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A Mauricio Uribe lo designó el alcalde Enrique Peñalosa como director del Instituto Distrital de Patrimonio Cultural. Es arquitecto y tiene una especialización en restauración de monumentos de la Universidad la Sapienza de Roma. En su nuevo cargo tendrá el reto de defender y promover el patrimonio cultural de Bogotá con recursos bastante limitados.
¿Cuál será su apuesta?
El patrimonio será un tema fundamental para la ciudad futura. Tiene que dejar de verse como una carga. El patrimonio es el anclaje con la memoria.
¿Esa no era la visión de Petro?
Posiblemente coincidimos, pero ahora insistiremos en que el patrimonio se salva si lo intervenimos, no si sólo se declara o se estudia. Hay que volverlo sostenible, buscar gente que invierta, concientizar a la comunidad para que nos propongamos, por ejemplo, salvar el centro histórico. La administración anterior le dedicó un gran esfuerzo a hacer el Plan de Revitalización del Centro, un buen insumo para que pasemos a la acción, porque no nos podemos quedar estudiando.
¿Qué le faltó?
No le faltó. Creo que ahí vamos. Crearemos el Plan Especial de Manejo y Protección del Centro Histórico (PEMP). El centro está desaprovechado, pero está todo para que se vuelva una alternativa atractiva, sobre todo en turismo.
¿Buscarían alianzas con privados?
Sí. Nos interesa que si invierten en patrimonio del centro, el Estado provea las condiciones para que eso pase. Que tenga la mejor movilidad, seguridad, espacio público y condiciones económicas.
Pero para los privados podría ser más rentable tumbar que recuperar
Las modalidades de intervención en el centro son amplias. No es necesario tumbar el patrimonio para que se pueda adaptar a la vida contemporánea. París es eso. El patrimonio se valoriza mucho cuando está recuperado. Un ejemplo: la zona del Museo Nacional. Ese edificio era una cárcel, nadie daba un peso por éste, pero se restauró y renovó el sector y hay incluso muy buena arquitectura contemporánea alrededor, como el conjunto Bavaria.
¿Cuál es el presupuesto para ejecutar sus planes?
Es bajo ($17.000 millones) si al Instituto le tocara recuperar sólo los bienes de interés cultural, pero se puede multiplicar si nos unimos las entidades públicas. Además, si damos las condiciones para que los privados inviertan, de pronto el Distrito casi no va a poner.
¿Sería la privatización del patrimonio?
No. La mayoría de bienes de interés cultural son privados y muchos están contentos de que sea así, pero han hecho falta incentivos. Por eso se podía entender que el patrimonio es una carga. Los incentivos están planteados desde la Ley de Cultura de 1997, pero no se reglamentaron. El Distrito va a hacer un esfuerzo para que esto sea una realidad.
¿Cómo se concretaría esa realidad?
En beneficios, en el predial que ya funciona; en equiparar a estrato uno los servicios públicos, pero también en transferencia de derechos de construcción, es decir, que si yo no puedo construir tantos metros acá, obtengo un recurso para construir esos metros en otra zona. Estamos estudiándolo.
El Mincultura aprobó el plan de protección para el Hospital San Juan de Dios. ¿Qué va a pasar?
La idea es recuperar el conjunto hospitalario por etapas. Uno de los puntos es hacer edificios nuevos donde el plan lo permite, porque la restauración vale mucha plata. Hay edificios en malas condiciones, que de pronto es difícil adaptar a las necesidades de la medicina.
¿Cuánto hay para iniciar el proyecto?
Por las instituciones de cultura y patrimonio no hay dinero, pero por la de Salud hay interés en comenzar a hacer edificaciones nuevas.
¿Cómo van las obras en la plaza de toros de Santamaría?
Bien, estamos cumpliendo el cronograma. Estamos esforzándonos por lograr que, con los pocos recursos que había para la intervención, se pueda habilitar en enero de 2017, incluso para los toros. Cuando llegamos encontramos una obra desfinanciada.
¿En qué va la recuperación de la iglesia del Voto Nacional?
De nuevo, encontramos una obra desfinanciada porque su restauración vale mucho, pero tenemos todo el interés. Vamos a apelar a otras fuentes, ojalá a la comunidad internacional, porque es la iglesia que se hizo a comienzos del siglo XX, tras el fin de la Guerra de los Mil Días, como un voto que ofrecía el país por la paz. Creemos que, en 2016, el año en que se firme la paz, comenzar su recuperación tiene un valor simbólico.
La conservación del patrimonio es casi una lucha contra el tiempo. ¿Qué ha perdido la ciudad?
Muchísimo. Bogotá tuvo un momento de gloria, que fue la celebración del cuarto centenario de su fundación, en 1938. En 1939 comenzaron los desastres. La ciudad se tenía que modernizar, pero quería hacerlo a costa del patrimonio: demolámoslo porque incomoda. Una gran pérdida reciente y en curso es el aeropuerto El Dorado. La sala de pasajeros que sigue en destrucción habría podido ser integrada al nuevo aeropuerto. Era una obra magnífica, hecha por la mejor firma de arquitectos en su momento, el año 1955. Las pérdidas pueden ser muchas, enumerarlas da tristeza, pero Bogotá todavía tiene el potencial de ser una ciudad con identidad.
¿Y el patrimonio inmaterial (música, gastronomía, costumbres…)?
Ha sido casi ausente en este Instituto y vamos a trabajar mucho por el patrimonio inmaterial. Por fortuna contamos con una plataforma que es el Museo de Bogotá, que tiene que ser el escenario que propicie el pensar la ciudad del futuro. Vamos a hacer una gran exposición que mostrará inicialmente lo que fue fundar una ciudad al pie de los cerros orientales -que son los que le dan la identidad a Bogotá-, y terminará presentando los planos del sendero ecológico que propone el alcalde Peñalosa. Algo similar haremos con la historia del transporte, analizando sus inicios para terminar con el proyecto del metro.
¿Los habitantes de Bogotá sienten su patrimonio?
No todavía. La amenaza más grande del patrimonio es la falta de conciencia, que no entendamos que es un bien colectivo. El día que nos hagan falta la identidad y la memoria, eso es irreparable. El tema patrimonial tiene que estar en las grandes decisiones de la ciudad.