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Memorias de las "putas"

Tres mujeres de la ciudad que se unieron a la movilización le contaron a El Espectador sobre las acciones de violencia de las que fueron víctimas.

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Redacción Bogotá
31 de mayo de 2014 - 03:39 a. m.
 De izquierda a derecha: Jimena, ícono de la marcha de las putas,  Mar Candela, Martha Sánchez, secretaria de la Mujer, Gina Potes, Natalia Peña e Iska Lozano.  / Liz Durán-El Espectador
De izquierda a derecha: Jimena, ícono de la marcha de las putas, Mar Candela, Martha Sánchez, secretaria de la Mujer, Gina Potes, Natalia Peña e Iska Lozano. / Liz Durán-El Espectador
Foto: Liz Duran
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La escena que resume la indignación de las mujeres que han sido agredidas en Bogotá es la siguiente: “Tu hermana llega golpeada a la casa y el vecino dice, ‘quién sabe qué hizo para que le pegaran así’... Y si la violan, la desaparecen o la matan, la pregunta latente es la misma: ‘Quién sabe qué hizo’. La sociedad justifica la violencia contra la mujer, porque ‘parece’ una puta, porque se viste como puta. Y lo que queremos dejar claro es que ‘Puta o no, no es no’. Putas y no putas nos juntamos en una marcha para demostrar que la víctima nunca es culpable”, explica Mar Candela, promotora de la Marcha de las Putas desde 2011.

Hoy es la tercera movilización de quienes, como Mar Candela, rechazan la violencia contra la mujer y quienes también han sentido que en algún momento de sus vidas han sido tildadas de “putas”. Para ilustrar la marcha han escogido imágenes de médicas y profesoras: “Esta es la puta que salva vidas, esta es la puta que educa”. Se espera que más de 3.000 mujeres lleguen a las 3:00 de la tarde al Parque Nacional para marchar en contra de las diferentes formas de machismo.

La Marcha de las Putas se ha replicado en Cali, Medellín, Bucaramanga, Santa Marta y Pasto. A través de redes sociales, Mar Candela y un grupo de mujeres activistas convocaron la protesta para que el Estado asuma lo que está escrito en las leyes 1257 y 1542, ambas creadas con el fin de prevenir la violencia contra la mujer.

Detrás de la organización de la marcha está Izka Lozano, quien se hartó del “acoso callejero en Bogotá”. Este año creó células de trabajo en universidades públicas y privadas, y fue de calle en calle explicando que la violencia va más allá de una agresión física: “Antes no pensaba que cuando un tipo me miraba tratando de incomodarme o se acercaba a decirme algo ofensivo fuera acoso callejero. Hoy soy capaz de decirles a los tipos que respeten, que ellos también tienen mamá, hija o esposa. Así tenga minifalda o escote, no es motivo para que me acosen”.

Las mujeres que han conocido el movimiento se han dado cuenta de que “cuando un novio llama y presiona para saber en dónde estás o insiste para que le contestes, no es porque te esté protegiendo, sino que está controlándote, tratándote como un objeto”. La idea de protestar en contra de este tipo de violencia, que en muchos casos sigue siendo imperceptible, ha empezado a tomar fuerza en diferentes sectores. Según Candela y Lozano, en la marcha han empezado a participar mujeres obreras, personas pertenecientes a grupos LGBTI, trabajadoras sexuales, hombres y “personas con cualquier tipo de visión del mundo”.

Esto demuestra una evolución en la Marcha de las Putas, que comenzó en junio de 2011, en Toronto, Canadá, como una forma de protestar contra las palabras del policía Michael Sanguinetti, quien señaló que “las mujeres deben evitar vestirse como putas para no ser violadas”. Aunque este tipo de argumentos son frecuentes en Colombia, Lozano y Candela han buscado en la marcha un espacio para poner sobre la mesa temas como los feminicidios, los ataques con ácido y los frecuentes acosos en los sistemas de transporte público.

En el Distrito, sin embargo, han aprovechado la marcha para integrar a las trabajadoras sexuales en los “cabildos de mujeres en ejercicio de prostitución”. La Secretaría de la Mujer creó una mesa directiva para tratar los problemas que aquejan a las trabajadoras sexuales de Bogotá. Hasta el momento, la entidad ha recibido a 147 mujeres para ser atendidas en asesorías psicosociales, 112 en asesoría jurídica y 184 en el programa de intervención social, en donde se busca la “protección de hijas e hijos de las personas que ejercen la prostitución”. De acuerdo con la Secretaría de Integración Social, en la ciudad son atendidas cerca de 5.000 trabajadoras sexuales anualmente.

A continuación, tres mujeres que se unieron a la Marcha de las Putas relatan las agresiones de las que han sido víctimas en la ciudad, sus secuelas y las propuestas para que la sociedad comprenda que cuando una mujer dice no, así sea puta, es no.

 

“En los estratos altos nos enseñan a callar”

Estoy tranquila y lo he logrado de a poco. Uno no se recupera fácil de los ataques de quien decía ser el compañero que siempre lo amaría a uno. “Como todo un caballero que soy, me retiro”, fue lo que dijo Ernesto el día en que me golpeó y me fracturó la nariz. Ese día estábamos en Estados Unidos, con la familia de él, y ellos presenciaron el estado en el que me dejó, sangrando después de darme un puñetazo en la cara. Ese fue el cuarto ataque en un año de convivencia. Primero fueron palabras soeces de vez en cuando, que yo dejé pasar. Luego gestos de disgusto y luego llegaron los “golpecitos”, hasta que sobrepasó todo lo imaginado.

