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Monólogo de un extraviado

El presupuesto para señalización de la Secretaría de Movilidad en 2007 fue de 2.700 millones de pesos.

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Fernando Araújo Vélez
21 de enero de 2008 - 03:34 p. m.
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En el cementerio de las señales, vine a saberlo dos días más tarde, quedaron sepultadas las indicaciones que ese sábado me hubieran evitado seis horas de extravío con sus consecuentes histerias. Un día los ingenieros de Movilidad las retiraron porque los vándalos del barrio pintaron sobre algunas de ellas corazones sangrantes, “porque en el amor todos perdemos”, digo yo ahora. Las otras las rompieron. Las señales jamás fueron reemplazadas, por lo menos no las verticales, que me hubieran dado una idea para tomar la Autopista Sur en lugar de seguir derecho hacia Villavicencio, como hice. Luego iría a saber que casi sobre el cruce había un letrero elevado, gigantesco, con las señas pertinentes, y supe, también, que cada una de esas señales cuesta entre 12 y 14 millones de pesos, y que según algunas autoridades, ese elevado precio hizo que en un tiempo los contratistas se inventaran todo tipo de carteles y necesidades.  

Yo, la verdad,  no vi el cartelito. En lugar de tomar hacia mi derecha, seguí por la Boyacá. Nada se parecía a lo que yo recordaba de la salida a Girardot, pero en mi ingenuidad pensaba que las señales no se podían equivocar. Si no había una indicación, debía seguir derecho. Algunas horas más tarde comprendería, derrotado, que la diferencia entre ir hacia Brasil, Chile, Perú y Argentina, o llegar a todo el norte de América es un intercambiador no anunciado. Cuando por fin accedí a la carretera, la gran carretera repleta de camiones que supuestamente estaban prohibidos los fines de semana, y sobre el punto de Los Compadres, me detuve algo asustado para atender el requerimiento de un agente del Tránsito. Con la policía uno nunca sabe. No conozco a un solo colombiano que no se tensione ante ellos. Ni siquiera los generales, digo. Sin embargo, entre la risa y el pánico respiré, pues el policía era uno de los 150 agentes virtuales pintados que el Ministerio de Transporte y la Policía de Carreteras instalaron el año pasado por las vías colombianas. Todos, según la campaña, que ascendió en un principio a 12  millones y medio de pesos, fueron ubicados en zonas críticas, de “alta accidentalidad”. Después, las comunidades fueron instalando otros por su propia cuenta.

Fue entonces cuando recordé con mis acompañantes algunas señales absurdas, como una que solía encontrarme  en el barrio del Chicó, que indicaba que la vía hacia Bucaramanga y Tunja quedaba a mano derecha, 100 metros al oriente de la 15. Siempre pensaba que si en realidad hubiera pretendido ir a Bucaramanga, no habría encontrado  un solo letrero para ubicarme, o que tal vez hubiese hallado uno que dijera Riohacha, o San Juan del Cesar. Mi novia habló de otra en Chía, en la que de repente decía ‘Sentido que no pincha’.  Me contó que cuando leyó la valla, un tío le pidió que la escribiera para desentrañar luego su significado. No lo logró, por supuesto, y si entendió que el quid del asunto eran unas púas que se levantan y acuestan cuando pasan los carros, fue porque un experto se lo explicó.

El experto también le relató que  hace poco más de tres años, un ingeniero llamado Hans Monderman hizo varios experimentos en Holanda, eliminando todos los elementos tradicionales de señalización. Monderman pretendía construir vías que parecieran peligrosas para que resultaran más seguras, dentro de su teoría de que menos es más. Borró los indicadores de velocidad, las señales que anunciaran quién lleva la vía, las líneas de las calles, los semáforos, los marcadores de las calzadas y todos y cada uno de los “prohibidos”. Es decir, todo. Su experimento produjo menos accidentes de los habituales, pues los conductores, sin señales, redujeron la velocidad para estudiar las intenciones de los otros vehículos, de los transeúntes y ciclistas. El tránsito fluyó mejor, aunque más lento, lo que contribuyó a que se duplicaran los caminantes del sector.

