Hubo un momento, hace mucho, que me marcó profundamente. Íbamos en el mismo carro y vi cuando le notificaban que su vida corría riesgo. Vi su rostro en esos días, vi cómo procesó la inminencia del peligro y fui testigo de lo que decidió hacer con ese miedo. No se dobló. No buscó una salida cómoda ni negoció sus principios. Siguió adelante. Fue en ese instante cuando entendí que ella no está en la política por vanidad o ambición. Está ahí por una convicción tan indomable que solo me genera admiración.
Esa misma intensidad, que muchos confunden con mal genio, nace de una sensibilidad que no es calculada. Quienes compartimos con ella la prueba de fuego de gobernar a Bogotá durante la pandemia supimos de qué está hecha. La vi tomar decisiones imposibles en la incertidumbre más absoluta, trabajar codo a codo con su equipo sin descanso y salir a la calle cuando el miedo dictaba quedarse en el escritorio. Que la capital haya tenido una de las respuestas más efectivas y solidarias del continente no fue un milagro; fue método y disciplina.
La he visto llorar de rabia y dolor al narrar cómo el Estado les sigue fallando a las comunidades más pobres del país. Esa capacidad de indignarse ante la injusticia es su motor. Por eso creyó en la ciudadanía cuando el establecimiento se burlaba de la participación; por eso lideró la consulta anticorrupción y ayudó a coordinar la Séptima Papeleta, movilizando a millones de personas sin la maquinaria tradicional, demostrando que cuando a los ciudadanos se les trata con seriedad, responden con grandeza.
La he visto estudiar hasta la madrugada, no para posar de experta, sino por el respeto profundo que le tiene a lo público. La he visto preparar debates y estructurar políticas con una rigurosidad que pocos le reconocen en público, pero que en privado desarma a cualquiera. En el Senado no solo alzó la voz, legisló, sacando adelante más de diez leyes pensadas para los que siempre quedan al margen de las prioridades del poder.
Su paso por la Alcaldía Mayor dejó una huella de ejecuciones estructurales que hoy son patrimonio de Bogotá. Claudia consolidó el Sistema Distrital de Cuidado, una innovación social inédita en América Latina que liberó de carga a miles de mujeres cuidadoras. Lideró una auténtica revolución educativa construyendo y entregando 35 colegios, blindó la Primera Línea del Metro y dejó lista la Segunda. Defendió con éxito un modelo de salud mixto que demostró su resiliencia en el peor momento de nuestra historia reciente.
Su gestión demostró un manejo excepcional y riguroso de las finanzas distritales y de sus empresas públicas, demostrando que la eficiencia técnica y el compromiso social van de la mano. Ni ella, ni ningún funcionario suyo está inmerso en un escándalo de corrupción. Bajo su mandato, Bogotá no solo redujo la pobreza, sino que entregó una ciudad con un PIB en sólido crecimiento. Y frente a la seguridad, actuó con una determinación implacable contra el crimen y las bandas organizadas; su estrategia llevó a que Bogotá registrara la tasa de homicidios más baja de los últimos cincuenta años.
Claudia no gobierna desde el sectarismo ni la ideología ciega. La he visto trabajar de la mano del sector privado, de la academia y de la comunidad, sin estigmatizar a nadie. Su visión no excluye; al contrario, busca lo mejor de todos los mundos para ponerlo al servicio de las soluciones que el territorio necesita.
Gobernar con ella es saber que la transparencia no es una opción ni mucho menos un slogan, sino un mandato innegociable. En campaña no se tuerce, no compra favores ni juega a la política tradicional. Es implacable con los recursos públicos porque entiende que cada peso que se roba la corrupción es una oportunidad menos para un joven o una madre cabeza de familia.
En estos días muchos insisten en que el voto debe ser un ejercicio de miedo, una estrategia contra alguien o el resultado del descarte. No comparto esta postura. Yo no voto contra el pasado ni contra el temor al futuro; voto por la persona que considero mejor preparada, con las propuestas más serias, la experiencia gerencial demostrada y la visión de país más clara.
Por eso y muchas cosas más, mi voto es por Claudia.
Escribo esto también como un ejercicio de gratitud profunda. Gracias Claudia, por abrir camino, por demostrar que la decencia en el poder es posible y por habernos empujado a tantos de nosotros a entender que trabajar por transformar este país no es una ingenuidad, sino el único camino que vale la pena recorrer.