Que la relación entre Gustavo Petro y Carlos Fernando Galán no fue la mejor es un hecho que hoy pasa factura. La Nación se distanció de la agenda de la ciudad, los megaproyectos capitalinos financiados con recursos nacionales no avanzaron al ritmo que Bogotá necesitaba y los pocos que se movieron lo hicieron tímidamente y todavía no muestran resultados.
Y es precisamente por esos líos que uno siempre termina pensando en alguien que lidere los temas que importan, en una figura que se ponga al frente y responda. Esa sensación de que por fin hay un doliente, alguien a cargo es la que ha generado la expectativa de estos días. Pero la historia colombiana enseña que nombrar a un responsable no equivale a resolver el problema. Los gerentes, zares y consejeros que han creado para destrabar asuntos urgentes no siempre terminan dando resultados.
El rol del gerente de Bogotá se parece demasiado al de un alto consejero presidencial, me explico: las altas consejerías nacieron con una lógica sensata, darle importancia a un tema poniendo a alguien a trabajar muy cerca del presidente, en el entendido de que esa cercanía acelera decisiones y destraba cuellos de botella. Ese fue su origen y también fue su ocaso. Terminaron paralizadas y exhibiendo debilidades obvias. No manejan presupuesto propio, no tienen competencias formales, no ordenan gasto ni firman convenios. Su capital es la relación con el presidente, con los ministros, con las entidades competentes y las relaciones, cuando no hay instrumentos detrás, se agotan rápido. El funcionario termina convertido en un gestor de agendas y en un vocero de anuncios.
El reto de la gerencia de Bogotá es salirse de ese ciclo. No basta con lograr incluir proyectos estratégicos en el Plan Nacional de Desarrollo que este Gobierno debe radicar en sus primeros meses. El PND es apenas la puerta de entrada, un presupuesto indicativo, una lista de buenas intenciones que después hay que pelear año por año. Lo que Bogotá necesita es lo que viene detrás. Documentos CONPES estratégicos que fijen el alcance y el costo de cada proyecto. Vigencias futuras aprobadas, que son las que blindan la plata más allá de este gobierno. Convenios firmados con recursos comprometidos y desembolsos con cronograma, no esos convenios de “aunar esfuerzos” que no obligan a nadie a poner un peso. Y fechas claras, con responsables identificados y consecuencias por incumplirlas.
La lista de lo que hay que asegurar es conocida y no admite ambigüedades. La cofinanciación de la Línea 3 del Metro, cuya factibilidad debe cerrarse en 2027 y que sin compromiso nacional se queda en estudios; las nuevas fases de TransMilenio y la renovación de la flota eléctrica; los recursos del multicampus de Suba y de los demás proyectos de educación superior; los hospitales de la ciudad, empezando por el San Juan de Dios; la ampliación de El Dorado y la definición del segundo aeropuerto; la extensión de la Calle 63; la Avenida Longitudinal de Occidente; los subsidios de vivienda que reactiven un mercado hoy congelado y que sostienen empleo formal; la terminación de la PTAR Canoas y el saneamiento del río Bogotá y el proyecto que le asegure a Bogotá energía y agua para los próximos 50 años; metas concretas y verificables de reducción de pobreza monetaria y multidimensional; una verdadera reforma a la justicia, que en Bogotá se traduce en fiscales, jueces y capacidad real de judicializar y el aumento del pie de fuerza que la ciudad tanto necesita junto con cupos carcelarios que descongestionen las URI y los centros de detención transitoria. Y, transversal a todo, el reconocimiento presupuestal de la Región Metropolitana Bogotá-Cundinamarca, porque los problemas de la capital hace rato dejaron de detenerse en el perímetro urbano.
Es por eso que hay que darle dientes a esa gerencia. Tal como está anunciada, no tendrá recursos propios más allá de unos tiquetes aéreos y un par de asistentes. Eso no alcanza. Se necesita que la nueva gerente tenga competencias explícitas, asiento en el consejo de ministros, una mesa técnica fija con Hacienda, Planeación Nacional y Ministerios sectoriales de forma periódica, capacidad de convocar a las entidades ejecutoras y rendición de cuentas pública y periódica ante la ciudad, con semáforo de proyectos. Sin eso, la gerencia será un cargo simpático y bien intencionado que en dos años nadie recordará.
Bogotá necesita la mano y los recursos de la Nación. Ojalá esta vez la foto venga con firma.
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