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Mientras la administración distrital concentra buena parte de su discurso en las grandes obras de infraestructura, parece haber olvidado que la movilidad de Bogotá no comienza en la primera línea del metro, en la Avenida 68 o en la carrera Séptima. Comienza en las calles de los barrios, en las vías secundarias que conectan las localidades con las grandes avenidas y que hoy, en muchos sectores, se encuentran completamente abandonadas por la autoridad.
No es difícil comprobarlo. Basta recorrer cualquier localidad para encontrar vehículos y motocicletas parqueados a lado y lado de estas vías, reduciendo la capacidad de circulación e impidiendo el tránsito normal. Lo que debería ser un trayecto de cinco o diez minutos termina convirtiéndose en una odisea de media hora o más. En algunos casos, salir de un barrio hacia una vía principal puede tardar hasta 45 minutos, no por la cantidad de vehículos en circulación, sino porque unos pocos infractores han terminado imponiendo sus propias reglas ante la mirada indiferente de las autoridades.
Lo más grave no es el mal parqueo. Lo verdaderamente preocupante es la ausencia del Estado. Cuando un ciudadano acude a la Secretaría de Movilidad en busca de respuestas, con frecuencia recibe la explicación de que el asunto corresponde a las alcaldías locales. Cuando consulta a estas, le responden que se requiere coordinar operativos con la Secretaría de Movilidad, la Policía de Tránsito y, en ocasiones, con el Departamento Administrativo de la Defensoría del Espacio Público. Al final, la responsabilidad se diluye entre trámites, competencias y reuniones, mientras el ciudadano continúa atrapado en el mismo trancón de siempre.
Tampoco convence el argumento de la Secretaría de Gobierno según el cual el problema obedece a la falta de cultura ciudadana. Nadie discute que muchos conductores actúan con irresponsabilidad y absoluto desprecio por las normas. Pero esa realidad no exonera a la administración de cumplir con su obligación de ejercer autoridad. La cultura ciudadana no reemplaza el control institucional; lo complementa. Allí donde desaparece la autoridad, la ilegalidad termina ocupando el espacio.
La administración del alcalde Carlos Fernando Galán ha insistido en presentar las grandes obras como la solución estructural a la movilidad de Bogotá. Sin embargo, esa visión resulta incompleta. De poco sirve invertir billones de pesos en infraestructura si las calles que alimentan esas obras permanecen bloqueadas por vehículos mal estacionados y nadie hace cumplir la ley. La movilidad no puede entenderse únicamente desde los megaproyectos; también depende de la gestión cotidiana y de la capacidad del Distrito para garantizar el orden en cada barrio de la ciudad.
Paradójicamente, el momento en que más autoridad debería existir es precisamente el actual. Las obras del metro, la Avenida 68 y otros corredores han desplazado parte importante del tráfico hacia vías alternas. Era previsible que estas soportaran una mayor carga vehicular y, por lo tanto, requerían vigilancia permanente, operativos constantes y una estrategia integral para evitar el colapso. Nada de eso ocurrió. En muchas localidades, con excepción de Sumapaz que es 100% rural, la sensación es que la autoridad en la movilidad simplemente desapareció.
A un año de finalizar su mandato, el alcalde Carlos Fernando Galán aún está a tiempo de corregir el rumbo. La nueva secretaria de Movilidad, María Fernanda Ortiz, tiene igualmente la oportunidad de demostrar que entiende una realidad que hasta ahora ha sido ignorada: la movilidad de Bogotá también se juega en las calles secundarias. Recuperar el espacio público, sancionar el mal parqueo y garantizar presencia permanente de la autoridad deberían convertirse en prioridades y no en simples anuncios.
Porque gobernar no consiste únicamente en inaugurar obras o mostrar avances porcentuales de construcción. Gobernar también significa garantizar que las normas se cumplan, que las instituciones funcionen y que los ciudadanos puedan desplazarse sin quedar atrapados por el desorden.
Si la administración distrital continúa mirando la movilidad exclusivamente desde las grandes avenidas y los megaproyectos, seguirá ignorando el problema que millones de bogotanos enfrentan todos los días al salir de sus casas. Y ese puede terminar siendo uno de los mayores fracasos del gobierno de Carlos Fernando Galán: construir la infraestructura del futuro mientras abandona la movilidad del presente.
Una ciudad no se transforma únicamente con concreto y maquinaria; se transforma cuando existe autoridad, coordinación institucional y la decisión política de hacer cumplir las normas, incluso en la calle más pequeña del barrio más alejado.
