No hay una acción mágica o una fórmula única que permita mejorar la seguridad en una ciudad, por lo menos no de la noche a la mañana. La especialización de la delincuencia en Bogotá ha pasado desde el 2013 por una mutación que lastimosamente para la ciudadanía, pareciera que gana la carrera contra la institucionalidad.
Mientras Cali y Medellín heredaron modelos de grupos armados con brazos criminales directos en bandas en comunas para movilizar cargamentos de drogas, conseguir informantes o generar reclutamiento, Bogotá tiene una realidad muy distinta; para Medellín por ejemplo, la denominada “Oficina” funcionó con una jerarquía clara en la que un “capo” podría dar órdenes a las bandas más pequeñas y coordinar o evitar desde hurtos hasta secuestros por horas o días.
La capital por otra parte, tiene una estructura horizontal tipo telaraña por lo que al seguir intentando buscar un “gran capo” y que con ello todo se solucione, no solo se pierde tiempo y esfuerzos sino que se sigue dando espacio para que los delincuentes se vuelvan cada vez más expertos.
Por ello, a pesar de capturar constantemente supuestos altos cabecillas del famoso Tren de Aragua o los Satanás, las estructuras no se acaban.
Explicarlo es muy fácil: en una ciudad tan diversa, amplia y poblada como Bogotá, hay campo y negocio para todos los delincuentes, pues la capital no es solo el punto económico y financiero del país en términos legales, sino que también es un fructífero mercado de lo ilegal, asunto que comprendieron muy bien las bandas delincuenciales.
Para el Plan Integral de Seguridad y Convivencia del año 2013, el tristemente eliminado Centro de Estudios y análisis en seguridad ciudadana – CEACSC- había logrado armar con Policía y Fiscalía, un mapa de bandas delincuenciales que sumaban 323 grupos: empresas dedicadas a delinquir que ya tenían negocios criminales propios.
En Bogotá, no es la misma banda la que roba espejos, que la que hace cosquilleo en Transmilenio, tampoco la que hace paseo Millonario, ni mucho menos la que extorsiona o se dedica al sicariato. Acá cada banda se terminó especializando en “su negocio” al punto que entre las estructuras han llegado a coexistir en los mismos barrios; el ejemplo más claro de ello es el Santa Fé, en la localidad de Mártires, en donde Los Costeños, Las tías, Los morochos, Los Satanás y Los Paísas han distribuido la zona desde hace años y cada quien se dedica a un delito diferencial, articulándose para cuidarse de las autoridades.
Todo para insistir, así la Alcaldía no escuche, en que urge volver al inventario criminal que miraba situaciones sociales y espaciales para determinar la historia detrás de cada banda, su relación con el territorio y las maneras en que debían atacarse: fue gracias a ese ejercicio que en 2021, se logró desarticular una banda completa (no solo cabecillas) cada día y 22 horas y para el siguiente año lograr una de las tasas de homicidios más bajas en 40 años y una mejora real en la seguridad.