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Opinión: Colombia en marcha

La manada que somos hoy en día los y las colombianas, no deja atrás a sus hermanos y hermanas lastimadas por el terremoto. Se detiene y las auxilia y las reconforta. Se demora lo que sea necesario, hasta comprobar que están a salvo y que pueden reincorporarse a la lucha y a la aventura de la vida.

Carlos Roberto Pombo Urdaneta

27 de agosto de 2026 - 09:35 a. m.
Centro de acopio en Bogotá para recolección de ayudas humanitarias o alimentos de primera necesidad para los afectados del terremoto en Colombia (Manizales, Cali, Pereira y Chocó)
Foto: El Espectador - Gustavo Torrijos
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Una vez le preguntaron a Margaret Mead, la prominente antropóloga estadounidense, cuándo creía que había nacido la civilización. Quienes estaban presentes esperaban que contestara señalando un descubrimiento trascendental, o refiriéndose a una prodigiosa arma de guerra o a un artificio técnico, o incluso, a la construcción de un suntuoso monumento, o un palacio, o una ciudad entera.

Ella dijo que el hallazgo ocurrido hace unos años, de un fémur humano de cientos de miles de años de antigüedad, que tenía la cicatriz de una fractura que se había sanado, era el comienzo de la civilización. En el momento en que la manada humana se detuvo porque uno de sus individuos -tal vez una hembra, tal vez una cría, tal vez un anciano-, se había lastimado una pierna y necesitaba del auxilio de los otros, esa especie de homínidos se había apartado de la mera pulsión instintiva por la supervivencia, que caracteriza a todos los seres vivos, y habían anidado en su corazón y en sus actos sentimientos como la clemencia, la ternura, la solidaridad. Y en ese instante había nacido la civilización humana.

Colombia, toda la nación colombiana, está en marcha en este momento, en la tarea de atender a las víctimas del terremoto del pasado 10 de agosto. Las familias de los que murieron y los miles de familias que perdieron su casa, su comercio, su taller, su forma de subsistencia, han visto como la nación colombiana -la civilización colombiana, podemos decir-, se ha volcado en su ayuda.

No solo los organismos del Estado que tienen esa responsabilidad, o los cuerpos especializados de asistencia y rescate, sino la gente con sus manos abiertas y desnudas. La gente haciendo cadenas humanas para transportar escombros, o alimentos, o remedios y elementos indispensables para la vida. La gente removiendo piedras y losas de cemento para sacar a un bebé, a un muchacho joven, a una mujer que llevaba esperando tres días a ser rescatada, a un perrito asustado. La gente, los colombianos y las colombianas, llevando presurosos agua y comida a donde hay hambre y sed.

Nadie les dio una orden, nadie les ha prometido una remuneración. No. La gente ha actuado porque está en su corazón, en su naturaleza, ser solidarios. Tal como lo fueron los miembros de esa manada hace cientos de miles de años, ante el dolor de una cría lastimada. No se iban a ir y abandonarla, no, se quedaron hasta que se sanó y se reestableció y pudo seguir. La manada que somos hoy en día los y las colombianas, no deja atrás a sus hermanos y hermanas lastimadas por el terremoto. Se detiene y las auxilia y las reconforta. Se demora lo que sea necesario, hasta comprobar que están a salvo y que pueden reincorporarse a la lucha y a la aventura de la vida.

No es cierto que nuestro primer impulso sea doblegar a los otros para sobrevivir, o para vivir gozando privilegiadamente, de los mejores dones de la vida y de sus posibilidades más ricas. No. Eso no es cierto, como quieren decirnos ciertas formas de la cultura en boga. El propósito de la vida no es reventar a codazos a los otros y vencerlos y dejarlos tendidos al borde del camino. El propósito de la vida, como señaló la famosa antropóloga, es colectivo y nuestro instinto y nuestro corazón lo saben. Y sabe que su manifestación más concreta es la solidaridad, sobre todo en los momentos de dolor y de angustia.

Expertos como Gustavo Wilches, amigo de nuestra casa, se han detenido en entender el problema de los desastres llamados naturales y en las obligaciones del Estado, ya no solo en atender a las víctimas, sino en prepararnos como sociedad para enfrentar esos desastres con mejores posibilidades, con mejores habilidades, con mejores estrategias de protección, y con mejores cursos de acción. Él lleva años diciéndolo, en múltiples foros y ámbitos sociales y especializados.

Y otro tanto hacemos nosotros en la Sociedad de Mejoras y Ornato de Bogotá y en la Federación Nacional de Sociedades de Mejoras Públicas de Colombia, que presidimos y orientamos y que se extiende por todo el país. Hemos señalado incansablemente que un elemento esencial de la civilidad -de ese antídoto eficaz contra la indiferencia y la violencia-, es justamente la solidaridad. Por eso hemos propagado con vigor este mensaje.

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La solidaridad que Colombia entera ha puesto en marcha en estos días de dolor y desafío. La civilización colombiana, la sociedad colombiana, que ha dado muestras de que es hondamente humana. Y de que tiende instintivamente a la civilidad y a la convivencia fraternal.

Por Carlos Roberto Pombo Urdaneta

Presidente de la SMOB. Arquitecto y urbanista experto en el desarrollo histórico, físico y demográfico de Bogotá. carlospombourdaneta@gmail.com
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