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“Había más de 30 niños en la ruta. Nos agachamos todos inmediatamente. Yo sentí una mano grande y lijosa que me cogía del brazo. Me agarró del brazo y me jaló, me jalaba del asiento. Eran los nervios tan horribles de él; cuando pasan estas cosas hay nervios y angustia de lado y lado. Los nervios de él sacándome, de que yo me saliera rápido, y los nervios míos de que me estaban sacando del bus. No se daba cuenta que tenía puesto el cinturón y yo trataba de hablarle, pero tampoco podía hablar. Hasta no sé qué pasó y él se dio cuenta y espichó el botón. Me sacó del asiento, empezó a jalarme por todo el pasillo del bus. Me acuerdo de ver a la gente quedarse, ver a mi hermana agachadita”
Así comienza “Con el uniforme del colegio”, un relato que no es ficción, sino un fragmento de la realidad contenida en el volumen testimonial del Informe Final de la Comisión de la Verdad “Cuando los pájaros no cantaban”. Este testimonio es apenas uno de los más de 1.7000.000 historias que dan cuenta de cómo el conflicto armado se ensañó con los niños y las niñas.
A la niñez no solo la reclutaron. La desplazaron, la secuestraron, la torturaron y la obligaron a ser espectadora de múltiples vejámenes y sufrimiento.
El impacto del conflicto armado en los niños y las niñas es algo que no terminamos de dimensionar. Las consecuencias no se quedan solo en lo físico o lo material, sino que es algo que trasciende generaciones. En un estudio reciente de la Universidad de Los Andes1, al comparar niños y niñas de familias desplazadas con no desplazados, se identificaron brechas amplias en desarrollo, bienestar socioemocional y síntomas de salud mental.
Pero el resultado más preocupante, es que un porcentaje importante de estos niños y niñas nacieron después del desplazamiento de su familia y aún así heredaron las heridas mentales de la guerra. Lo que demuestra que no solo la pobreza se hereda de generación en generación, sino también el trauma y sus efectos. Esta información, al igual que los testimonios del Informe de la Comisión de la Verdad, reflejan la necesidad de que la política pública de atención a víctimas responda de manera diferencial al impacto del conflicto en la vida de los niños y niñas.
En Bogotá viven cerca de 70.000 de estos niños y niñas. Por esa razón, desde el Distrito nos hemos puesto en la tarea de fortalecer la atención que reciben los niños y las niñas una vez llegan desplazados a la ciudad. Diseñamos e implementamos un kit de atención psicosocial orientado a generar las herramientas básicas de estabilización emocional para contribuir con el proceso de regulación emocional, identificación de señales de alerta e información de rutas de protección. Esto busca ser un complemento a estrategias como los Centros Filarmónicos para la Paz, en
1 Andrés Moya, “Las heridas que se heredan: trauma intergeneracional y desplazamiento en Colombia”, Voces de Economía, Universidad de los Andes, 17 de febrero de 2026.
alianza con la Secretaría de Integración Social y la Filarmónica de Bogotá, en las localidades con mayor número de niños y niñas vícitmas.
Sin embargo, la atención no basta, es insuficiente si no viene acompañada por un ejercicio colectivo de memoria. Por ello, lanzaremos este 9 de abril en el Día Nacional de la Memoria y la Solidaridad con las Víctimas del Conflicto Armado, una versión para niños y para niñas de “Cuando los pájaros no cantaban”. Esta es una colección de seis testimonios seleccionados, adaptados e ilustrados, por un equipo conformado entre el ex comisionado de la Verdad Alejandro Castillejo y el equipo del Centro de Memoria, Paz y Reconciliación, con el apoyo de la Fundación Plan. No es que los niños y las niñas no hayan vivido el conflicto, es que los adultos no hemos sabido escuchar lo que el conflicto ha causado por más de cinco décadas.
Estamos convencidos de que para poder pensar en un futuro distinto es necesario hoy atender y acompañar a la niñez que ha vivido la dureza de la guerra. No solo es asistencia, es darles las herramientas para que ese horror de la guerra no los defina para siempre. En Bogotá queremos que los niños y niñas víctimas tengan un presente digno que no limite su capacidad y libertad para soñar