Se querían hacer escuchar y lo lograron. Centenares de estudiantes salieron este miércoles, sobre las 10:30 de la mañana, desde la emblemática Plaza Che Guevara de la Universidad Nacional con destino al centro de Bogotá para pedir, a una sola voz, soluciones a la grave crisis financiera que padecen las instituciones de educación superior. La lluvia que amenazaba con desatarse sobre la institución no hizo desistir a los jóvenes y terminó siendo más fuerte el deseo de manifestación y el sentimiento de reclamo.
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Arengas, canticos y todo tipo de proclamas a favor de la educación y en contra del Gobierno se escucharon a lo largo de la carrera 30, la calle 19 y la carrera Séptima. Unos apostaban por pitos y otros por vuvuzelas para hacerse oír. No faltaron quienes se armaron de tambores, platillos, bombos y redoblantes para llamar la atención de transeúntes. Incluso, hubo otros que tomaron recipientes y envases plásticos que hacían retumbar con atrevimiento y vigor.
En medio del sinfín de proclamas pregones, hubo una arenga particular a la que todos, sin excepción, se sumaban y vociferaban a rabiar. No era un grito de guerra, sino un rugido de educación y cultura que lograba combinarlos y sensibilizarlos: “¿Quién es usted? Soy estudiante. No lo escuché. Soy estudiante. Una vez más. Soy estudiante. Soy estudiante, soy… yo quiero estudiar ¡para cambiar la sociedad! ¡Viva la lucha!”.
Se querían hacer ver y lo lograron. Fueron centenares y centenares los estudiantes, profesores, niños e incluso mascotas los que se tomaron las calles. Por momentos, la siempre amplía carrera 30 parecía pequeña para contener una multitud que se distinguía, especialmente, por su infinidad de colores. Afiches, camisetas, volantes, pancartas y grandes carteles servían para reforzar el raudal de mensajes y reclamos.
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Otros muchos usaron sus cuerpos para hacer visibles sus llamados: caras pintadas con símbolos y mensajes, así como cuerpos coloreados fueron la constante. Sin embargo, también hubo cabida para performance, representaciones teatrales y escenificaciones de lo que para los estudiantes es el mal manejo de los recursos destinados a la educación. Hubo otros que se montaron en sus zancos y que no temían correr cuando todos se unían en torno a amistosas estampidas. Lápices gigantes y marionetas también hicieron parte del repertorio.
Se querían hacer sentir y lo lograron. El ímpetu, la energía y la fogosidad de la multitud lograron sumar apoyos a lo largo de su recorrido. Transeúntes, ancianos, familias completas y hasta algunos peatones que parecían temerosos se terminaron uniendo a la marcha, coreaban las mismas arengas de los jóvenes y levantan los puños en alto. El gentío se hizo uno y hasta los conductores, a los que no les quedó de otra que llenarse de paciencia para seguir con su trayecto, hicieron sonar sus bocinas en señal de respaldo.
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A medida que caminaban con destino a la Plaza de Bolívar, desde edificios y casas curiosos se asomaban y atónitos ante el río de gente, se aventuraban a lanzar papeles cortados como una forma de apoyo. Los gritos de quienes marchaban se intensificaban cuando desde las viviendas alguien aparecía y terminaba aplaudiéndolos.
Sobre las 3:00 de la tarde, contrario al ambiente frío y lluvioso que los despidió de la Universidad Nacional, arribaron a la Plaza de Bolívar con un mordaz sol bogotano. El escenario ahora era la emblemática carrera Séptima. Sin embargo, antes de llegar allí y mientras la multitud interrumpía el paso sobre la calle 13, unos pocos vándalos amenazaron con empañar la marcha y, armados de aerosoles, pintaron mensajes en buses y estaciones de Transmilenio.
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Al margen de estos hechos, la de este miércoles será recordada como una multitudinaria manifestación que logró congregar no solo estudiantes, sino a personas de diferentes vertientes que consiguieron hacerse escuchar, verse y sentirse alrededor de la educación pública.