A Ernesto lo conocí siendo niña. Era amigo de mis papás y me lleva bastante edad. Sólo lo volví a ver cuando ya era madre de hijos de una relación anterior. Resultó una casualidad que hoy me duele. Las cosas se empezaron a dar y yo misma me convencí de que en efecto era ideal. Poco duró el ideal de lo anhelado, pues en menos de dos meses mis hijos fueron echados de la casa por él. La situación que detonó su salida fue que mi hija mayor no pudo abrir la puerta para entrar en una noche en que había salido con sus amigos. El día que los despachó yo no estaba. Me faltó entereza, lo reconozco, para haber optado en ese momento por mis hijos y marcharme con ellos. Pero yo estaba en un estado de subordinación y de amor que me impedía decidir de manera clara. Hoy preciso que sentía temor hacia él, hombre formado en el Ejército, amante de las armas, abogado y reconocido socialmente.

Después de la cuarta vez que me golpeó, en Estados Unidos, pasaron tres meses antes de que me atreviera a poner la denuncia aquí en Colombia y me la aceptaron bajo la aplicabilidad de la Ley 1257. Mi demora fue por la divagación entre el temor, el dolor y la esperanza. La reacción de Ernesto fue la de confrontarme, asegurando que yo sólo buscaba dañar su imagen y que era una resentida. Definitivamente, mi interés no era dañar su imagen, era fortalecerme y hacer uso de las posibilidades que la ley brinda, pues con mi silencio me estaba volviendo amparadora de quien me dañó emocional y físicamente. Ya he ido superando el temor al qué dirán, pues los primeros golpes se dieron en Rosales, y se supone que la gente “divinamente” se debe callar, pues si habla pasa a ser un paria, una traidora del medio social al que pertenece. Es decir, “lo habitual” indica que este tipo de agresiones sólo suceden en estratos bajos. Pero eso no es cierto. Lo que pasa es que las mujeres de estratos sociales altos sabemos y nos imponemos callar en espera de que nuestros agresores cambien para, de paso, evitarnos la vergüenza pública y los juicios sobre nosotras. Por estar con él perdí mucho. Incluso se me ha señalado de sinvergüenza, es decir, de puta, por permanecer al lado de un hombre que me maltrataba. Terminé siendo la culpable y no la víctima. Ahora veo con intranquilidad que mi agresor sea profesor universitario y reciba condecoraciones, a pesar de que su medio universitario conoce lo que hizo. En este momento no tengo contacto con él, estoy refugiada en casa de mis papás y estoy tratando de recuperar parte de lo que perdí, siendo lo más importante para mí lograr recuperar a mis hijos y la relación con ellos.


“Mi silencio se volvió cómplice”

Quedé embarazada de alguien que no conocía bien ni quería. Sin embargo, acepté vivir con él lo que me restaba de embarazo. Una vez en mi casa se posesionó de mi casa, mi carro, mi vida. Ante la gente era amable. En la intimidad, interesado. Todo apuntaba a que sería de gran peligro. Cuando traté de hablar de sus agresiones, mi familia me recriminó. Decidí callar, porque ya había un juicio sobre mí: que era mi culpa, ya que por puta me metí con alguien que no conocía. Me tocaba aguantar.
Mi silencio se volvió cómplice de mi agresor. Cuando le dije que se fuera, me amenazó. Un día al fin se marchó, pero robó todo el dinero de mis cuentas, producto de mi trabajo y una herencia. En la Fiscalía no tipificaron bien el delito y mientras el tiempo pasaba, él me seguía amenazando. Intentó matar a mi hija porque identificó a una persona cómplice del robo de mis inversiones.

En el ICBF, donde tenía amigos, él era la víctima. Una noche me agredió en la calle, frente a mis hijos. Lo denuncié ante la Fiscalía, pero él dijo que me quitaría a mis hijos. Un día llegaron a mi casa funcionarias del ICBF y la Procuraduría y nos sacaron. No dejaban asistir a mis hijos al colegio, los retuvieron en una fundación y los fueron separando de su medio social y familiar, hasta que mi hijo se quebró y asintió a cambiar su versión para culpabilizarme. Mi hija se resistió a cambiar su versión sobre las agresiones del papá. Las funcionarias del ICBF trataron de obligarme a no reclamar, diciendo que no me entregarían mis hijos, pero no cedí.

A la fecha, para distraer los procesos penales en contra del papá, se me ha acusado de no saber tender la cama y se ha admitido este recurso para justificar sus agresiones. Ahora, el abogado me presiona para que acepte un arreglo, diciendo que mi hijo declarará en mi contra. Librar al progenitor de la responsabilidad penal es un recurso para librar a quienes le colaboraron desde el ICBF. El trato de los funcionarios es desconsiderado, es de culparme. Al fin de cuentas sería por puta que me pasó y pasa todo esto.

He logrado restablecer en alguna medida mi vida. Hoy es esperanza total en que tengamos una justicia justa. Mi hija y yo ya no queremos huir del país. Hemos sido apoyadas por la Corporación Marcha de las Putas y por la Secretaría de la Mujer, ya que, luego de quedar sin dinero, el Estado me ha negado el apoyo con el argumento de que antes era “estrato 4” y estaba incursa en algo que se llama “pobreza oculta”. Hoy no tengo ni las facilidades ni las garantías que se les dan a los menos favorecidos, pues, sin tener recursos, soy estrato 4. Funcionarias de la Secretaría de la Mujer y defensores de derechos de las mujeres han presenciado el trato indigno que se me da en juicio, sin tener en cuenta que la víctima soy yo.

Por Redacción Bogotá

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