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María Angélica Rodríguez sonríe. Siempre sonríe. A veces pareciera que ya sabe lo que le van a preguntar. Es una mujer de estatura promedio, morena, de nariz ancha, signo inevitable de su herencia costeña. Lleva el pelo recogido. Si alguien se cruza con ella en la calle recordaría, con toda seguridad, su sonrisa.
María Angélica Rodríguez sueña. Siempre sueña. Desde hace cinco años es la directora, fundadora, principal gestora, en suma es la mujer orquesta de una ONG que se dedica a educar gente de escasos recursos en los colegios distritales: la Red Gestora de Oportunidades Sociales. Por las noches, cuando los alumnos regulares se han ido a sus casas a terminar los cálculos de geometría, a descabezarse con el Teorema de Pitágoras y demás, el colegio cobra vida de nuevo. Los alumnos ya no sufren de acné y suelen tener cédula. Las materias que se imparten en la jornada nocturna no salen en el Icfes, pero sirven para mejorar la vida de todos aquellos que consideran que estudiar sirve de algo, tan sólo si los dejan.
María Angélica Rodríguez escribe. A veces escribe. Su ensayo acerca de qué se debe hacer para construir la ciudad de sus sueños ganó el tercer puesto en una convocatoria mundial adonde fueron enviados algo así como 3.287 textos de 148 países. Ahora seguro escribirá más. El concurso, auspiciado por el Banco Mundial, pretendía explorar en jóvenes de todo el orbe la forma como ellos se imaginan el mundo del mañana. El ensayo de Rodríguez parte de un punto sencillo, una conclusión cuya simpleza encierra trampas secretas: “… la ciudad de mis sueños es una ciudad de seres humanos felices. Una en donde todos sintamos el corazón lleno… lleno de pasión, fuerza y esperanza”. Puede sonar a lugar común, a charla de psicólogo aburrido. Puede sonar a eso.
María Angélica Rodríguez estudió. Durante cinco años estudió. Al terminar su carrera, administración de empresas en la Universidad de los Andes, llegado el momento de realizar su tesis de grado, Rodríguez tomó un camino diferente al de muchos otros administradores. Ella eligió utilizar sus conocimientos en gerencia, en manejo de organizaciones, para que otros pudieran encontrar su propio nivel de sabiduría. Junto con tres compañeras organizó la experiencia piloto de lo que después se transformó en la Red. Con una propuesta novedosa convenció a las administraciones locales, a los recelosos rectores de los colegios, para que le prestaran por la noche las salas de computador de las instituciones para aplicar el modelo de e-learning, una modalidad de aprendizaje a distancia que aprovecha la tecnología para beneficio del estudiante.
El experimento comenzó en colegios de Ciudad Bolívar, Kennedy y Bosa. Ahora, los telecentros, como los denomina Rodríguez, suman cinco en estas localidades y en Engativá. En octubre de este año se graduarán los primeros 40 alumnos de los telecentros. “Hemos tenido casos de personas que, gracias a lo que han aprendido en los cursos, han conseguido
mejores trabajos, mejor remunerados, han desarrollado habilidades que les permiten sentirse más completos como personas”.
En el ensayo enviado al Banco Mundial, página tras página, entre las cifras que justifican el enfoque de los argumentos, se alcanza a percibir una suerte de fe, de fuerte creencia en la gente. En un mundo donde la desconfianza es la moneda con la que se transan las relaciones de millones de personas, Rodríguez eligió la fe, no la ingenuidad, sino el beneficio de la duda: todo puede ser mejor, para parodiar de cierta forma un conocido eslogan publicitario.
La ciudad de los sueños de Rodríguez, contrario a lo que muchos puedan pensar, no es un lugar con carros voladores, con edificios que se elevan hasta la lejanía de las nubes. La ciudad de Rodríguez es un lugar donde la gente se desarrolla a sí misma. El capital de un lugar es su gente. En alguna película la protagonista se preguntaba: “¿Qué es un hogar? Más que cuatro muros es lo que contienen. La casa protege al soñador”. La calidad de vida de una ciudad, más allá de la crudeza de la estadística, de lo chic de sus distritos comerciales, está determinada por la cantidad de alegría de su población.
En medio del pesimismo implacable de estos tiempos, los discursos que relegan al ciudadano a su estado de miseria actual, María Angélica Rodríguez trabaja. Siempre trabaja. Ante la desesperanza y la inercia ella antepone la educación, el conocimiento que transforma vidas.
“Yo siento que el trabajo que tenemos en la Red es el de ampliarle los horizontes a la gente, desarrollar su creatividad. En últimas, nosotros sólo le damos algunas herramientas para que ella construya sus sueños”.
La convocatoria
El Banco Mundial fue la institución que convocó al concurso de ensayo. La intención del Banco era averiguar cuál es el imaginario que los jóvenes tienen del futuro. En total se recibieron 3.287 textos provenientes de 148 países. María Angélica Rodríguez, administradora de empresas de la Universidad de los Andes, ocupó el tercer puesto. Como parte del grupo de ocho finalistas fue invitada a Ciudad del Cabo, en Sudáfrica, para la presentación final de su texto, el nueve de junio pasado. Los ganadores recibieron sus premios de manos de Trevor Manuel, ministro de Finanzas de ese país.