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Opinión: Historia de un amor revolucionario

“Hagamos un trato: yo te propongo que existas... que te olvides del miedo, que tu banda sea la alegría”, Mario Benedetti.

Alberto López de Mesa

29 de mayo de 2026 - 03:11 p. m.
"Este conmovedor texto solo podía ser escrito por Manuel Cepeda Vargas, abogado, pintor, periodista, poeta, líder social y político, senador por el Partido Unión Patriótica (UP), asesinado el 2 de agosto de 1994 por fuerzas del Estado".
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Nunca había leído un libro completo en internet, pero el que mentaré en esta columna me lo devoré de un solo tirón.

Lo topé por casualidad, y fue por la foto que ilustra la carátula, por el título y por el autor, que se encendió la curiosidad que me empujó a leerlo de inmediato.

El libro se titula YIRA CASTRO: MI BANDERA ES LA ALEGRÍA; lo ilustra la fotografía en blanco y negro de su fallecimiento, una joven y bella mujer cuyos rasgos evidencian su ascendencia libanesa. Ella muere a causa de una enfermedad terminal el 9 de julio de 1981 y la primera edición del libro la publica la editorial Scribd en diciembre de ese mismo año, lo que me indica que su esposo necesitaba conjurar el dolor por su partida escribiendo este homenaje sentido y amoroso a su vida y obra.

Este conmovedor texto solo podía ser escrito por Manuel Cepeda Vargas, abogado, pintor, periodista, poeta, líder social y político, senador por el Partido Unión Patriótica (UP), asesinado el 2 de agosto de 1994 por fuerzas del Estado.

El libro de 158 páginas, que usa de epígrafe el poema “Aquí estamos los de siempre” de Enrique Buenaventura, contiene las honras y la yira por parte de Gilberto Vieira, fundador y directivo del Partido Comunista Colombiano y del director del periódico Voz Proletaria, testimonios de colegas docentes y periodistas, fotografías, registros de su quehacer social y político y también de escenas familiares. El texto central de 40 páginas queda con el título del libro; es el que escribe Manuel Cepeda, conmovedora semblanza de un líder saprecoz, íntegro e irreductible en sus principios. Como fondo del relato está la realidad sociopolítica del país, dominado por una casta criminal y de ominosa ambición, y como música en contrapunto suena el profundo amor de la autora por la protagonista.

La frase de Menandro: “Los elegidos de los dioses mueren jóvenes” se ajusta a la intensa historia de vida de Yira Castro Chadid, a quien todo, en conciencia y existencia, le fue prematuro.

Acaso nació destinada para el altruismo insumiso y la fatídica rebeldía, en contradicción al pragmatismo comercial y negociante de sus abuelos maternos, Fatima Chadid y Juan Chadid Raide migrantes maronitas libaneses que desde que llegaron a Sincelejo en 1904 construyeron un fabuloso emporio, comercial, ganadero e industrial, del cual se favorecieron y prosperaron los de la saga de descendientes de sus hijas, exceptuando a su madre Aura Chadid que, huelga de toda ambición, se casó por amor con un revolucionario declarado, Gustavo Castro, oprobio de la comunidad por ser fundador y militante del comité regional del Partido Comunista Colombiano.

Yira nace en 1942, ella misma cuenta que desde su primera infancia vivió sobresaltos por inspecciones de autoridades en su casa, por las acciones represivas durante el gobierno de Laureano Gómez (1950-1951) más intensa en el de Rojas Pinilla, por cierto que su papá, no escatimaba en franqueza, informando y concientizando a su mamá y allá de las corruptelas, de la represión y de los abusos en todos los poderes del Estado, en consecuencia, aunque Yira estudiaba en le colegio Nuestra Señora de la Merced, con las niñas de las élites sinselejanas, su vida social estaba en otros lados, en las verbenas barriales y en los grupos de estudio con campesinos a las que la llevaba su papá, más distante cuando ingresa a la célula local de la JUCO Juventudes Comunista, oficializado su precoz filiación política. Allí conoce a un Joven de Armenia, comisionado por la Central del Partido Comunista para impartir, en las ciudades del país donde hubieran cedes del partido, sistemas de organización , seminarios de marxismo y conciencia social.

