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Los ‘mechudos’ de la Alcaldía

El equipo de autorregulación y corresponsabilidad se encarga de controlar las marchas que se presentan en la capital. Para los integrantes las manifestaciones son un termómetro del estado de la sociedad.

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María Camila Peña
18 de octubre de 2008 - 01:55 a. m.
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Camuflados entre los protestantes de la Universidad Piloto, que el pasado jueves les pedían a las directivas del plantel participación democrática en las decisiones de la institución y que habían sido convocados por Pablo Rodríguez, ex vicedecano de la Facultad de Arquitectura, Vladimir Rodríguez, Álvaro Vargas y Zully Cardoso mantenían el control de la manifestación.

Estos jóvenes especialistas en la resolución de conflictos vigilaban que los protestantes cumplieran con no alterar las demás actividades de la zona y a la vez trabajaban para que no fueran agredidos por las autoridades.

Como en otras ocasiones habían llegado una hora antes de la anunciada manifestación. Esperaban al líder de la protesta para presentarse y explicarle que los iban a acompañar, que a pesar de que eran de la Alcaldía no intentarían reprimirlos, sino que al contrario, los protegerían siempre y cuando ellos actuaran de manera pacífica.

Hablaron con los comandantes de la Policía que estaban a cargo de mantener el orden, les contaron de qué se trataba la marcha y en tono suave uno de ellos les dijo: “Tranquilos agentes, que parece que acá no habrá fiesta”.

Los radioteléfonos no dejaban de sonar. Había amenazas de que la Federación Colombiana de Educadores (Fecode) estaba planeando una manifestación debido a la sanción de tres meses que la Procuraduría le había impuesto al secretario de Educación, Abel Rodríguez, por irregularidades en una licitación para adquirir unos equipos de sistemas.

 Rodríguez y Vargas, los coordinadores más antiguos del grupo de autorregulación y corresponsabilidad de la Secretaría de Gobierno, eran identificados por algunos estudiantes que habían estado con ellos en otras marchas. Su cabello negro y largo, y la mochila siempre trenzada en la espalda los hacían inolvidables para los muchachos.

Estas características habían hecho que en el Palacio Liévano los conocieran como “los peludos” o “los mechudos”. Hoy, varios funcionarios aceptan que la primera vez que los vieron trabajando con el subsecretario de seguridad, Andrés Restrepo, no dejaban de preguntarse quiénes eran aquellos que se habían convertido en los informantes de las manifestaciones de Bogotá.

El grupo de crisis

Después de la protesta del 1° de mayo de 2005, cuando Nicolás Neira, un joven de 15 años que pasaba por la carrera séptima entre calles 19 y 18 fue agredido por agentes del Escuadrón Móvil Antidisturbios de la Policía (Esmad) y después resultó muerto, la administración del entonces alcalde Luis Eduardo Garzón comenzó a reflexionar sobre la capacidad del Distrito para garantizarles el derecho de protesta a los bogotanos.

A los pocos meses, Restrepo convocó a un grupo de seis jóvenes con los que compartía diferentes visiones sobre cómo manejar las manifestaciones para que no terminaran en disturbios, y sobre la forma de conocer con antelación las protestas que se iban a presentar en la capital. “Los mechudos” tenían como tarea diaria llamar a los manifestantes y mantener a la administración informada sobre los posibles movimientos.


Durante los primeros meses de 2006 el equipo, que en ese entonces era conocido como el grupo de crisis, comenzó a ganarse la confianza de los líderes sindicales, estudiantiles, organizaciones sociales, vendedores ambulantes, poblaciones vulnerables (desplazados, reinsertados, gays, etc.) y de los líderes de las culturas urbanas. En 2007 el Distrito conformó oficialmente el grupo y desde entonces los seis comenzaron mediar entre la administración, la comunidad organizada y la Policía.

Con el trabajo diario se comenzaron a dar cuenta de que las movilizaciones son un acto predeterminado, organizado y no un simple capricho. Entendieron que la protesta es un termómetro para medir las carencias, las fallas y las debilidades de los espacios sociales y que son necesarias para que una sociedad avance.

Según Vladimir Rodríguez, desde la alcaldía de Luis Eduardo Garzón el Distrito ha venido trabajando por la reivindicación del derecho a la protesta sin violencia. “No se trata de la anulación del conflicto, sino de mirar las posibilidades que se pueden generan a partir del mismo”.

Ese mismo año el grupo realizó un protocolo de intervención para manifestaciones. Se planteó que los manifestantes debían anunciar sus marchas mínimo con 48 horas de antelación, mediante una notificación dirigida a la Secretaría de Gobierno. En el trabajo sobre el terreno se puso como regla que los manifestantes tendrían la oportunidad de ser llamados al orden tres veces antes de que los integrantes del Esmad ingresaran a controlar la situación.

“Al principio el trabajo era difícil, tanto con los protestantes como con los policías, pero ahora la gente se ha dado cuenta de que es mejor que estemos a que no. Nos están avisando con anterioridad sobre la realización de marchas y solamente el 10% de las manifestaciones que se realizan en la ciudad no son anunciadas. Hasta tenemos peticiones de movilizaciones que se van a realizar el próximo año”, dice Álvaro Vargas.

 Entre las situaciones más complicadas que el grupo ha tenido que manejar últimamente está la protesta del año pasado, debido a la visita del presidente George Bush a Colombia, la del 1° de mayo (Día del Trabajo) y la protesta de los desplazados en el parque de la 93 hace unas semanas.

 Este año el grupo de crisis renombrado como grupo de autorregulación y corresponsabilidad pasó de seis integrantes a cerca de 50. “Lo que la gente no sabe es que en Bogotá se presentan en promedio dos manifestaciones diarias y hay días en que tenemos que atender hasta seis”, explica Vargas.

Según informes de la Secretaría de Gobierno, el año pasado se presentaron en total 560 manifestaciones y, en lo corrido de éste, 352, entre concentraciones, plantones, performances, marchas, etc.

 Para Zully Cardoso, lo más frustrante de su trabajo es cuando después de intentar solucionar las diferencias mediante el diálogo comienzan a aparecer los heridos, las explosiones y los muertos. “De las poblaciones más difíciles de manejar son los vendedores ambulantes”, dice.

Ese jueves la manifestación de los estudiantes de la Piloto fue un plantón que no ocasionó mayores disturbios. Como lo había presentido antes uno de los del grupo: “No hubo fiesta”. Los estudiantes gritaron sus consignas frente a las instalaciones de la universidad y después de unas horas retornaron a las clases. En los próximos días el grupo completo se prepara para asistir a Rock al Parque. Entre tanto, “los mechudos” están siempre con sus radioteléfonos prendidos, atentos, para camuflarse entre las protestas.

Por María Camila Peña

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