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Quien viva en Colina Campestre o, por lo menos, sea un visitante habitual sabe que en el barrio existe un servicio de taxis colectivos que transportan a los habitantes dentro del sector. Casi tan característico como el McDonald’s de la 138 con Las Villas, este servicio colectivo se ha convertido en un referente de Colina.
Iguales a cualquier “amarillito”, estos taxis solo se diferencian por un pequeño letrero con un número en el parabrisas, señal de que el taxista solo cobrará $1.000, se compartirá el vehículo con otros tres pasajeros y sin importar su destino la carrera llegará a la estación Alcalá de Transmilenio, en la autopista norte, entre las calles 138 y 134.
Normalmente los taxis se estacionan en la calle 137, justo detrás del puente de Alcalá. Allí hacen filas de aproximadamente cinco carros en horas valle, y más de una docena en las horas de mayor afluencia. Organizados por un coordinador, que pagan los taxistas, van recogiendo a los pasajeros.
Servicio rentable
Según cifras dadas por los mismos taxistas, en un día normal hacen 40 viajes de ida y vuelta, lo que en promedio representa una ganancia de $160.000 diarios. Aunque no es una cifra muy alta, uno de los taxistas habla por sus colegas: “Nosotros preferimos trabajar acá porque hacemos casi lo mismo que si recorriéramos las calles, y uno está más cómodo descansando mientras salen pasajeros”. Esta especie de cooperativa cuenta con unos 70 vehículos, taxis amarillos, y de un tiempo para acá han entrado vehículos de servicio especial o taxis blancos.
Colina Campestre es uno de los barrios de vivienda más reconocidos del norte de la ciudad, junto con Cedritos. Pero contrario a otros barrios del sector, su lejanía de las troncales de la Autopista y de la avenida Suba crea una verdadera crisis en el transporte. Ese problema propició la aparición de negocios legales e ilegales que buscan acercar el Transmilenio al barrio.
La competencia por manejar el transporte en Colina Campestre ha sido dura porque por allí han pasado los siguientes medios de transporte: servicio de bicitaxis, pequeñas busetas de servicio público, vanes de servicio escolar y, actualmente, nuevas rutas del servicio complementario del SITP, pero ninguno ha tenido la importancia de los “taxis compartidos”.
Como comenta John*, conductor y líder del gremio de taxis del barrio, “nosotros hemos tenido que lucharla. Los buses llegaron porque un político nos engañó, dijo que nos iba ayudar y terminó robándonos las rutas. Nosotros, para vengarnos, les rompimos los vidrios y los espejos a los buses, por lo que la Policía terminó escoltándolos. También aquí intentaron meterse bicitaxis, pero nosotros los sacamos llamando a la Policía, con la ayuda de los vendedores ambulantes de la estación, que no querían que les ocuparan el espacio”.
No cualquier taxista puede asociarse a este servicio porque deben cumplir algunos requisitos administrativos y económicos. Lo principal es tener una carta de recomendación por parte de uno de los conductores de la organización o de uno de los dueños de los vehículos. Además, los ‘afiliados’ tienen que aportar económicamente para las procesiones de la Virgen del Carmen, y participar en un fondo común que sirve para sacar los carros de los patios.
Los nuevos enemigos
La lucha no ha sido solo contra la competencia que llega cada temporada; la Policía se ha convertido en otro ‘enemigo’. Según el ingeniero Carlos Forero, de la Secretaría Distrital de Movilidad, “este servicio es ilegal, los taxis están tipificados ante la ley como servicio de transporte publico individual, y cuando estos prestan el servicio de colectivos van en contra de la ley; por eso es que la Policía de Tránsito está en todo el derecho de detener estos taxis e inmovilizarlos”.
Frente a las acusaciones de ser un servicio ilegal por incumplir con la Ley 336 de 1996, la Cooperativa de Taxistas de Colina Campestre responde: “Nosotros no hacemos nada ilegal porque no prestamos servicios colectivos, sino que hacemos la carrera mínima del barrio a la estación. Lo único diferente es que la gente hace vaca para pagarnos la carrera. El problema es que los de Tránsito no entienden eso y nos detienen”.
