La respuesta a esa pregunta decide la ruta, la hora de regreso, si se toma el bus o se paga un taxi, si se acepta una reunión en la noche o se busca una excusa para no ir. Son decisiones que ya están incorporadas a la vida cotidiana de las mujeres. Como si calcular el riesgo fuera simplemente otra cosa que una mujer debe saber hacer y asumir el costo.
Hay cifras que nos ayudan a dimensionarlo. La Veeduría Distrital, en su Encuesta de Percepción Ciudadana sobre Acoso Sexual Callejero 2025, encontró que el 95,4 % de las mujeres consultadas teme ser acosada en la calle, siempre o algunas veces, y el 51,6 % ya lo vivió al menos una vez.
No hace falta haber vivido personalmente el acoso para saber que puede ocurrir. Lo sabemos por lo que les pasó a nuestras amigas, hermanas o compañeras de trabajo. Lo sabemos porque alguna vez alguien nos dijo: “Mejor no te vayas por ahí” o “Avísame cuando llegues”. Lo sabemos porque las mujeres aprendemos muy pronto a leer una calle antes de caminarla.
Buena parte de la tolerancia hacia el acoso empieza con el “piropo”. En la Encuesta de Mujeres y Equidad de Género 2025 de la Secretaría Distrital de la Mujer, el 27 % de los hombres afirmó que decirle algo a una mujer en la calle es una forma de admiración. Entre las mujeres, esa respuesta apenas llegó al 15 %.
La diferencia en la percepción sí importa. Quien habla y quien recibe esas palabras no necesariamente está viviendo la misma escena. Un hombre puede asumirlo como admiración; una mujer, vivirlo como invasión, intimidación o miedo. Y mientras sigamos definiendo la experiencia desde quien ejerce la conducta y no desde quien debe soportarla, siempre habrá una manera de justificarla.
Por eso, enfrentar el acoso exige mirar más allá de la conducta individual. Importa lo que ocurre entre dos personas, pero también las condiciones del espacio público, la manera en que aprendemos a relacionarnos en él y lo que hacemos cuando somos testigos. Prevenir, entonces, significa actuar sobre el entorno, pero también sobre la cultura que hemos construido alrededor de estas conductas. Así lo está haciendo Bogotá.
Desde hace 15 años, nuestra ciudad hace parte del programa Ciudades Seguras de ONU Mujeres y trabaja en la prevención de la violencia sexual en el espacio público. En agosto, Bogotá fue anfitriona de la conmemoración de estos 15 años, un encuentro en el que participaron otras siete ciudades del país para compartir experiencias, aprendizajes y avances.
En ese camino, la aprobación del Acuerdo “Por una ciudad inteligente” es un paso importante para Bogotá. La modernización del alumbrado público con tecnología LED y telegestión permitirá avanzar hacia una ciudad en la que las mujeres puedan disfrutar del espacio público y movilizarse con mayor autonomía y seguridad.
Pero no basta con encender la luz. Ciudad de México lo entendió con sus “Senderos Seguros: Camina Libre, Camina Segura”, una estrategia que combina iluminación LED, recuperación del espacio público, cámaras y botones de auxilio. En 2022, la ciudad reportó 710 kilómetros intervenidos y una reducción del 28,8 % de los delitos contra las mujeres en estos espacios. Iluminar es fundamental, pero la seguridad también depende de cómo nos relacionamos y de lo que estamos dispuestos a hacer cuando presenciamos una situación de violencia.
Porque el acoso no ocurre únicamente de noche ni en una calle oscura. Puede suceder a las diez de la mañana en un paradero, al mediodía frente a un local o en la tarde dentro de una estación. Y ahí ninguna luminaria es suficiente. En la encuesta de la Veeduría Distrital, el 83 % de las mujeres dijo sentir miedo al pasar cerca de una obra. Desde la Secretaría Distrital de la Mujer le estamos apostando a transformar comportamientos y a dejar de normalizar el acoso en estos espacios.
Desde el año pasado pusimos en marcha el piloto ‘Zonas S: Obras seguras para todas’, desarrollado junto con empresas constructoras y entidades públicas para prevenir el acoso sexual callejero alrededor de los frentes de obra de Bogotá. Allí trabajamos con las 5D para la intervención de testigos. Cinco maneras de actuar según la situación y siempre que sea seguro hacerlo. Distraer, para romper la escena sin confrontar; Delegar, buscando a alguien que pueda ayudar; Documentar, para apoyar y nunca para exponer; Dar asistencia, acercándose, escuchando y acompañando; o Dirigirse al agresor, únicamente cuando hacerlo no aumente el riesgo.
La pregunta entonces cambia. Ya no es solamente “¿qué están haciendo los demás?”, sino también “¿qué puedo hacer yo?”. Porque quien presencia un acoso también forma parte de la escena. Entre mirar a otro lado y actuar, cambia la forma de cómo se siente una mujer en una situación de acoso sexual callejero.
La infraestructura puede transformar las condiciones del espacio. Lo que no transforma por sí sola es la idea de que el cuerpo de una mujer que transita por ese espacio está disponible para el comentario, la mirada o la intervención de un desconocido.
La transformación cultural toma tiempo porque exige cuestionar aquello que durante años aprendimos a considerar “normal”. Por eso necesitamos trabajar también con quienes observan y tienen la posibilidad de interrumpir una conducta antes de que se convierta, una vez más, en paisaje.
Que esperar un bus, cruzar una calle o pasar frente a una obra no implique calcular el riesgo. Que salir de casa deje de exigir estrategias.
Que salir sea, simplemente, salir.