Bogotá

30 Jun 2019 - 3:00 a. m.

Narcotráfico, cárcel y acción: la vida de película de Gueber Ariza

A sus 58 años se consolida como el único acróbata de cine de su edad en Colombia. Actuar fue un sueño que nació y se forjó mientras pagaba una condena de 20 años. Hoy dicta talleres en la Cárcel Distrital.

Kelly Rodríguez / krodriguezd@elespectador.com

“Si cometí un error, ustedes me tienen que entregar a la justicia. Merezco la muerte y hasta el infierno, pero allá me los voy a encontrar, porque ustedes juraron ante una Biblia ser justos y son más malos que yo”, fueron las palabras que Gueber Ariza le dijo a un agente del F2 que estaba a punto de dispararle, luego de haberlo capturado el 10 de noviembre de 1989. Aunque logró disuadir al policía para que le perdonara la vida, ese día murió ese Gueber. Enterró al verdugo que había sido por siete años y renació.

Su historia real es de película. Quizá por eso, mientras pagaba una condena de veinte años de prisión nació su deseo de empuñar nuevamente un arma, de fugarse, pelear, asesinar y ser asesinado, pero esta vez en la ficción, sin un juez que lo condenara.

Nació en Riohacha (La Guajira), fue el tercero de ocho hermanos, y su padre, un hombre muy querido y reconocido en el pueblo. Su infancia, cuenta, fue tan maravillosa como sus notas en la escuela. Terminó el bachillerato con 17 años y entonces su mamá lo mandó para Cartagena a vivir con una tía, quien tenía los recursos para brindarle un futuro promisorio.

El esposo de su tía era un capo, un narco. Gueber vivió en una mansión, vistió ropa exclusiva, comió manjares, disfrutó de lujos y también conoció las armas, la droga, el poder, la maldad, la muerte. Era la época de bonanza de la marihuana. De repente, campesinos empezaron a hacerse millonarios y él se ilusionó con ser un millonario más. Y como de una ilusión nace la acción, él y uno de sus hermanos incursionaron en el narcotráfico, haciendo viajes al Magdalena Medio a coger marihuana para pasarla por el río Magdalena y entregarla en Puerto Ceniza. Tiempo después, los problemas por el pago despertaron enemistades y la cosa cambió.

Los hermanos Ariza se empaparon del negocio y montaron una especie de “sindicato de lealtad” entre los mafiosos. “Empezamos a infundir terror y a decidir por la vida de otros. Éramos jueces entre los malos. Disfrutamos con la guerra y fuimos hasta las últimas consecuencias. Fue el peor error que cometimos”, cuenta Gueber.

Luego de siete años y más de 200 delitos cometidos, le llegó la hora. En un operativo del F2 (grupo de inteligencia de la Policía) contra los hermanos Ariza, Gueber fue capturado en Valledupar. Su hermano, socio y cómplice se esfumó. Desde ese día no lo ha vuelto a ver. “Me sacaron del pueblo para matarme, me rozaron dos balas y en ese momento hablé con Dios. Le prometí que si me daba vida, así fuera en la cárcel, tomaría otro camino”, recuerda.

Entró a la cárcel de máxima seguridad de Valledupar y hasta allí llegó el amor a tocar su celda. Una joven de 19 años, estudiante de bacteriología, hija única y a quien conocía por ser la mejor amiga de su hermana menor, fue a decirle que quería que fuera el papá de sus hijos. “Me confesé y le dije al padre: ‘Estoy asustado, ella está empecinada en casarse conmigo’. Él respondió: ‘Si Dios puso en su corazón que fueras su esposo, ¿por qué no le crees?’. Le creí y me casé en la cárcel, en 1990”. Hoy tienen tres hijas juntos.

