Los datos recientes sobre las elecciones locales y nacionales, nos entregan un diagnóstico preocupante. A pesar de los esfuerzos institucionales por facilitar el voto, la participación electoral para definir el alcalde de la ciudad sigue siendo lánguida. Mientras las últimas elecciones presidenciales lograron convocar a más del 60% de la ciudadanía, las elecciones para la alcaldía mayor apenas rondan un precario 50%.
Esta disparidad evidencia una paradoja cultural: el ciudadano bogotano sobredimensiona el impacto del gobierno nacional y minimiza el valor del poder local, que es, en últimas, el que decide sobre el parque del barrio, el trazado del transporte, el plan de ordenamiento territorial, o la calidad del espacio público que habitamos a diario.
Al analizar territorialmente el comportamiento del voto a través del análisis espacial, la evidencia muestra claros patrones de segregación cívica. La ciudad se encuentra dividida entre zonas de alta participación electoral —consolidadas principalmente en el norte y occidente de la ciudad, en estratos medios y altos— y amplios sectores de abstencionismo o baja participación, en el sur y oriente de Bogotá, predominantemente en sectores de estratos bajos.
Sin embargo, la abstención electoral no se produce en perjuicio de la acción de las organizaciones sociales. La participación electoral no refleja, de forma unívoca, la acción colectiva comunitaria. En el sur y en el occidente de Bogotá, se produjo una alta abstención electoral, al tiempo que se registraba una intensa actividad de sus organizaciones sociales. Es el caso de Bosa, Ciudad Bolívar, Usme, San Cristóbal y Kennedy, donde el “mapeo” de la actividad de sus JAL, de sus colectivos juveniles, de sus redes ambientales, de sus comités de derechos humanos y en general, de sus mecanismos de acción comunitaria, muestra una dinámica poderosa.
¿Cómo se explica esto?
La explicación es que estas localidades tienen una alta densidad de iniciativas populares y de acción comunitaria directa. Para amplios sectores de estas comunidades, la resolución de necesidades como hábitat, seguridad comunitaria y acceso a bienes públicos, se gestiona de forma autónoma a través del tejido social y no mediante la representación política institucional. La abstención allí no es, claramente, sinónimo de desinterés cívico, sino más bien, de una desconfianza estructural frente al sistema electoral formal.
En el norte y el centro-oriente de la ciudad, entre tanto, hubo una marcada participación electoral. En Usaquén, Chapinero, Suba y Teusaquillo, la participación en las urnas fue significativamente más alta que la media distrital, lo que demuestra que en estos sectores de la ciudad hay mayor confianza frente al ejercicio electoral institucional.
Ante esta realidad tienen que crearse puentes entre lo electoral y lo comunitario. Redes de iniciativas ciudadanas y organizaciones sociales que consigan visibilizar e interconectar estas organizaciones de base, para que la energía transformadora de los barrios no se quede aislada, sino que repercuta en una mayor cultura cívica y en una acción eficaz del control político de la administración local.
Esa es la tarea de la Sociedad de Mejoras y Ornato de Bogotá. La mejora de una ciudad no se limita a pavimentar vías o sembrar árboles. La verdadera ornamentación de Bogotá empieza por cultivar una ciudadanía activa, informada y participante. Esto es lo que entendemos -lo hemos dicho reiteradamente- como construcción de civilidad.