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Fue mutuo el encantamiento entre Manuel y la “turquita” , así le decían los compas de la JUCO, porque ambos se sabían de memoria poemas de Neruda, el prolongó su estadía y en en idílicos paseos al atardecer se hicieron novios, furtivamente, pues, el que Manuel fuera 12 años mayor que Yira provocaba rumores malintencionados.

En 1959, cuando Yira se graduó de bachiller, tal como habían pactado, Yira de 17 años y Manuel de 29 se casaron por lo civil, lo cual en un pueblo mojigata y godo fue un escándalo que obligó el que se les excomulgara por apóstatas, de suerte que Manuel ya era un dirigente nacional, además escribía artículos para revistas culturales y políticas, así que se fueron a vivir a Bogotá.

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Yira asume su activismo político con admirable mística, por su precoz acervo cultural, por su bagaje intelectual e ideológico, oficia de educadora en el Centro de Estudios e Investigación Social, formando en teoría y práctica política a trabajadores allegados al Partido, también la acogen en la redacción del periódico Voz proletaria, donde cumple una reportería juiciosa sobre lo que acontecía en los barrios de la ciudad, dando noticias y haciendo crónicas sobre realidades que no se mentaban en la prensa de liberales y conservadores.

Ambos trabajos resultan oportunos ya que en 1960 da a luz a su hija María y dos años después a su hijo Iván.

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Por cierto que su hogar, su vida familiar estará afectada por el acoso policivo y el perfilamiento por la militancia hombro a hombro con Manuel, por sus declaraciones públicas sobre el régimen represivo y particularmente por sus opiniones y denuncias sobre el ataque a Marquetalia, enmarcado en el plan LASO del gobierno de Guillermo León Valencia, estigmatizados de subversivos, su casa fue varias veces allanada, en efecto, Manuel es puesto preso por entrevistar campesinos de Marquetalia y a los pocos meces a Yira también la ponen presa en el Buen Pastor, por declarar su solidaridad con los compañeros señalados y perseguidos por la represión militar.

Manuel Cepeda, en el texto-homenaje, dice: mi sentimiento hacía ella fue una mezcla de amor y admiración, fue amante, compañera, coopartidaria, su compañía era un remanso de alegría y optimismo.

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El se daba cuenta que ella, por valiente y por su compromiso irrestricto con la causa revolucionaria, aveces se le olvidaba que para la burguesía fascista las FARC eran el brazo armado del partido Comunista y ellos dos eran voceros de la guerrilla, por lo mismo, objetivo de los comandos oscuros del ejército. Entonces, por su cuenta la promovió como representante de la JUCO en congresos y encuentros internacionales, fue así como en 1966 viajo a la cumbre mundial de juventudes comunistas en la Habana, Cuba, acogidos como exiliados políticos viven dos años en las residencias universitarias y de ahí viajan a Checoslovaquia. Becados por la universidad de Praga, se cualifican en liderazgo social, en ejecutorias de gobernabilidad socialista. Justo desde esa universidad se alienta la revuelta conocida como “La Primavera de Praga “, expresión emparentada con la revolución cultural e intelectual que propiciaron estudiantes, artistas, pensadores y sindicatos en el memorable “Mayo del 68 en París”. Sin duda estos sucesos también a ellos, cómo a toda la generación vanguardista de Europa, les replanteó algunos de sus paradigmas ideológicos.

cuatro años estuvieron fuera del país, esto es todo el gobierno del presidente liberal Carlos Lleras Restrepo, regresan en 1970, justo cuando ocurre el fraude electoral, en el que, con complicidad del gobierno, niegan la votación mayoritaria del candidato de la Anapo, Gustavo Rojas Pinilla y mañosamente resulta ganador el conservador Misael Pastrana Borrero. Por lo cual, jóvenes izquierdistas y algunos de la Anapo, decepcionados de la vía democrática crean el M19 guerrilla de gran presencia urbana, convencidos de que al poder se llega solo por lucha armada. De alguna manera el M19 es afín a las nuevas olas ideológicas que suscitó Mayo del 68 y la Primavera de Praga. Dice Manuel que su pareja no fue ajena a la modernidad ideológica que en mucho criticaba el sistema comunista de la URSS, y, si adoptó conceptos y métodos, modernizando su práctica política, pero siempre leal a los preceptos del partido en el que militaba y que quería como si fuera su familia, el PCC.

