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“¿Cómo así?, ¿hay baños en la calle? En los 11 años que llevo manejando no he visto el primero”, responde la taxista Sonia Bedoya cuando se le pregunta si conoce alguno de los baños públicos que hay en Bogotá. No es raro que ni ella ni muchos taxistas sepan dónde quedan los baños, pues se acostumbraron, a la fuerza, a ser visitantes de los baños de los centros comerciales. Al igual que Sonia, los taxistas en Bogotá no tienen muchas opciones a la hora de entrar al baño. “Muchas veces me toca pagar parqueadero en los centros comerciales para poder usar su servicio sanitario, yo trato de ir a los que no cobran parqueadero, pero como a uno le cogen las ganas en cualquier lado. En otras ocasiones voy a restaurantes o cafeterías donde me lo prestan por comprar algo, lo malo es que no puedo dejar el carro mucho tiempo mal parqueado porque se lo lleva la grúa, y si definitivamente no estoy cerca de ningún sitio de éstos, pues toca debajo de un puente, como muchos de mis colegas, porque no hay de otra”.
Igual que los taxistas, vendedores ambulantes y personas que trabajan en la calle, cualquier bogotano se ve afectado por la ausencia del servicio sanitario. Fue el caso de Juan Maldonado, un estudiante universitario que sin más salida tuvo que orinar en la calle. Estaba haciendo fila en la DIAN cuando sintió ganas de entrar al baño. La fila para poder llegar al punto de atención era enorme, así que pidió que le guardaran su puesto, para solicitarle el baño a la señorita que atendía en la ventanilla. “Estando en una entidad de carácter público, cuya financiación podría decirse que sale del bolsillo de mis padres, no creía que me lo fueran a negar”, contaba Maldonado. La mujer que atendía le contestó que ni ella ni las secretarias estaban autorizadas para prestar el baño, que tratara de entrar al de los guardias de seguridad; éstos le respondieron de igual forma y ante su insistencia le señalaron un potrero frente a la DIAN donde podía orinar. Con más ganas que antes de iniciar toda esta indagatoria sanitaria, Juan Maldonado decidió hacerle caso al guardia, ante la vista atónita pero comprensiva de los ciudadanos que hacían fila.
Los 10 baños públicos que hay en Bogotá son administrados por el IDIPRON (Instituto Distrital de Protección a la Niñez y la Juventud), y son atendidos por mujeres cabezas de familia. Ellas son las encargadas del aseo y la recolección del dinero que hay que pagar para entrar, que equivale a $500. Los baños se mantienen en una limpieza absoluta, las condiciones físicas son impecables, y además, son asequibles al bolsillo de cualquier transeúnte. Lo malo es que son muy pocos, y no son visibles para los ciudadanos. Cinco de estos están ubicados en SuperCades (Bosa, Suba, Calle 13, Av 30 con Calle 26 y Américas) y funcionan con el mismo horario de ellos. Hay dos baños más en los portales de Suba y Calle 80 de Transmilenio, y los tres restantes en Chapinero, en la Avenida Caracas y en la Avenida 68.
Esta situación ya tuvo eco entre algunos concejales de Bogotá en 2006, cuando Hugo Patiño Vásquez presentó el Proyecto de acuerdo número 149 “por el cual se promueve e incentiva la construcción de baños públicos en Bogotá”, pero la propuesta no se alcanzó a debatir, es decir, no ha sucedido nada al respecto. Sin embargo, la concejal Ati Quigua, quien fue ponente del proyecto, está revisando sus antecedentes para sacarlo adelante este año.
No es raro que cualquier transeúnte que esté caminando por el centro de Bogotá sienta ganas de orinar y tenga que: Uno, entrar a una de las tantas cafeterías que tienen un cartel en la puerta del baño que dice FUERA DE SERVICIO, para que la gente ni se atreva a pedirlo; Dos, ingresar en algún restaurante de los que sí lo tienen en buen estado y comprar algo para que se lo puedan prestar; Tres, pagar en uno de estos locales que han adecuado sus baños como públicos y cobran $500 la entrada; o Cuatro, y como última opción, orinar donde pueda debido a la falta de baños públicos.