En promedio, cada semana se inmovilizan dos taxis y se llevan a los patios, según dijeron a esta revista Movilidad Bogotá y los mismos taxistas. Dependiendo del caso, la retención de los vehículos dura cinco días, si es la primera vez, y hasta 40 días, si es la tercera. Además de la inmovilización, los taxistas están obligados a pagar un comparendo de $7 millones, pero debido a trámites realizados por las empresas dueñas de los taxis, la multa se ha reducido a $1 millón.
“Cuando nos inmovilizan el carro es muy duro, incluso han llegado a esposarnos y a meternos en calabozos por desacato —comenta el representante de la ‘cooperativa’—, pero nosotros, en vez de dejar de trabajar, hacemos una colecta entre los conductores para sacar el carro lo más pronto posible. Aquí los conductores somos muy unidos”.
Debido a la creciente persecución policial, los taxistas han dejado de prestar el servicio, como lo confirma el ingeniero Forero: “Hace unos día fui a hacer un operativo en el barrio, y ya no había ningún taxi en el restaurante llanero donde siempre se hacen. Apenas saben que llega la Policía se estacionan en las bahías del barrio y no podemos hacer nada”.
Por su parte, César Toba, ingeniero de la Seccional de Seguridad y Vigilancia de la Secretaría de Movilidad, dice: “A pesar de los operativos que hacemos semana a semana, el problema sigue creciendo y es muy poco lo que podemos hacer porque los comparendos terminan siendo muy baratos, y en el caso de los taxis blancos es más difícil porque ellos dependen de la Superintendencia de Puertos y Transportes”.
Los habitantes opinan
La ilegalidad del servicio no ha sido impedimento para que se haya convertido en el eje de la movilidad en el sector. Solo el servicio de buses prestado por Panamericana de Transportes llegó a hacerle sombra a su dominio, pero fueron reemplazados por las rutas complementarias del SITP. Isabel Algarra, habitante del barrio, comenta: “Yo no uso los buses naranja (SITP) porque son muy demorados. Yo prefiero usar los taxis porque son más rápidos y más seguros en las noches”.
Las opiniones de los habitantes del sector están divididas. Para Guillermo Díaz, “ha sido un servicio muy importante en el barrio, aunque yo prefería el bus que llegaba hasta Mazurén. Ahora lo uso mucho cuando estoy de afán porque el bus del SITP no pasa rápido. Pero hay otras posiciones, como la de Ruth Izquierdo, usuaria a regañadientes del servicio: “Para mí los taxis son muy peligrosos, casi nunca los uso; van en contravía y cambian la ruta a cada rato. Además, uno va con gente que ni conoce”.
Mientras los taxistas de la ciudad han dado paso a pequeños computadores o las aplicaciones como Taapsi o Easy Taxi para comunicarse, los colectivos de Colina Campestre han vuelto a usar el radioteléfono. Sin los típicos códigos QRP u otras claves numéricas, los radios son usados para avisar dónde están los trancones dentro del barrio y los operativos de la Policía, e incluso para cuadrar el lugar del almuerzo en el sector.
Aunque se crea que detrás de los taxis colectivos de Colina Campestre hay una sola cabeza, su funcionamiento es similar a una cooperativa: el poder está repartido por igual en cada uno de sus integrantes. Según su Junta Directiva, “Aquí todos tienen la misma voz, las decisiones las tomamos por voto popular. Aquí se acata la idea que gane a pesar de que no estemos todos de acuerdo. Al que no le guste, pues se tiene que salir”.
Lo cierto es que este servicio de transporte, a pesar de su ilegalidad, ha suplido la falta de un servicio de transporte público eficaz. Pero no deja de llamar la atención que los mismos taxistas que exigen que el Gobierno declare ilegales servicios como Uber, pidan que se les permita trabajar como colectivos cuando la ley los define como servicio individual.
*Nombres cambiados por petición de las fuentes.
**Este artículo fue publicado en la revista Directo Bogotá, de la Pontificia Universidad Javeriana