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De regreso al país, Yira con apenas 28 años, asume la militancia en el partido con insólito frenesí, como si sus hados tutelares le hubiesen advertido que, cuanto antes, debía consumar su misión existencial porque le quedaba poco tiempo de vida.

Vale decir que, tan responsable era con las tareas partidistas como con sus obligaciones hogareñas y sobre todo de mamá, brindando a sus dos hijos buena educación y mucho amor. Manuel escribe: “estaba atenta a todo como si tuviera el don de la ubicuidad.”

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Por su trayectoria es promovida de la JUCO al PCC. Donde demostrará su talento como lideresa y como ideologa, concibiendo posturas del partido ante el sismo sociopolítico que se vive en el país y en toda Latinoamérica, por la injerencia imperialista de los Estados Unidos en el devenir de los países de Centroamérica y Suramérica.

Al respecto, el hecho que conmocionó las entrañas de la izquierda latinoamericana y con más veras de los Partidos Comunistas, fue el derrocamiento y muerte del presidente de Chile, Salvador Allende, con el golpe militar, ejecutado el 11 de septiembre de 1973 por la cúpula del ejercito en complicidad con la CIA.

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Allende fue el primer comunista elegido presidente por el voto mayoritario del pueblo, Al ser derrocado en un golpe militar alentado por el fascismo internacional, abonaba el criterio de quienes iban por la lucha armada como la única manera en que los pueblos obtendrían el poder del Estado. Entonces Yira, impávida ante los coopartidarios más ortodoxos, demostró que la coyuntura histórica exigía que el PCC fuera el epicentro transformador de la democracia. Por tal posición y por consecuente con sus argumentos, es elegida miembro del comité central del PCC, lo que enorgullece a su amado mentor y esposo, Manuel Cepeda Vargas.

En la historia del PCC se destacan dos acciones políticas de la compañera Yira Castro Chadid, tanto porque en ellas muestra su patriotismo, su espíritu revolucionario y el estilo particular de ejercer la política. Uno fue el arriesgado cubrimiento periodistico que hizo del paro cívico de 1977 en el gobierno de Alfonso López Michelsen, y después, la corajuda denuncia de las ilegales capturas y abusos de poder de alcaldes, policías y militares durante el Estatuto de Seguridad impuesto en la presidencia de Julio César Turbay Ayala.

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La sociedad Capitalina reconoció la honestidad de sus denuncias y, en efecto, en 1980 fue elegida Concejal de Bogotá.

Pero, durante el primer año como cabildante, un malestar en la cabeza que hacía rato le sobrevenía y que se creía que era una migraña congénita, se agudizó, ahora de modo doloroso, y con repentinos decaimientos. El diagnóstico de los neurólogos consultados fue patético: un tumor maligno en el cerebro se ha desarrollado a un punto intratable.

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El patético parte médico, apabulló a la familia, Manuel, en un reflejo por encima de la tristeza, decidió buscar médicos de un país desarrollado, viajaron a Moscú, el vitalismo de Yira claudicaba. Un equipo de especialistas en el cerebro, revisó todos los exámenes que se le practicaron y la conclusión fue fatídica: El tumor es cancerígeno, ya ha invadido mucho de la masa cerebral, la muerte de la paciente es inevitable...

Yira fallece el 9 de julio de 1981 a los 39 años de edad.

En el texto que en su honor hace su esposo Manuel Cepeda Vargas, se siente en cada frase la potencia del amor revolucionario que vivieron.

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