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Opinión: Cambios y nuevas bandas delincuenciales en el centro de Bogotá

Así ha evolucionado, se ha movido y cambiado el delito y sus protagonistas, en las últimas décadas, en el centro de Bogotá.

Alberto López de Mesa

08 de marzo de 2024 - 12:09 p. m.
En las últimas décadas los cambios en el centro han llevado a que la delincuencia también se trasforme.
Foto: Mauricio Alvarado Lozada
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Como ya he dicho, fui del centro de Bogotá por 20 años, en la última década del siglo pasado y en la primera de este. Puedo decir que presencié la superación y/o los cambios en los modos de la delincuencia. Los primeros cambios que vi se dieron gracias a los desarrollos urbanísticos, más que policíacos.

Por ejemplo, la compra de predios y el cambio de uso de las casas viejas y antrosas, en torno a la universidad Jorge Tadeo Lozano, permitió que se acabarán las prácticas delictivas que se cumplían en ese barrio. En los casos de desalojo por la fuerza, se capturaron a los proxenetas, jefes de bandas de trata de blancas.

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Otra superación de prácticas delincuenciales se dio por la construcción del eje ambiental, sobre la avenida Jiménez que, de hecho, saneó el parque de los periodistas y la zona hotelera de los raponeros típicos en ese sector. Pero, por ahí mismo, enseguida se dieron otros pillos, estafadores de esquina, que pusieron de moda el paquete chileno y los que asaltaban a los que salían de los bancos marcados por alguien que los vio retirar buena plata.

Permanecen timadores y estafadores entre el combo de los esmeralderos y los que negocian con dólares y euros, antes frente al edifico del Tiempo, ahora en la plazoleta del Rosario. Por suerte son tretas y robos entre ellos mismos.

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Otro cambio, en los modos de la delincuencia en el centro, se dieron luego de los operativos que acabaron con la zona del Cartucho y la calle del Bronx. En ambos lados hubo bandolas de narcomenudeo. En los operativos capturaron a uno que otro capo, pero las estructuras del microtráfico se desperdigaron en otros sectores, que desde antes ya eran proclives a acogerlos.

Sépase que no sólo ventas de sustancias ilícitas funcionaban en el Cartucho y en el Bronx, también había desvalijadores de carros y de motos, con su propio equipo de ladrones; capos del hurto especializado, que controlaban a apartamenteros, ladrones de joyas y más recientemente, de teléfonos celulares.

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Algunas de estas bandas funcionan en caserones del San Bernardo, pero la mayoría se desmembraron y sus cachivacheros satélites los vemos ahora, vendiendo ropa usada y cosas viejas en los andenes de la séptima y en el parque Tercer Milenio. Ellos, de vez en cuando, se surten con lo que le llevan los ladronzuelos callejeros. Aclaro que esto es una descripción, no una denuncia. Es lo que he percibido y sobre lo que reflexiono desde mi sensibilidad ciudadana y con mi percepción de callejero.

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Hecha esta salvedad debo decir que hay otros dos hechos que contribuyeron al desarrollo de nuevas modalidades de delito en el centro de Bogotá: uno es que, finalizando el siglo pasado, sí se dio algo parecido al “Bloque Capital de paramilitares”, que dicen le propuso Pacho Santos a Mancuso.

Empecé a ver en los san andresitos de San José y de la 38 a unos celadores, con uniformes intimidantes y mejor armados, que no eran bogotanos. Supongo que eran soldados de las Auc que, después de la desmovilización, quedaron armados, pero sin funciones rurales y se reorganizaron como cuerpos de seguridad en Bogotá.

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Eran celadores bruscos con los indigentes que durmieran o se parcharan en los andenes de los centros comerciales. Tal presencia de nuevos cuerpos bélicos avisaba una lucha por posicionarse en el negocio de la seguridad. (Recuérdese que, para vender seguridad, debe haber inseguridad, y si no la hay, toca crearla).

El otro factor se dio y se sigue dando en este siglo con las migraciones, desde el país vecino. De Venezuela ha llegado gente de toda índole. Pero para el bajo mundo, el surtido ha sido contundente. Puedo hablar de su presencia en las localidades La Candelaria, Los Mártires y Santa fe.

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Son muchos los comerciantes que han llegado allí; familias que traen ahorros y proponen negocios a los oriundos dueños de negocios tradicionales, lícitos e ilícitos. Como es de suponerse, la reacción natural es de resistencia al foráneo y es ahí donde aparecen grupos de presión.

La verdad en el centro no he oído hablar directamente del Tren de Aragua, pero sí de grupos fuertes, que les colaboran a proxenetas del país vecino a que posiciones en las zonas de tolerancia a sus trabajadoras sexuales, bonitas y con un porte novedoso. Ahí ya hubo roses de violencia, pero por lo que veo, el empate de fuerzas ha primado.

Por ejemplo, creo que en la venta de drogas y de negocios ilícitos, los de aquí han vendido, a modo de franquicia, sus “ganchos” así: en las “ollas” del barrio Santa fe y de La Favorita, en los mismos locales de antes, que se vendía perico, bazuco y mariguana (con la marca y calidad de siempre), ahora los patrones y los jíbaros son “venecos”. Eso sí, se mantienen operarios de la vieja guardia. Lógico, ellos conocen mejor el sector, el manejo de la clientela y de los policías.

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Yo deduzco que de esa fusión de pillos locales con foráneos se han conformado bandolas bien armadas, las cuales han visto en el negocio de la seguridad una oportunidad. Esto es, el amenazar a comerciantes y empresarios para enseguida extorsionarlos.

“Si pagan y no denuncian, aseguran que nada le pasará ni a los dueños, ni a los negocios, ni a sus parientes”. Ha descubierto la policía que la extorsión está tan de moda que incluso hay maleantes que las coordinan desde las cárceles, con secuaces afuera, que se encargan de los atentados intimidatorios y de los cobros.

Doy un dato curioso: en el barrio Egipto hay ladrones ya viejos y jubilados del pillaje, que se dedican a entrenar a los bisoños en las artes del cosquilleo, que es robar carteras o bolsillos con sigilo; o en mechería, que es sacar prendas de almacenes entre falsas barrigas…

Pero ahora hay sectores del centro donde las bandas que dominan aseguran la seguridad en su fuero y se encargan de linchar al que atraque o robe en las cuadras de su incidencia. Esto es una especie de pacto con el vecindario de las ollas y de las “oficinas” de los pillos mayores.

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NOTA: No he hablado aquí de los delincuentes de cuello blanco, de los empleados públicos corruptos, de las ratas, cuyo centro de operaciones está en el Congreso y en las instancias estatales, que funcionan en el centro de Bogotá, porque pese a que sus delitos contra el erario perjudican a los más pobres, hasta de modo mortal, para la policía y para la justicia no son factores de inseguridad.

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