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Opinión: La nueva vieja solución de transporte

Los que nos opusimos el metro elevado, debemos asumirlo con propositiva resignación, como veedores, exigiendo medidas urbanísticas acordes a la ciudad.

Alberto López de Mesa

02 de septiembre de 2025 - 02:54 p. m.
Avance de las obras del Metro de Bogotá en "junio 2025", a la altura de la Av. Caracas.
Foto: Mauricio Alvarado Lozada
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Fui a tomar el Transmilenio en la estación de la 57, la más cercana a mi casa. Para mi sorpresa la estación ya no está al costado sur de la calle 57, sino al norte, es nueva y por el medio está sembrada de columnas cilíndricas que soportarán los rieles del Metro. El aviso con el nombre de la estación dice “Temporal 57”, pero en verdad es un anteproyecto del modo en que funcionará el transporte público en esa troncal: simultáneamente prestarán el servicio en paralelo el Metro elevado y a ras de la vía los buses de Transmilenio con el mismo sistema de siempre, un exabrupto, un timo cívico; bien lo advertían los que desde un comienzo se opusieron al Metro elevado denunciando que funcionaría como mero alimentador del Transmilenio y no como servicio autónomo y competente

Según una leyenda negra con tintes de verdad velada, la quema del tranvía entre los destrozos del Bogotazo la motivaron quienes impusieron el transporte público en buses y busetas y los que monopolizaron el negocio de la gasolina y el diésel, rumoran que también obstruyeron hasta abolir el sistema de trolis porque funcionaban con electricidad, así cundieron las vías las empresas particulares de buses y busetas, quienes vivieron el caos que generaron lo recuerdan como “la guerra del centavo”.

Entre tanto los bogotanos que añoraban para su ciudad un sistema de transporte público a la altura de las principales capitales del continente, como lo era un Metro de buena cobertura, rápido, confortable y con un trazado acorde a las características urbanísticas y ambientales, veían frustrado su buen anhelo, porque los capos del combustible y del negocio de buses, en sucesivas alcaldías imponían sistemas viales y rutas de buses al antojo de sus intereses.

El colmo lo logró Enrique Peñalosa: concentró en una única modalidad de buses, fabricados por la empresa Volvo y adquiridos en un principio por transportadores privados constituidos en una magna sociedad para cuya prestación del servicio la ciudad aporta la infraestructura, esto es vías, estaciones, logística y tecnología operativa, por todo lo cual recibe el 5% del producido.

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Con bombos y platillos alardeó el alcalde de su obra como panacea de movilidad y de servicio de transporte público masivo. Obviamente, el sistema Transmilenio solucionó el caos que generaba el albedrío sin control de los buseteros, por fin hay paraderos definidos, el decidir una vía para el servicio Transmilenio por el centro de las troncales, en efecto resulta un buen diseño, la modalidad prepago con tarjetas personales y las varias modalidades de rutas, las que paran en todas las estaciones y las de trayectos largos más rápidas.

Con todo, sufriendo los apretujones y tumultos cotidianos de Transmilenio, se nota, se siente, que la ciudad de más de 8 millones de habitantes necesita un Metro, un sistema contundente en eficiencia y eficacia, que además prescinda del combustible contaminante.

Varios alcaldes, algún presidente nos ilusionaron con hacer realidad el Metro en Bogotá, pamplinas, puro proselitismo de campaña. Fue durante la alcaldía de Gustavo Petro donde se realizaron los estudios y diseños más adelantados para un Metro subterráneo, incluso el presidente de entonces, Juan Manuel Santos, en una escena de sainete le entregó al burgomaestre un cheque grandote que representaba el supuesto aporte del gobierno central para la construcción por fin del Metro bogotano.

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Pura paja, nunca se le dio luz verde al proyecto y, en cambio, otra vez Enrique Peñalosa en su segunda alcaldía, haciendo caso omiso de lo adelantado por su antecesor, decidió, con todo el apoyo de sus aliados capos transportadores, realizar una primera línea de Metro pero elevado, y, esa propuesta es la que se impuso, asumida por la alcaldesa Claudia López y emprendido por el actual alcalde Galán.

La primera línea del Metro elevado ya será un hecho, consumado está el sistema de transporte peñalosista.

Así pues, la primera línea del Metro para Bogotá será un hecho. Elevado, con un sembrado de columnas que afectarán el paisaje urbano, un tren cuyo paso ojalá no sea ruidoso para el buen dormir de quienes viven a su altura y les pasa por la vista.

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Los que nos opusimos, debemos asumirlo con propositiva resignación, como veedores, exigiendo medidas urbanísticas para que los pilotes no se presten de cambuches a indigentes, mejor que sean rodeados de separadores verdes, jardines, que se invite a muralistas para que en zonas turísticas los pinten con obras de calidad pictórica.

Que las estaciones sean puntos culturales y no tiendas ambulantes, que el confort prime sobre el hacinamiento. En fin, que sea un decoro y no otro despelote de servicio público, como en varios puntos lo ha sido el Transmilenio.

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