Tour penitenciario

Estando en la cárcel de Valledupar le hicieron tres atentados. Para dejar descansar a sus enemigos pidió traslado a la cárcel de Bucaramanga, donde hubo un revolcón y lo mandaron a Ibagué. Allí se echó de enemigo al director de la cárcel y a la guardia, por denunciar que “negociaban la vida de los reclusos”. Por su colaboración, el director del Inpec lo remitió a Barranquilla. La última parada de ese “tour penitenciario” fue su retorno a Bucaramanga, donde finalmente consiguió su libertad.

Pagó doce de los veinte años a los que fue condenado por secuestro extorsivo, pues obtuvo ocho años de rebaja por servicio, trabajo y estudios en prisión. “La comida que daban en la cárcel no me gustaba, así que pedí que me dejaran entrar a la cocina a ver si podíamos mejorarla y aceptaron. Cuando se fue el ranchero, lo reemplacé. También serví enseñándoles a escribir a muchas personas. La satisfacción del servicio fue más grande que cualquier ego que pude haber tenido”.

Aprendió a vivir un día feliz en la cárcel y se dedicó a difundirlo. Mientras pagaba su condena estudió para ser auxiliar contable con el Sena, hizo algunos semestres de psicología con la Universidad Nacional Abierta y a Distancia (UNAD), organizó las olimpiadas carcelarias, actividades del Día de la Madre y acuerdos de paz entre reclusos y autoridades. Pero había algo más, un sueño que nació tras las rejas y que persiguió hasta hacerlo realidad.

A las pantallas

“Cuando estaba en la cárcel veía a un actor haciendo de malo y decía ‘soy más malo que ese man’. Entonces comencé a entrenar y a capacitarme en actuación”. En 2001, cuando abrazó la libertad y a su familia, se certificó en un reconocido gimnasio. Siete años después decidió viajar a Bogotá en busca de una oportunidad en el mundo de la ficción.

“Pregunté quién hacía riesgo en Colombia y me hablaron de un señor que llevaba años haciendo acrobacia cinematográfica. Lo busqué y le dije la verdad: que era apasionado con las armas, pero no podía tenerlas, porque eso me llevó a la cárcel. Le pedí una oportunidad y él se emocionó”, recuerda Gueber. Paradójicamente, su primera escena como doble de riesgo (stunt) fue la fuga de una cárcel, en la que debía golpear a otros, robar unas llaves y salir en medio del fuego. Esa grabación le valió un contrato como acróbata de cine.

Transcurridos diez años es reconocido como el único acróbata de cine mayor de cincuenta años (tiene 58) en Colombia y ha trabajado en más de cuarenta grandes producciones, entre las que figuran: Tiro de gracia, Tarde lo conocí, Los 33, Narcos (1, 2 y 3), Chapo (2 y 3), Distrito salvaje, Milla 22, Triple frontera, Loving Pablo (con Penélope Cruz) y Gemini Man (con Will Smith), en Cartagena, donde trabajó hombro a hombro con doce stunts estadounidenses.

“Una de las escenas más peligrosas la hice en una producción que no aparenta riesgo: Niche. Me tocó doblar a Jair Romero cuando se sube a un barco, lo golpean y cae al río Magdalena desde una altura de doce metros, a las 3:00 de la mañana. Hubo otra escena en la que lo golpean y lo tiran por un barranco. El lío fue que había un precipicio de cincuenta metros, entonces me pusieron una malla para que me agarrara. El director no quería hacerla, pero yo sí y la hice”.

Y la vida le siguió sonriendo. En enero de este año logró otro de sus mayores anhelos: devolverle a la cárcel algo de la sabiduría que recibió de ella. Es así como cada jueves, a las 8:00 a.m., llega a la cárcel Distrital para compartir talleres de proyección, manejo del tiempo y desarrollo del talento con veinte reclusos que buscan esperanza en las palabras del profe. “Buscamos la felicidad por fuera y no valoramos lo que somos. Es hora de despertar y analizar de dónde vengo, con qué cuento y hasta dónde deseo llegar”, concluye.

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