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11 Jun 2022 - 7:49 p. m.

Opinión: La peste boba

Luego de la muerte de Gacha y Pablo Escobar, más la extradición de los Rodríguez Orejuela, el negocio del narcotráfico depura su relación y presencia social. Desde que empieza este siglo se han consumado maridajes entre las furtivas mafias de narcos con carteles formales de las finanzas, del empresariado, de la política.

Alberto López

Este domingo 19 de junio los colombianos acudirán a las urnas para elegir entre Gustavo Petro y Rodolfo Hernández.
Este domingo 19 de junio los colombianos acudirán a las urnas para elegir entre Gustavo Petro y Rodolfo Hernández.
Foto: EL ESPECTADOR - GUSTAVO TORRIJOS

El adalid y símbolo de dicha integración es Álvaro Uribe Vélez, quien desde los 80, como director de la Aerocivil, se enriquece, favoreciendo al cartel de Medellín con licencias para la construcción de pistas de aterrizaje y permisos para la compra de aviones y helicópteros. Luego, como gobernador de Antioquia, crea las Convivir: gamonales asociados conforman cuadrillas armadas para su autoprotección, que enseguida serán batallones al servicio del contubernio que convenientemente se dio entre ganaderos, latifundistas, multinacionales mineras y petroleras con las renovadas narco-mafias descendientes de los carteles originales. Los batallones de autodefensas, con la anuencia tacita del statu quo, justifica sus acciones bélicas como cruzadas contra las guerrillas, que para entonces ya han desvirtuado su vocación revolucionaria, y justifican su participación en el negocio del narcotráfico como otra forma de lucha, que los fortalece militarmente y los enriquece. Así las cosas, las autodefensas entrarán a disputarles el control de las poblaciones, los territorios aptos para el cultivo, las rutas de tráfico y hasta la clientela internacional.

Para ese momento Uribe es multimillonario, el mayor terrateniente de Córdoba, íntimo amigo y representante político de los prominentes capos de los sectores industrial, comercial, financiero, del agro y por supuesto de narcos. La ocasión es propicia para postularse como candidato a la presidencia, de hecho, sustenta la disputa de su bando con las guerrillas como argumento de campaña y programa de gobierno.

Dado que las narcofortunas han permeado todas las instancias de poder, no obstan su historial de ilícitos y expedito fue su ascenso al poder. Desde el inicio gobernó para sus aliados, los batallones de las autodefensas devinieron en ejércitos paramilitares en compinchería con muchos de la cúpula militar. Los medios de comunicación oficialistas, hicieron eco a la Seguridad Democrática, eje conceptual y estratégico de su mandato. Se convenció al pueblo de que la guerrilla era la causa de todos los problemas del país, el “enemigo interno” son los terroristas de las Farc y Uribe el único capaz de derrotarlos.

Con sangre está escrita la parte conocida de la historia infausta de sus dos periodos presidenciales, la otra enterrada está en fosas comunes, pero él sigue presente y su impronta indeleble como impuesta con hierro ardiente en el cuero de la cultura.

Denominamos “uribismo” a los políticos de su secta, al Centro Democrático que, sin recato, representa la ultraderecha, aunque por feudal, por típico como un carriel, menos que una ideología, el uribismo se insertó en la colombianidad como una idiosincrasia, reflejada en los modales, en los gustos y en las aspiraciones de adeptos por convicción o por inercia. Acaso eso explica que no hubo júbilo por la paz con las Farc, que incluso ganó el No en el plebiscito por la aprobación de los acuerdos.

En este gobierno, que también es del capataz, se descaró el autoritarismo infame y en efecto la ciudadanía, sobre todo joven, protestó multitudinariamente, y, hasta los comunicadores y periodistas de casta, reconocieron lo justo de las protestas, más no así la criminalización de las llamadas “Primera Línea” y los excesos del Esmad contra los manifestantes.

Ante el patético mal gobierno se esperaba un masivo “Ya no más”. Sin embargo, en estas elecciones, en las que todo presagiaba la derrota de lo aciago y el triunfo del voto por el candidato que encarna el cambio anhelado, las castas minoritarias con tradición hegemónica en el gobierno, los magnates favorecidos por el sistema y dueños de los medios de comunicación comisionados para defender sus intereses y el status quo, advirtiendo la popularidad del candidato Gustavo Petro y ante la inminencia de su triunfo en las elecciones, como lo indican las encuestas y las nutridas concurrencias a las alocuciones públicas en plazas de las ciudades capitales. Entonces arman filas en todos los frentes para defender a toda costa su hegemonía.

Obvio, la propaganda infundiosa es la contra, el sortilegio eficaz, divulgaron: “que Petro representa al peligroso socialismo del siglo XXI, que nos volverá como Venezuela”... carretas que dichas con insistencia metieron miedo a gente con información elemental, porque ya la historia no es asignatura importante en la educación básica y la información les llega de los telenoticieros.

También la ilustre aristocracia, conspicuos analistas con tribuna en las páginas editoriales de la prensa más influyente, a sabiendas de que el programa de gobierno que propone Petro, ni el lenguaje de sus discursos corresponde al izquierdismo radical, y porque ha sido defensor de la constitución del 91 y de la institucionalidad, prueba de que es ante todo un demócrata, a duras penas dos o tres lo respaldan decididamente, los demás subrayan defectos de su personalidad: “que es soberbio, que no reconoce sus equivocaciones, luego será un presidente autoritario.” Salta a la vista que sus prevenciones proceden de su condición de clase más que de su pensamiento analítico.

Entre las candidaturas que compitieron en la primera vuelta, el único equiparable a Petro era Sergio Fajardo, por su trayectoria, por su acervo político, por su propuesta juiciosa y adecuada, pero los votantes le castigaron egoísmos, negligencias e incoherencias anteriores, fue lánguida su campaña y otra vez decepcionante su postura de perdedor.

Lo desconcertante y meollo de esta columna, son los reacomodamientos mentales y pasionales que se dan ante el insólito ascenso del señor Rodolfo Hernández, que sobrepasa en votos al candidato del capataz y ya es el contendiente de Petro en segunda vuelta.

Es un cotejo dispar, lo nota cualquiera. Petro es un estadista que tiene interiorizado su programa de gobierno, mientras que el exalcalde de Bucaramanga, sorprendido también de su logro, improvisa un programa con consignas populistas, de hecho las diseña su publicista, quien conociendo sus falencias y sus desafueros decidió que no asistiera a debates ni a entrevistas con periodistas que lo confronten.

Enseguida se van con el ingeniero Rodolfo (así lo ofrecen) los secuaces del capataz, los de idiosincrasia uribista, los más derechistas y los más clientelistas de los partidos y otros que sin discernimiento alguno se guían por la consigna “cualquiera menos Petro”. Y también, quien lo creyera, quienes otrora nos iluminaron con la ecuanimidad de su criterio, ensalzan el estilo chabacano con vergonzante tendenciosidad, sin explicitar su voto por el ingeniero o con irresponsable soberbia optando por el voto en blanco.

Por suerte, la inteligencia no se tuerce en momentos en que está en juego el futuro del país.

En esta contingencia histórica se revela la pandemia de bobería. Si, los odios, las decepciones, las ignominias causadas por tantos años de guerra y gobiernos indolentes, más la inquina y la manipulación mediática engendraron el virus de la Peste boba, que enajena, que rinde, que subordina.

Hoy, faltando ocho días para las elecciones, confió en que es mayoría la ciudadanía con dignidad y ganará el voto por el Cambio hacia la bienaventuranza.

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