La leyenda de don Enrique Camacho pasó de generación en generación y se transformó, como toda leyenda, en una amalgama de historias que lo describían como un hombre taciturno, muy alto, siempre vestido de negro, en la mano un paraguas inglés, y en la mirada un supuesto misterio de ultratumba. Los domingos, a don Enrique se le oían cantar diversas y tristes tonadas mexicanas que, invariablemente, terminaban con algún tipo de escena trágica de machos. Un duelo a muerte, una borrachera de cantina, el amor de una mujer dividido entre dos hombres; la vida en los extremos, entre el blanco y el negro; la expresión del machismo latino llevado a su máximo tono.
Cuando le veían pasar, las mujeres se cambiaban de acera para no caer en el pecado, pues su presencia, su imagen, ya eran sinónimos de perdición e infierno. Los hombres, en cambio, intentaban descubrir el misterio de aquel hombre a quien según las costumbres no le hacía falta nada. Era millonario, tenía una hermosa mansión que con los años le dio el nombre al barrio, Quinta Camacho, su esposa era una distinguida mujer, querida y respetada por todos los que la conocían, y tenía cuatro niños, juguetones, felices e inteligentes.
Él no le devolvía la mirada a nadie. Su mutismo y sus rancheras generaron miles de comentarios y versiones. Según ellas, don Enrique Camacho dormía solo en un cuarto-buhardilla rodeado de sus discos, todos de música mexicana, o pasaba la mayor parte de su tiempo en un sótano, transcribiendo en cuadernos de hojas cuadriculadas las letras de sus corridos preferidos. Se vestía siempre igual, de riguroso negro, con camisa blanca y mancornas de oro.
Usaba liga para que las medias no se le arrugaran, y educaba a sus hijos en la más perfecta de las elegancias, con el Manual de Carreño como texto imprescindible. El tiempo borró los detalles. Los sombreros de mariachi y los dos trajes que, decían, tenía guardados junto a algunos de torero en un escondido baúl de su abuela, jamás aparecieron. Sin embargo, a finales de los 50 y comienzos de los 60, algunos de sus vecinos aseguraban que don Enrique había sido uno de los gestores del primer mariachi bogotano, creado por don Alfonso Regla, que tocaba en la esquina de la 62 con 13, en el Rafael.
Otros afirmaban que su historia era mucho más negra, y se remontaba a los “tiempos del ruido”, cuando pasó por Bogotá un torero muy importante al que apodaban Cacheta, y cuyo nombre era Leandro Sánchez de León. Cacheta, decían, se llenó de plata con dos o tres corridas, y un buen día acabó en la quinta de don Enrique Camacho. Nunca más salió de allá.
Entonces dijeron que el mismo señor Camacho lo había asesinado para quedarse con su dinero, o porque había tenido un affaire con su mujer. “Por eso está siempre tan triste, es la consciencia, que lo persigue”, afirmaban. Con los años se regó la voz de que el torero había muerto de neumonía, pero don Enrique siguió cargando con la cruz de su asesinato. Su pasión por la música mexicana jamás disminuyó. Ni sus preferencias por el negro.
De alguna manera, el señor Camacho bien pudo ser el protagonista de La vida no vale nada, o de La enorme distancia, o el personaje de las viejas películas mexicanas de los años 50 que presentaban los teatros Faenza, Miramar o Aladino, protagonizadas por Pedro Infante, Miguel Aceves Mejía o Jorge Negrete. Don Enrique bien pudo ser el enamorado eterno de una mujer que se casó con su amigo y la aguardó a la salida de la iglesia para matarla, y al final “su pistola cayó al suelo y ella cayó entre sus brazos”. O el amante de María la Bandida, “una hembra preciosa que trae en su historia la ley de la vida”, o simplemente aquel Juan Charrasqueado que terminó baleado por los maridos de sus enamoradas.
Su vida no fue canción ni película. Fue leyenda. Su realidad llegó hasta la creación del primer mariachi. Luego falleció. Su muerte fue otro misterio, pues nunca sus descendientes informaron las verdaderas causas, y ese silencio, como todos los anteriores, hizo que la leyenda aumentara.