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Una voz amable dijo por el altoparlante: “El señor Milen Nachev es solicitado, el señor Milen Nachev”. Una mano se levantó en medio de la gente que caminaba apresurada por el lobby del Hotel Tenquendama aquella mañana de sábado. Un señor que pasaba los 40 años miraba hacia todos los lados mientras sostenía el brazo derecho en el aire. Era él.
Alguien le hablaba, le decía cuánto lo admiraba y le deseaba la mejor suerte para la presentación de más tarde. Luego mencionó algo de unos afiches y otras cosas que iba soltando una a una sobre la pequeña mesa frente a nosotros. El búlgaro asentía y sonreía. En un español fluido, sin un acento determinado, daba las gracias y despedía a su interlocutor, quien procedió a retirarse mientras hacía una pequeña venia. Usted habla español, le dije al instante. No, me dijo, y procedió a explicarme en inglés que no sabía muy bien qué le había dicho aquel personaje. Una ligera sonrisa asomó en su rostro.
Afuera el día se tornaba más oscuro, la lluvia se anunciaba inminente, promesa inexorable. El maestro lo sabía y por eso propuso que saliéramos a caminar pronto o el agua dañaría nuestros planes. En un inglés igual de fluido a su español inexistente, preguntó: “¿A dónde vamos?”.
Milen Nachev tiene un trabajo particular. Es director de orquesta: un oficio en donde la música, algo que entra por los oídos, es ordenada con las manos, construida en el aire. Pocas veces un trabajo parece más etéreo y bello. A medio mundo de distancia de su natal Bulgaria y de Michigan, Estados Unidos, donde vive actualmente, Nachev se encontraba en Bogotá para dirigir la Orquesta Filarmónica de Bogotá en un par de conciertos.
Era una revolución de palomas. Volaban cerca de nosotros, casi rozándonos. El maestro no se inmutaba, tan sólo se limitaba a observar las cuatro esquinas del poder en la capital mientras hacía preguntas de turista. Abrió los ojos al oír que desde la catedral que se hallaba en frente, un aciago día de 1948, francotiradores dispararon y dispararon sobre la gente que corría despavorida buscando refugio. Traté de ilustrarlo brevemente sobre algunos de los acontecimientos históricos que habían sucedido en la Plaza de Bolívar, el mismo lugar que ahora él miraba desde la lejanía del viajero.
Mientras recorríamos la fachada del palacio Liévano, el maestro, con voz pausada, armando un relato que se toma su tiempo, intentaba explicar la relación psicológica que se establece entre el director y el músico, cómo la forma en que el conductor de la orquesta se pare, sus posturas, la certeza de cada giro de la muñeca, afecta directamente la forma en que la nota emerge del trombón, del primer violín, del chelo. El director debe proyectar seguridad, mirar fijamente a sus músicos y hacerles saber que todo está en control, que la música saldrá impecable de las partituras hacia el público expectante.
Esa misma seguridad que aflora al momento de empuñar la batuta se hace presente ahora mientras los soldados de la Casa de Nariño nos miran con el recelo propio de un hombre armado. El maestro no se molesta mientras nos requisan las maletas, tranquilamente abre su chaqueta y sigue su camino, como si ya estuviera acostumbrado al trato paranoico de un país en guerra.
A medida que seguíamos ascendiendo hacia el Palacio de San Carlos y el Teatro Colón, el búlgaro jadeaba un poco. No era la falta de estado físico, era la altura. “Yo he llegado a perder hasta dos kilos y medio durante una presentación. El mío es un trabajo exigente, donde debo tener en mente 15 cosas al mismo tiempo. La música es un oficio delicado, que exige una dedicación milimétrica, una entrega vestal”, decía, un poco entrecortado por la falta de aire.
El tiempo vuela. Voló. Era hora de salir de la pequeña burbuja de La Candelaria hacia el tráfico monstruoso que se traga todo, de vuelta al hotel. En el taxi, mientras se abría paso por el cúmulo de carros de un sábado a mediodía, Nachev, un músico entrenado para entender a Bach, a Haydn, a Tchaikovsky, se confesaba fanático de Pink Floyd y asiduo oyente de Queen. La chaqueta de cuero, pensaba yo, no era por el frío o la sobriedad, era el elemento roquero.