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A medida que se aproxima un nuevo ciclo político, una de las decisiones más importantes para el futuro del país será la designación del próximo ministro de Salud. La magnitud de la crisis acumulada durante los últimos años obliga a preguntarse qué perfil debería ocupar una de las carteras más complejas del Estado colombiano. ¿Debe ser médico? ¿Economista? ¿Un político experimentado en negociación? ¿Alguien proveniente de Bogotá o de las regiones?
La respuesta probablemente no se encuentra en ninguna de estas categorías por separado. Los sistemas de salud son organizaciones extraordinariamente complejas. No son únicamente hospitales ni tampoco simples mercados económicos. En ellos convergen elementos clínicos, epidemiológicos, sociales, económicos, regulatorios y políticos. Por ello, el próximo ministro debe poseer un conocimiento profundo del sector salud, independientemente de su profesión de origen. Un economista sin experiencia sanitaria probablemente tendrá dificultades para comprender las particularidades del sistema. Pero un médico sin conocimientos en economía, gestión y administración pública enfrentará obstáculos similares.
Sin embargo, el desafío actual va más allá del conocimiento técnico. La reconstrucción institucional del sistema exigirá una enorme capacidad de concertación. Habrá que reconstruir relaciones entre el Gobierno Nacional, los departamentos, los municipios, los prestadores, los aseguradores, los profesionales de la salud, los pacientes y los organismos de control. Por ello, la capacidad política y de negociación será tan importante como la formación académica.
Existe además otro debate cual es si el próximo ministro debería provenir de Bogotá o de las regiones. Durante décadas, Bogotá ha sido el principal centro de poder, investigación, regulación, financiamiento y formulación de políticas en salud. Gran parte de la capacidad técnica acumulada en salud pública, economía de la salud y seguridad social se encuentra precisamente allí.
Pero también es cierto que Colombia ha sido históricamente un país profundamente centralista. Las regiones Caribe, Pacífica, Amazónica y de la Orinoquía enfrentan realidades sanitarias muy distintas a las observadas en la capital. Las dificultades de acceso, las barreras geográficas, la escasez de especialistas y las limitaciones institucionales son desafíos que muchas veces no se perciben plenamente desde los centros de decisión nacionales.
Por ello, la discusión tampoco debería centrarse en el lugar de nacimiento del futuro ministro. Ser bogotano no garantiza una comprensión adecuada de los problemas nacionales; así como provenir de una región no asegura una mejor capacidad de gestión. Lo verdaderamente importante es que posea una visión nacional y territorial del sistema de salud.
El próximo ministro debe entender tanto la sofisticación tecnológica de los hospitales universitarios de Bogotá como las necesidades de las comunidades rurales del Chocó, La Guajira, el Pacífico o la Amazonía. Debe comprender la alta complejidad, pero también la atención primaria; la economía de la salud, pero también sus determinantes sociales y políticos.
En consecuencia, Colombia no necesita escoger entre un médico, un economista, un político, un bogotano o un dirigente regional. Necesita una persona que combine un vasto conocimiento sectorial, experiencia de gestión, liderazgo político y una auténtica visión de país. Porque la tarea que viene no consiste simplemente en administrar el sistema de salud, sino en reconstruirlo para todos los colombianos.
