Parece salido de una película. Chaqueta negra de cuero apuntada hasta arriba. Las manos grandes y sucias, ásperas. El pulso firme. Las respuestas cortas, no esquivas, sino tajantes, certeras. Mientras habla mira a su alrededor, un hábito viejo. Con tono pausado, saboreando cada palabra como si del tabaco de un cigarrillo humeante se tratara, comienza a desgranar su pasado, a botar pequeñas dosis de horror, de macabra rutina.
Hoy está parado ahí con un propósito diferente. Como si se tratara de una novela rosa, el amor fue su redención, la esquina de la vida donde tuvo que decidir si seguiría jugando ruleta rusa con sus amigos por las tardes, viendo cómo la bala no era para él, pero sí para el de al lado, sintiendo cómo la sangre le salpicaba la cara. Él optó por la vida. Hace 12 años nació su hijo y fue entonces cuando decidió dejar el negocio de la muerte.
Él, quien tantas veces apuntó y acertó, cambió las armas por las palabras. Su pasado es su carga, pero también su legado, la tenebrosa advertencia que se instala al inicio de un camino peligroso. Trabaja desde hace siete años con jóvenes para disuadirlos de seguir la misma ruta de horror que alguna vez eligió. “Hoy les enseñamos danza y otras cosas para que ellos entiendan que la vida es mucho más grande que la droga y la delincuencia”. Muchas veces he oído el discurso en buses, semáforos. Esta vez lo creo.
“¿Cómo se hace un delincuente? ¿Por qué escoger esa vida? Tenía mucho odio. Detestaba a todo el mundo. Quería hacer daño de verdad y en el camino recoger plata para vivir y para gastar”. Cuenta que al final del día, después de cobrarles el impuesto a los jíbaros del Cartucho, podía terminar con dos millones de pesos en sus manos. Por las noches, con una moto propia, hacía trabajos por su cuenta. Lo que se podría denominar un trabajador independiente. El lenguaje corporativo es curioso, sirve para cubrir toda suerte de pecados.
“Llegó mi hijo y todo cambió. Ya no podía seguir haciendo lo que hice hasta ese entonces. Tampoco quería. Les quité cosas a muchas personas. El daño estaba hecho. Era hora de devolver algo de todo lo que tomé”. El amor como tabla de salvación.
Ciudad Bolívar tiene, en sus montañas que se alzan imponentes, cubiertas de ladrillo, algo así como un millón de personas, la mayor cantidad de desplazados de la ciudad y es la segunda localidad en número de jóvenes. Los titulares la han destrozado por cuenta de la guerra entre guerrilla y paramilitares, un evento que las fuentes oficiales se apresuran a signar en el pasado, y la delincuencia común. En últimas, en el imaginario de un ciudadano de a pie, Ciudad Bolívar es algo así como el viejo oeste, un lugar sin Dios ni ley abandonado a la suerte de los cañones. La ley del plomo, para citar una canción.
Pero debajo de los problemas bulle otra cosa. Los motivos, las razones ulteriores, están lejos de los lugares comunes de la incomprensión y la exclusión, aunque también hay de eso. Por detrás de toda la escena palpitan seres humanos, de esos de carne y hueso, que aman y odian. Para algunos, el amor fue la redención, para otros fue el abismo al que botaron la vida entera.
Álvaro Torres es un señor que pasa de los 60 años. Mientras fuma con deleite, afirma que él, uno de los 10 jueces de paz de la localidad, se encarga de conciliar, de resolver los problemas a través de la palabra. Abre los ojos, más allá de las gafas grises que le confieren un aura indefinida, una sensación de misterio, y aclara que muchos de los casos que él maneja son causados por celos, por líos del alma que no encuentran respuesta en los poemas, en las palabras del ser amado, sino en los puños, la vajilla que vuela de un lado a otro de la sala. “El juez de paz intenta solucionar problemas a través del compromiso de las partes. También puede haber sanciones, pero el objetivo primordial es lograr acuerdos, unir voluntades.
En algunos casos no hay mediación que valga y las cosas se salen, por desgracia, del control de todos”. El humano es un animal volátil, casi incendiario. Un amor que sobrepasa la vida misma es la excusa para empuñar el arma y usarla. “Una de tantas veces, una muchacha apuñaló a su novio por una pelea de celos, un conflicto amoroso que terminó en el peor final de todos”, recuerda Torres.
“Soy un hombre feliz”. Enrique Carranza sonríe mientras mira, allá en la lejanía, la ciudad explayada como un animal que descansa. Su signo es la transhumancia. Hace 51 años nació en Ciénaga, Magdalena. Vivió buena parte de su adultez en Bogotá, donde prosperó como comerciante. Pero vino la crisis en los 90 y con ella se fue la abundancia y todo lo demás. Migró al campo, a Santuario, Antioquia, con la que ahora es su compañera y madre de dos de sus hijos. De allí tuvo que devolverse hace unos años empujado por el terror de los paramilitares, dueños de la región.
De nuevo en Bogotá, esta vez con una mano adelante y otra atrás, se instaló en Ciudad Bolívar, lugar de acogida de muchos como él, que vienen huyendo de la guerra, lejos de la calidez del campo y directo al frío gris de Bogotá. Esta vez las cosas fueron a otro precio. Había que empezar de nuevo, cambiar de piel, otra vez.
“He resistido los golpes de la vida porque tengo una familia detrás mío, que no sólo debo cuidar, sino que me cuida. Mi primer matrimonio se acabó por culpa de la plata, del exceso de cosas. En el matrimonio lo que ha faltado es dinero, pero lo que ha habido es amor”. De nuevo, como en las novelas rosa, las historias cursis del horario vespertino en la televisión, el amor rescata, propicia. La historia de este costeño errante no es apta para cínicos. Enclavado en la montaña en busca de la vida simple.
En medio de las escarpadas laderas por donde se han abierto paso el afán de la construcción, la sed desmedida de los urbanizadores piratas, las necesidades de encontrar un lugar para descansar y vivir, hay más que los informes oficiales. En Ciudad Bolívar la verdad de las cosas está en su gente. En ocasiones los cuentos están llenos de culpa y arrepentimiento. En otras tantas priman las ganas de vivir, de proyectar un futuro y acercarlo. La fuerza del amor unas veces, el poder del odio en otras.
Los jóvenes de Ciudad Bolívar convocan
Ellos se comen el cuento. De verdad creen en lo que están diciendo. En el salón había varios jóvenes, todos con un discurso fuerte, que giraba alrededor de palabras como convivencia, acción, amistad, protesta, futuro, sueños.
Son parte de la Red de Jóvenes Promotores de Derechos Humanos, un colectivo de muchachos de Ciudad Bolívar que decidieron cambiar su realidad más inmediata, esa que muchas veces incluía problemas con la Policía y el Ejército, a través del diálogo y la palabra.
Por medio del voz a voz, del liderazgo de algunos en los colegios y sectores de la localidad, han logrado tejer una telaraña de voluntades, una asociación de personas que buscan un cambio usando medios no violentos, un rescate de la disertación y la aceptación del otro como vías válidas para construir sociedad.
En más de una ocasión, mediante el uso del arte han convocado a miles como ellos para que se manifiesten en contra del aciago destino que han tejido quienes han cargado los fusiles en distintos momentos. Estos jóvenes son apasionados, exponen sus puntos con una convicción infranqueable, a prueba de pesimismo y resignaciones.