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Opinión: La llamada “polarización” es ausencia de civilidad

Si algo refleja a una sociedad que se ha desconcertado y empieza a lastimarse, es la toma de posiciones extremas -irracionales en el fondo-, en el ámbito del debate político.

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Carlos Roberto Pombo Urdaneta
26 de junio de 2026 - 09:11 p. m.
El centro, si bien existe como una posición ideológica de individuos particulares, no existe en política. La radicalidad de nuestra polarización ha hecho que nos vayamos a los extremos.
El centro, si bien existe como una posición ideológica de individuos particulares, no existe en política. La radicalidad de nuestra polarización ha hecho que nos vayamos a los extremos.
Foto: Element5 Digital / Unsplash
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El péndulo va y viene a lo largo de los años, pero es ineludible: estos períodos de extremismo ideológico, hoy llamados eufemísticamente “polarización”, privados completamente de valores como la solidaridad, el sentimiento humanitario y el respeto por los demás, no son ni constructivos ni fructíferos para el colectivo humano, para la nación toda en la búsqueda de su destino histórico común, pues no tienen en su torrente sanguíneo el espíritu de la civilidad, el único antídoto contra la violencia.

Desde la vieja discusión entre federalistas y centralistas, suscitada al otro día del Cabildo Abierto, es decir, a las pocas horas de proclamada nuestra independencia, Colombia ha sufrido enormemente de esta enfermedad. La violencia que ha desatado el extremismo político en Colombia es estremecedora, casi inconmensurable, y terriblemente destructiva. 8 guerras civiles durante el siglo XIX, desembocaron en la infame Guerra de los Mil Días, que representó, como bien sabemos, un amanecer sangriento en un nuevo siglo, el siglo XX.

Violencia predominantemente creada por élites sociales, políticas y económicas, que siempre se expandió por las clases pobres y desvalidas que acabaron conformando los ejércitos en que murieron miles y miles de personas sencillas, pobres, inocentes, sin saber a las claras qué estaban defendiendo o cuáles banderas estaban ondeando. No es un dato menor o insignificante comprobar, como lo han hecho los historiadores del último tiempo, que muchas de ellas combatieron y murieron estando borrachas. Tal era su miedo y su desconcierto ante la imposición y el mandato superior de odiar y destrozar a sus propios hermanos.

Mediando el siglo XX, en las décadas del 50 y el 60, el extremismo político nacional produjo el período denominado como La Violencia, que es el antecedente de la prolongación indefinida de la lucha por la tierra en el campo, del nacimiento de la insurgencia guerrillera de corte marxista, y de la degradación de esa insurgencia en crimen organizado y narcotráfico. Esta es la hora en que seguimos sufriendo con un rigor inclemente, los efectos de la ola destructiva que han producido en nuestra sociedad los extremismos políticos o las “polarizaciones”, si se prefiere esa locución.

Pero, ¿qué es lo que pasa en las sociedades “polarizadas”? ¿Por qué se pierden durante años y aun décadas, hasta parecer casi irrecuperables, los valores de la civilidad?

Lo que pasa es que se anula al otro, se cancela al otro, y se hace imposible todo diálogo. Y, en consecuencia, se hace imposible toda idea de nación, de lo colectivo, de aquello que humaniza la vida y congrega y hermana a los seres humanos. Si el otro no existe, si me he propuesto que no exista, el torrente de la injusticia, de la arbitrariedad, y de la violencia en últimas, es incontenible.

La civilidad se funda en el respeto por el otro, en la consideración fundamental de sus ideas, de sus dolores, de sus necesidades, de sus anhelos, de sus virtudes. Lo que nos hace fuertes y promisorios como especie y como sociedad moderna, es mezclarnos, dejar que se combinen, acaso poéticamente, nuestros usos y costumbres, nuestros ritos, nuestros rasgos, y desde luego, nuestras ideas políticas y nuestras posiciones ideológicas.

La “polarización”, tan mentada en estos días, no es otra cosa que la cancelación de los que no piensan como yo. Nada hay más contrario a la civilidad. Quizás deberíamos recordar aquellas palabras del gran escritor portugués José Saramago, cuando pensemos en el asunto de la “polarización”:

El “otro”, soy yo.

Carlos Roberto Pombo Urdaneta

Por Carlos Roberto Pombo Urdaneta

Presidente de la SMOB. Arquitecto y urbanista experto en el desarrollo histórico, físico y demográfico de Bogotá. carlospombourdaneta@gmail.com
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