El ensayo de Monderman sería copiado en el resto de Europa, y en West Palm Beach, Florida. “Siempre en ciudades pequeñas o medianas, por supuesto”, aclararía el holandés. Por un instante quise imaginar lo que podría pasar si ese experimento lo trasplantan a Bogotá. “El experimento no duraría más de un minuto. El caos sería tan inmenso que todo colapsaría”, dijo mi novia, que luego se explayó en una serie de conocimientos deslumbrantes.

Así, me contó que la primera señal de tránsito se la inventaron los alemanes en 1898 porque no aguantaban tanta anarquía, tanto accidente, y era una calavera que decía pare;  que el primer intento de ordenamiento fue en el siglo XIII, cuando el Papa Bonifacio VIII decidió que ante la inminencia de una manifestación que iba a atiborrar las calles en Roma, todos los carruajes debían circular por la izquierda. Entonces, para concluir, me relató que Napoleón, en su omnipotencia, había determinado luego que los carruajes fueran por la derecha. “Los ingleses no se dejaron conquistar por Bonaparte, por eso siguieron manejando a la izquierda”.

Como por pasar, le comenté que llevaba años intentando conocer la verdadera historia detrás de ese “zurdo” detalle, pero mis palabras se desvanecieron ante un letrero que decía: Conserve la calma, y ante otro que diez metros más allá, gritaba: Peligro, zona de deslizamientos. ¿Qué hacer ante esto?, me preguntaba. ¿Parar en seco? ¿Acelerar? ¿Estudiar el terreno? ¿Acaso no me habían dicho que manejara con calma? A una gran velocidad de 40 kilómetros por hora salvé el peligro. Cuando regresé a Bogotá, pedí una cita con la Secretaría de Movilidad para que alguien me develara los misterios de la señalización (ver recuadro). El primero fue encontrar las oficinas. Para variar, me perdí, hasta el punto de que un señor me dijo: “Yo de usted me cambiaría las gafas”.

Para más señas


La adecuada señalización en la ciudad es uno de los puntos claves para la movilidad de los bogotanos, pero ¿cuánto cuesta una señal? ¿Cuántas existen en Bogotá? ¿Cuáles son las más comunes? ¿Cuántas señales deben ser reparadas al año?

Según el ingeniero Jorge Eduardo Aya, director de control y vigilancia de tránsito de la Secretaría de Movilidad, el presupuesto anual del Distrito para señalización es de 2.700 millones de pesos.

En total existen 134.621 señales verticales en toda la ciudad. Éstas son señales fijadas en postes o estructuras instaladas sobre la vía, hacen parte del sistema de señalización complementado por los semáforos y las señales elevadas.

Engativá es la localidad que más señalización tiene, con un total de 18.730.

Cada una de las señales de tránsito elevadas tiene un costo de 12 millones de pesos.

Una señal vertical, sencilla, de las que abundan por la ciudad, puede llegar a costar entre 98.000 y 105.000 pesos.

En 2007 se reparó un total de 69.600 señales.

En los últimos años el número de señalización instalada ha sido el siguiente:


2004 - 7.248 señales

2005 - 2.958 señales

2006 - 3.925 señales

El 70% de las señales que se fabrican en Bogotá tienen la leyenda “Prohibido parquear”.

El Artículo 131 del Código Nacional de Tránsito establece que por rayar y robar uno de estos elementos, el infractor recibirá una sanción de 15 salarios mínimos diarios.

En cuanto a la señalización, la comunidad tiene voz y voto. Si se considera necesario, los ciudadanos pueden solicitar la instalación de una de estas señales en su barrio.

El Instituto Distrital para la Promoción de la Niñez y Juventud (Idiprom) es el encargado del cuidado, mantenimiento y aseo de las señales que se encuentran en la ciudad.

Las señales de tránsito son diseñadas según un código internacional proveniente de E.U.

Se lavan cada cinco meses. En un día se pueden llegar a lavar 400.

En Bogotá es común que  los borrachos, vándalos y atracadores dañen las señales  de tránsito. Algunos de los dibujos más tradicionales son los corazones, mensajes amorosos, calaveras y los escudos de Santa Fe y Millonarios.

Por Fernando Araújo Vélez

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