que la música puede ser una forma legítima de generar ingresos, incluso desde la producción y labores cercanas al mundo de la música. “La idea es ayudar a reconstruir proyectos de vida. No todos tuvieron las mismas oportunidades”, agrega Ramírez. Por eso insiste en que estos espacios sirven para que los participantes “no reincidan” y entiendan que todavía pueden aportar a la sociedad.
Como resultado de esta experiencia del taller, por ejemplo, Julián puede llegar a decir que vivió una buena anécdota en la cárcel, “de las mejores”. “Me fui de gira por los seis pabellones”.
La fundación ya trabaja en un álbum que reunirá canciones de artistas de distintas cárceles del país y ha encontrado casos que considera exitosos, como el de un exprivado de la libertad que terminó trabajando con ellos después de salir. Dos temas, uno de Jesther y otro de Lian Tributo, estarán en dicho álbum. Para Ramírez, lo más valioso del proceso es escuchar a los internos decir que, aunque sea por unas horas, los talleres les permiten “salir de las cuatro paredes”.
***
“Derrumbando mentiras como derrumban promesas, no pensamos en cazar mucho menos en ser las presas, pero sí muy preparados porque llegarán sorpresas. Sean buenas, sean malas, pasos con delicadeza. Esa es una razón valiosa para afrontar la vida sabiendo que es peligrosa como lo hermoso de la rosa que en su cuerpo espinas posa”.
Tras una bebida caliente a la que tienen derecho a diario, a las 5:00 de la tarde todos los reclusos deben volver a sus celdas. Cada uno se sienta o recuesta en su cama. Lian Tributo tuvo que dejar el lápiz y la hoja en el salón. Ninguno puede entrar elementos externos. Por eso es que el joven rapero escribe canciones en su cabeza y el joven Dj inventa beats hasta quedarse dormidos.
“La energía es una sola y me acompaña donde vaya. Soy el personaje que le ha tocado dura batalla, que sin groserías calla, que se ha parado en la raya, que comete errores porque es hombre y también falla. En nadie confío, sonrío mientras vivo y todo recuerdo malo se esfumó en el olvido”.
Para conocer más noticias de la capital y Cundinamarca, visite la sección Bogotá de El Espectador.