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Para tener en sus manos una dosis de marihuana Reinaldo Niño fijaba caminos alternos al salir de su casa. Partía en la tarde, pasaba por el barrio El Quiroga, compraba drogas y se detenía en alguna esquina abandonada en Kennedy para consumirla sin ninguna presión. En 1972, en uno de estos viajes, vio que había un programa gratuito de costura y tejido en la localidad. Se trataba del Programa Popular Urbano, que en ese entonces administraba el Sena. Inscrito en este curso, podía pasar más tiempo fuera y no despertar ninguna sospecha en casa.
Han pasado 41 años. Reinaldo Niño amanece en el barrio Lucero Alto, Ciudad Bolívar. En julio de este año su empresa de costura cumplió 10 años. Con tres telares manuales se refugió de la calle (y ganó algunos premios: como Destapa Futuro, Emprender Paz (2012) y Entrégate a Colombia en 2009). En su microempresa, Manos Doradas, trabajan entre dos y ocho personas, dependiendo de la temporada: “Todavía salgo a la calle. Pero no consumo, me encuentro con habitantes de la calle y les doy un refrigerio y les digo que si quieren capacitarse en artesanías.” Algunos se quedan en Manos Doradas, otros regresan a la calle.
Cuando tenía nueve años se fumó el primer cigarrillo de marihuana: “fui habitante de la calle por 36 años, probé todo tipo de psicoactivos, estuve en el cartucho tres años. En ese lugar vi sacar cuerpos sin vida cargados por agentes del CTI. En algunos casos, eran cargados por sus propios familiares… vi asesinar jóvenes, niños y adultos, por simples problemas de un cigarrillo o, a veces, por una mala mirada”. La impresión no era solo ajena: “era una vida desagradable. Llevaba el flagelo de la vida que lleva el consumo de psicoactivos. Los habitantes de calle son muy despreciados, no son vistos como seres humanos”.
Reinaldo Niño no recuerda muy bien el día exacto en que encontró un saco tirado en la avenida Jiménez con carrera Séptima. Fue en 2001, es lo único que sabe: “al principio no sabía muy bien qué hacer con él. En la caseta del Sena me habían enseñado a hacer textiles artesanales, tinturado, estampado. Hice dos bufandas, las vendí y luego hice cuatro”. Según sus cuentas, hoy vende 8000 ponchos artesanales al año.
Antes pasaron algunas cosas más: “un amigo me prestó un telar manual. Con eso hice bufandas, cubrelechos, cobijas. Iba caminando con eso en los hombros buscando quién me los comprara. Muchas veces no me dio resultado”, dice. El 7 de julio de 2003 constituyó la empresa Manos Doradas, en la cual él era el único trabajador. Antes trabajaba con chatarra.
“Fueron 36 años de una vida deprimente. Afortunado o desafortunado, mi madre falleció y yo fui la oveja negra de la familia. En un partido de fútbol en El Quiroga un compañero me dijo que para que no me cansara probara un cigarrillo. Ahí me quedé”. En 2001, cuando de repente se hastío del bazuco y botó 14 papeletas al aire, ninguno de sus siete hijos le creyó que dejaría de consumir. “Metía marihuana, bazuco, pepas, Valium, LSD. Yo los entendía”.
Y llegaron las secuelas de la abstención: “sentía escalofrío, fiebre, delirio de persecución”. Hace seis años compró la casa de dos pisos en Lucero: “la vida útil de una hamaca son 30 años, la de una cobija un año. Por eso me dediqué a mejorar los ponchos.” No ha dejado de trabajar con telares manuales y máquinas de coser. Dice que el expresidente de Estados Unidos Richard Nixon se puso uno de sus ponchos. Dentro de su lista de clientes está la Licorera de Cundinamarca, el Ejército, Casa Toro Automotriz: “La puerta está abierta para los habitantes de la calle que quieran trabajar con Manos Doradas”.